La palabra de Dios está repleta de promesas apresuradas, votos desesperados hechos a Dios en medio de la crisis. Hagamos un rápido repaso. Jacob, huyendo por su vida, oró prometiendo fidelidad al Dios de su padre Isaac, a cambio de bendición. Jonás, oró a Dios desde el vientre del gran pez, una oración modelo, si le salvaba de semejante trance. Pedro le dijo: “Señor, no te dejaré jamás. Mi vida pondré por ti”. ¿Cumplieron a cabalidad cada uno de estos penitentes?… Obvio que no. Así como tampoco nosotros cumplimos nada de lo que prometemos cuando oramos bajo tales circunstancias. Ese tipo de oraciones delatan poca comprensión del corazón y del obrar de Dios a nuestro favor y rara vez producirán cambio alguno en nuestro ser.  Mayormente la olvidamos tan pronto como haya pasado la adversidad, como quien olvida dónde dejó el paraguas la última vez que llovió. Son expresiones más del miedo que del Espíritu y reducen la vida cristiana a un plano meramente comercial.

Necesitamos entender que Su amor no demanda ser comprado. Él no responde por lo que yo soy, o deja de responder por el mismo motivo. Así como tampoco responde a mis oraciones por lo grande que sean. Él responde por lo que Él es y ¡Él se amor a lo grande!!! Alguien dijo: “Cuando nuestra más fuerte preocupación es resolver nuestros problemas, buscamos un plan que seguir en lugar  de una Persona en Quien confiar”.  De alguna manera se asemeja al esposo infiel que intenta convencer a su cónyuge con promesas de cambio, sólo porque no quiere pasar otra noche durmiendo en el banco de la plaza. Ten por cierto que ese esposo volverá a cometer el mismo error de antes. Hasta que no haya un verdadero arrepentimiento nunca saldremos de nuestro estado de postración espiritual. Sólo entonces cambiaremos nuestras “transacciones comerciales con Dios” en confesiones espirituales liberadoras.

Pensamiento del día:

Necesitamos entender que Su amor no necesita ser comprado.