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Poder y entusiasmo

Cuando de entusiasmo se trata podemos encontrarnos con dos grandes universos de personas (y en el medio de estos extremos, muchas otras posibilidades): aquellas que son incapaces de terminar cualquier proyecto porque se desaniman ante el primer obstáculo, y las que no se detendrán por nada del mundo hasta ver culminado sea lo que fuere que se hayan propuesto. Las primeras, quedan entrampadas en una compleja red de significados negativos hacia sí y caen en frustraciones permanentemente. Quieren pero no pueden, aspiran sueños pero frágilmente van hacia ellos. Luchan, pero no hasta el cansancio. Las segundas, por el contrario, persisten, arremeten con fuerza para conseguir lo que quieren y vuelven a empezar todas las veces que sea necesario hasta encontrar lo que buscaban. Seguramente este fue el caso de Thomas Alva Edison, aquel científico inventor de las bombillas de luz eléctrica que nos permiten iluminar nuestros ambientes oscuros desde hace años. La historia del desarrollo de la lamparilla es famosa porque Alva Edison contó a quien quisiera escucharlo que intentó nada menos que mil veces antes de tener éxito. “No fueron mil intentos fallidos, fue un invento de mil pasos”, dijo Edison para explicar dicho proceso.

No sé bien de qué lado estas estas tú; pero entiendo que no es sencillo sostener el entusiasmo. Seguramente eres un hombre o una mujer con sueños, proyectos y aspiraciones. Todos nosotros dibujamos un camino con meta de llegada para nosotros mismos, para nuestras familias, nuestros países y nuestra sociedad. Intentamos ir hacia ello en la medida que podemos; pero no siempre resulta fácil y muchas de esas veces no necesariamente es por culpa nuestra. Sin embargo, Jesús nos ha dejado un recurso para enfrentar con determinación esas circunstancias. Él dijo: “Pero, cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder.” No es un poder alienante ni irreal, sino un poder transformador y capaz de entusiasmarnos más allá de los fracasos y de las contradicciones

No fueron mil intentos fallidos, fue un invento de mil pasos.

Pablo Martini