Fui el primer cristiano dentro de mi hogar. Ahora el Señor ha alcanzado a mi familia completa. Ha habido un gran avivamiento dentro de mi familia y la iglesia en donde se congregan. Yo me congrego en una iglesia tradicional. Mi problema es que siempre me ha atacado el espíritu de la duda, me es muy difícil hablar de esto, yo sé que nuestro Señor es grande y poderoso, pero en ocasiones me cuesta mucho confiar. Esto ha hecho que muchas veces caiga ante los ataques del enemigo. Principalmente en la inmundicia de mi carne; pornografía, y pensamientos inicuos. Esto es muy doloroso para mí porque sé que con esto atento contra las bendiciones que el Señor ha derramado en mi vida. Yo no quiero caer. Sinceramente no sé que me pasa. Yo lucho, pero estoy seguro que lo que debo hacer es entregarme al Señor más, pero no lo puedo hacer. Necesito su orientación.

Hasta donde nosotros podemos ver, Ud. es un creyente que por alguna razón, se ha quedado en la infancia espiritual. La forma como Ud. ha descrito su vida nos hace pensar que le falta experimentar la victoria sobre el pecado. Ud. bien lo ha señalado. Su caso no se resuelve recibiendo a Cristo como Salvador, porque Ud. ya lo ha hecho.

Su caso se resolverá cuando Ud. voluntariamente decida aplicar a su vida lo que dice Romanos 6:1-14 que dice: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pacido para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñoreará más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; más en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.”

El creyente genuino, ha muerto juntamente con Cristo, y así como Cristo resucitó de entre los muertos, el creyente verdadero también ha resucitado a una nueva dimensión de vida. Una dimensión de vida en la cual ha dejado de ser esclavo del pecado. Esto es verdad en todo genuino creyente.

El problema radica en hacer que esta verdad funcione en la práctica. Para eso necesitamos tomar en cuenta cuatro cosas importantes.

Primero, saber que nuestro viejo hombre o nuestra vieja naturaleza han sido crucificados juntamente con Cristo para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Esto tiene que ver con el intelecto. El creyente debe saber intelectualmente que su vieja naturaleza ha perdido el poder que antes tenía para esclavizar al pecado.

Segundo, considerarse muerto al pecado pero vivo para Dios. Esto va un poco más allá del intelecto. Es meditar o reflexionar en el sentido que ya no es necesario obedecer al deseo natural del viejo hombre para pecar. Lo que sí es necesario es reconocer que el creyente está vivo para Dios, es decir que tiene toda la facultad para hacer cualquier cosa que Dios pida.

Tercero, no presentar los miembros al pecado como instrumentos de iniquidad. Esto tiene que ver con la voluntad. Es un acto voluntario de no prestarnos para pecar, no por la simple fuerza de la voluntad, sino porque sabemos y hemos considerado que estamos muertos al pecado.

Cuarto, presentarnos nosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos. Esto significa una disposición total de la voluntad para obedecer la palabra de Dios.

Todo esto es un proceso que toma tiempo y esfuerzo hasta funcionar como Dios espera. Es necesario que Ud. reciba ayuda y dirección durante este tiempo. Esto es lo que se llama un discipulado. Que no es otra cosa sino aprender de la vida de otro a vivir como Cristo quiere que vivamos. Quiera Dios que estas ideas le sean de ayuda.