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Rompe las amarras

Hay etapas en la vida en la cuales parecemos estar amarrados a un Palenque o empalizada sin poder avanzar, como si algo nos detuviera y frenara nuestro camino.

Queremos, proyectamos, sin embargo, nos percibimos siempre en el mismo punto de partida. ¿Te ha sucedido alguna vez?

Miedos, desconfianza, inseguridad y falta de coraje detienen así nuestros emprendimientos. A la hora de concretar alguna cosa, las amarras a nuestros “Puertos seguros” pueden más que el valor de ir tras lo que sabemos que tenemos que hacer.

Hay una historia muy conocida que relata la vida de un elefante de circo. Durante la función la enorme bestia hacía despliegue de su peso tamaño y fuerza descomunal; pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa, parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría con facilidad arrancar todo y huir.

Pero el elefante de circo nunca fue más allá de su propia estaca porque siempre, desde muy pequeño, había estado atado a ella.

Cuando sabemos que tenemos que hacer algo y que podemos hacerlo, pero nos quedamos detenidos por la inseguridad en nosotros mismos, debilitamos también la imagen de lo que Dios puede a través nuestro. Volvemos siempre a modelos antiguos cuando quizá fracasamos en algo o no logramos alguna meta y nos perdemos así una nueva oportunidad de crecimiento.

La Palabra de Dios dice que somos doblemente dichosos si una vez que “Sabemos” qué es lo que tenemos que hacer luego lo “Hacemos”. Los que debemos cortar las “amarras” somos nosotros mismos. Los que podemos ir tras la obediencia a la voluntad de Dios, somos nosotros mismos.

Los que podemos descubrir una nueva versión de nuestras posibilidades también…somos nosotros mismos. La promesa del Señor es que seremos dichosos si hacemos y avanzamos. Ese es su mejor incentivo.

Los pasos que no te atreves a dar también dejan huella

Pablo Martini