Reciba cordiales saludos amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy en el libro de Colosenses. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: La supremacía de Cristo. Hace algún tiempo atrás quedé asombrado al escuchar una historia de la vida real. Sucedió en Kfar Sava, Israel. En este poblado contrajeron nupcias Zadok Nager de 35 años y France Peretz de 28 años. Algún tiempo después de casados, surgieron las inevitables disputas hogareñas y los dos pensaron que lo mejor para ambos sería divorciarse. Estando ya divorciados volvieron a encontrarse y surgió de nuevo el romance entre los dos. Durante el tiempo de su noviazgo, Nager sospechó que su novia le había sido infiel y sin pensarlo mucho sacó su arma automática y disparó contra ella. Trece proyectiles dieron en el blanco. Gracias a Dios, ninguno de los proyectiles causó heridas mortales en la mujer. Nager fue llevado a la cárcel a esperar la sentencia del juez por intento de asesinato. Pero cuando la novia se recuperó de sus heridas, sucedió lo increíble. La novia fue a visitar a la cárcel a su novio y por poco asesino. Luego Nager dijo al juez en Tel Aviv: Ella me ha perdonado y nos amamos mucho. Queremos casarnos inmediatamente. El juez accedió al pedido y los dos se casaron en una capilla en la cárcel. Al final de la ceremonia nupcial, ella fue a su casa y él a su celda en la cárcel. ¡Qué amor! ¡Qué reconciliación! En el estudio bíblico de hoy vamos a tratar acerca de una reconciliación mucho más espectacular.

Le invito a abrir su Biblia en el libro de Colosenses capítulo 1, versículos 19 a 20. Recordemos que Pablo está confrontando a los falsos maestros que pensaban que Jesucristo es una mera creación de Dios, una emanación de Dios, entre las tantas que según ellos existen, para unir al hombre con Dios. Pablo fue enfático al afirmar que Jesucristo es Dios, porque él es el creador de todas las cosas, el poseedor de todas las cosas, el sustentador de todas las cosas y la cabeza de la iglesia. Con este antecedente, entramos a la declaración de Colosenses 1:19. La Biblia dice: por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud,
La palabra plenitud, es la traducción de la palabra griega “pleroma” Esta era una palabra técnica muy usada y abusada por los falsos maestros gnósticos. Pleroma significa: La suma total de todo poder y atributos divinos. Los falsos maestros afirman que Jesucristo es un eslabón en la larga cadena para llegar a Dios. Pablo dice: No. En Jesucristo habita la suma total de todo poder y atributos divinos. En otras palabras, Jesucristo es totalmente Dios. Notemos también el uso del verbo habitar. Este verbo no significa solamente residir temporalmente en un hogar. Significa en realidad morar en un hogar permanentemente. ¿Qué implicaciones tiene esto? Pues que la suma total de todo poder y atributo divino estaba con Jesucristo desde la eternidad. Es decir, que la plenitud de la deidad no fue en algún momento dada al Hijo, sino que estaba con él desde siempre. El Padre no puede dar su plenitud a un ser creado, pero el hecho que agradó al Padre que en Jesucristo habitase toda plenitud, es prueba concluyente que Jesucristo es Dios. Muy bien. ¿Y qué tiene que ver esto con el hombre? Pues mucho. Pro cuanto Jesucristo es Dios, él no está limitado por nada ni por nadie. Él puede hacer lo que ninguna otra criatura puede hacer. Él puede por ejemplo reconciliar a pecadores impíos con un Dios quien es santo. Colosenses 1:20 dice: y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas,  así las que están en la tierra como las que están en los cielos,  haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.
Cuando el primer hombre y la primera mujer pecaron, declararon la guerra contra Dios. Por eso se escondieron de su presencia. Pero en lugar de que Dios también declare la guerra al hombre, Él los buscó y proveyó una cobertura para su pecado. A partir de ese fatídico momento, el hombre ha estado en guerra con Dios. Romanos 8:7 dice: Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios;  porque no se sujetan a la ley de Dios,  ni tampoco pueden;
El pecador puede ser sincero, religioso, aun muy moral, pero sigue siendo un enemigo de Dios. Lo que más necesita un enemigo, es justamente reconciliación. Pero aquí entra un gran dilema. ¿Cómo puede un pecador sumido en la bajeza del pecado hacer las paces o reconciliarse con un Dios santo, ofendido tan brutalmente por el pecado? ¿Puede Dios encogerse de hombros y pasar por alto el pecado del hombre? Si lo hiciera, dejaría de ser Dios. Si esto no es posible, entonces el hombre quizá podría elevarse tan alto y llegar a satisfacer las normas de santidad que Dios demanda. Pero esto también es imposible porque por naturaleza el hombre es impío. Efesios 2:1 declara que el hombre está muerto en delitos y pecados. Esta es su condición. Por tanto, el hombre no puede hacer nada para salvarse a sí mismo o para agradar a Dios. Si va a existir reconciliación, la iniciativa para ello debe originarse en Dios. Aun cuando Dios no necesita de reconciliación sino el hombre, la iniciativa y la acción de reconciliación parte de Dios. Fue por medio de la muerte de Cristo que se hicieron las paces entre el hombre y Dios y entre las cosas y Dios, porque como consecuencia del pecado, las cosas también fueron contaminadas por el pecado. Para lograr la reconciliación Dios tenía que quitar la causa de la enemistad del hombre con Dios, es decir, el pecado. Esto fue justamente lo que hizo Cristo al morir en la cruz del Calvario. Su muerte satisfizo las justas demandas de la ley. Los falsos maestros también hablaban de algo parecido a la reconciliación. Sin embargo, la reconciliación que ellos ofrecían no era completa ni final. Los ángeles y las emanaciones podían, según los maestros del engaño acercar un poco al hombre hacia Dios, pero nunca llegarían a estar unidos con Dios. Pero la reconciliación de la cual habla Pablo, la cual tenemos en Cristo es perfecta, completa y final. Aun más, la reconciliación que tenemos en Jesucristo abarca a todo el universo. Él reconcilia con Dios todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos. Esto no significa sin embargo que por la muerte de Jesucristo, todos los seres humanos quedan automáticamente reconciliados con Dios. Los universalistas enseñan que todo el mundo será salvo, aun los que rechazan a Jesucristo, pero Pablo mismo enseñó que para ser salvo es necesario recibir a Cristo como Salvador. Podríamos decir por tanto que la muerte de Cristo abrió el camino para que todo ser humano se reconcilie con Dios, pero no todo ser humano se reconcilia con Dios porque nadie puede ser reconciliado en contra de su voluntad. El que quiere ser reconciliado tiene que venir a Jesucristo, recibirlo como Salvador y entonces logrará la reconciliación con Dios. Qué gran Dios que tenemos en Jesucristo. Un Dios que logró lo imposible, reconciliarnos con el Padre. Un Dios que para conseguir la reconciliación con el pecador tuvo que permitir que su Hijo derrame su preciosa sangre en una vergonzosa cruz. Así es amable oyente. Usted es enemigo de Dios. Su pecado le ha separado de dios y hoy está en guerra con Dios. Quizá usted no está consciente de ello, porque a lo mejor dice: Yo creo en Dios, yo amo a Dios, él es todo para mí, ¿cómo voy a estar en guerra con él? Pero lo que pasa es que su esencia misma es impía amable oyente y Dios no puede tener comunión con algo contaminado por el pecado. Usted necesita dejar de estar contaminado por el pecado para poder tener comunión con Dios. En otras palabras, tiene que llegar a ser una nueva criatura. ¿Sabe una cosa? Cristo recibió en la cruz el castigo por el pecado que usted, amable oyente cometió. Cuando usted lo reciba como su Salvador, quedará libre de la condenación por su pecado y por tanto reconciliado con Dios. Le diré que más vale tener a Dios de amigo que de enemigo. El castigo para los que son enemigos de Dios será horrendo. No deje pasar un solo instante más siendo enemigo de Dios. Hoy mismo reciba a Cristo como su Salvador y reconcíliese con Dios. No huya, reconcíliese.