Reciba cordiales saludos amable oyente y la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el libro de Colosenses en la serie titulada: La supremacía de Cristo. Durante la segunda guerra mundial, era práctica común infiltrar agentes secretos en las filas enemigas con fines de espionaje. Los agentes secretos ocultaban su verdadera identidad vistiéndose como el enemigo, hablando como el enemigo, actuando como el enemigo, pero no eran parte del enemigo. En el campo espiritual, también sucede algo parecido. Algunos creyentes ocultan su verdadera identidad espiritual cuando están rodeados de incrédulos, no con el fin de ganarlos para Cristo sino por el temor de ser mal vistos por ellos. De una forma inexplicable oculta su identidad espiritual vistiendo como el enemigo, hablando como el enemigo y actuando como el enemigo. Tal vez en la guerra los agentes secretos rindan algún beneficio para los que los envían, pero en el campo espiritual, los agentes secretos no hacen ningún bien a la obra del Señor sino más bien causan un gran mal. Son un pésimo ejemplo de lo que es un hijo de Dios. Por esto, vez tras vez, la palabra del Señor exhorta a los creyentes a vivir conforme a lo que son delante del Señor. En la vida cristiana, no existe agente secretos, amable oyente. Todos tenemos que identificarnos como hijos de Dios viviendo como hijos de Dios. Tal vez usted es uno de esos creyentes que vive como agente secreto por cuanto pasa desapercibido en cualquier lugar donde está porque hace todo lo que hacen los hijos de este mundo. Si ese es su caso, la palabra de Dios tiene un mensaje para usted. Esto será el motivo de nuestro estudio bíblico de hoy.

Si tiene una Biblia le invito a abrirla en el libro de Colosenses capítulo 3 versículos 9 a 11. En este pasaje bíblico encontramos una exhortación y una explicación. La exhortación se encuentra en la primera parte de Colosenses 3:9. Dice así: “No mintáis los unos a los otros” La mentira no debe ser parte del estilo de vida de los creyentes. Mentira es cualquier distorsión de la verdad. Los creyentes enfrentamos constantemente la tentación de distorsionar la verdad como cuando faltamos a la verdad en una declaración de impuestos o intentamos copiar en un examen o inclusive exageramos las cosas en una conversación casual. Toda distorsión de la verdad, por más mínima que sea, es mentira. Muchos no verían nada de malo en decir a alguien en su familia: Si llama por teléfono tal persona, dile que no estoy, a pesar de estar allí. Pero esto es mentira y Dios está en contra de esto. Las mentiras no son de diversos colores delante de Dios, amable oyente. Digo esto porque algunos creen que existen mentiras blancas, las cuales no ofenden a Dios. No hay ni mentiras blancas ni mentiras negras. Toda distorsión de la verdad es mentira y es pecado. Recordemos el popular dicho: Media verdad es mentira completa. En el caso del creyente, mentir o decir la verdad es un asunto de la voluntad. Por eso Pablo dice: No mintáis los unos a los otros. Como creyentes que somos debemos decir la verdad en todo momento. Si llegamos a mentir es porque voluntariamente hemos decidido mentir. No siempre es fácil decir la verdad completa, porque a lo mejor eso resulta en algo contrario a nuestros intereses, pero a pesar de eso debemos siempre comprometernos a decir la verdad a cualquier precio. ¿Por qué es que el creyente debe decir siempre la verdad? Pues, para contestar esta pregunta el apóstol Pablo nos da una explicación: Colosenses 3: en la segunda parte del versículo 9 y la primera parte del versículo10 dice: habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos,
Col 3:10  y revestido del nuevo,
Los creyentes no debemos mentir porque la mentira es parte del viejo hombre. El viejo hombre se refiere a nuestra antigua naturaleza controlando nuestro ser. Lo que éramos antes de nacer de nuevo. Antes de ser nuevas criaturas en Cristo, estábamos esclavizados a satisfacer nuestros propios deseos carnales. Si era del caso mentir, pues mentíamos. El viejo hombre no tenía ningún problema con la mentira. Pero cuando recibimos a Cristo como Salvador, sucedieron dos cosas muy importantes. Primero, fuimos despojados del viejo hombre con sus deseos y sus obras. Esto significa que dejamos de ser esclavos de los deseos pecaminosos del viejo hombre. Segundo, fuimos revestidos de un nuevo hombre. Esto significa que adquirimos una nueva naturaleza capaz de dominar a la vieja naturaleza. Como resultado, en el creyente existe una antigua naturaleza, el viejo hombre, que ha sido privado del poder que antes tenía y una nueva naturaleza, el nuevo hombre, capaz de dominar al viejo hombre. Los creyentes por tanto tenemos la facultad de obedecer a los impulsos de esa vieja naturaleza, el viejo hombre, o a los impulsos de esa nueva naturaleza, el nuevo hombre. Cada vez que un creyente decide voluntariamente mentir, está cediendo su voluntad a su viejo hombre. Cada vez que el creyente decide voluntariamente decir la verdad, esta sometiendo su voluntad a su nuevo hombre. Por esto el texto dice: No mintáis los unos a los otros. Es decir, sometan su voluntad a su nueva naturaleza diciendo la verdad en todo momento. En cuanto a la nueva naturaleza o al nuevo hombre, el texto dice algo muy interesantes en Colosenses 3:10 el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno,
La nueva naturaleza es una creación de Dios, por eso el Nuevo Testamento en 2 Corintios 5:17 llama a los creyentes: Nueva criatura. Esta nueva creación tiene la facultad de constantemente ir renovándose, adoptando la forma de nuestro amado Señor Jesucristo. Es por esta razón que el creyente nunca debe conformarse con el nivel espiritual al cual ha llegado, siempre debe esforzarse por lograr niveles más altos de espiritualidad, tratando de acercarse lo más que pueda a la imagen de Cristo. Jesucristo es nuestro ejemplo, nuestra meta a alcanzar. Llegará un día cuando todos los creyentes nos presentaremos delante de Dios en el tribunal de Cristo. Allí seremos evaluados no por cuan mejores somos en comparación con otros creyentes, sino por cuan semejantes somos al carácter de Cristo. El proceso de renovación del nuevo hombre se da por medio del conocimiento. Esto es muy interesante. Mientras más conozcamos a Cristo, más nos asemejaremos a él. Se dice que los esposos que viven juntos por un buen número de años, con el tiempo se van asemejando el uno al otro, no físicamente por supuesto, sino en carácter. La explicación de esto es que se van conociéndose el uno al otro de tal forma que cada vez más se van asemejándose el uno al otro. Así debe ser también con nuestro amado Salvador. Debemos esforzarnos por conocer lo más que podamos a Cristo y ese conocimiento íntimo de él nos motivará a imitarlo y poco a poco seremos conformados a su imagen. En el versículo 11 de Colosenses 3 tenemos una de las muchas manifestaciones del nuevo hombre. La Biblia dice: donde no hay griego ni judío,  circuncisión ni incircuncisión,  bárbaro ni escita,  siervo ni libre,  sino que Cristo es el todo,  y en todos.
El nuevo hombre no reconoce diferencia racial. Para él es lo mismo un griego o uno que no es judío, y un judío. La discriminación racial no va con el cristianismo. El nuevo hombre no distingue tampoco el trasfondo religioso. No importa si antes de ser creyentes eran judíos, o la circuncisión o gentiles, la incircuncisión. El nuevo hombre no distingue diferencia cultural. Los griegos consideraban a los no griegos como bárbaros. De entre los bárbaros, los escitas eran los más bárbaros. Para el nuevo hombre son iguales. Cuidado amable oyente con hacer diferencia culturales o educacionales entre los creyentes. Alguna vez estuve en un grupo que se jactaba de que todos sus miembros eran profesionales. Había ingenieros, médicos, arquitectos, abogados. Fue muy notorio la discriminación a los menos preparados académicamente. Esto no va con el carácter cristiano, porque el nuevo hombre no hace diferencia cultural. El nuevo hombre tampoco reconoce diferencia política o social. Para el nuevo hombre es igual el esclavo y el libre, el pobre y el rico. Los gnósticos, a quienes Pablo estaba confrontando eran separatistas, exclusivistas y parcializados. Esta costumbre les delataba como falsos creyentes, porque en el verdadero creyente, en quien mora el nuevo hombre, no existe acepción de personas. La razón para no hacer acepción de personas es porque Cristo es el todo y en todos. En otras palabras, cuando Cristo mora en una persona, eso opaca cualquier otra característica de esa persona. La raza, religión previa, cultura, posición social o económica es un asunto totalmente secundario. La exhortación fue: No mintáis los unos a los otros. La explicación: Porque habéis sido despojados del viejo hombre con sus hechos y habéis sido revestidos con el nuevo hombre que es creado por Dios a la imagen de Jesucristo y va renovándose hasta asemejarse lo más posible a él. Este nuevo hombre no hace acepción de personas, porque lo único que le interesa es si Cristo mora en la persona. Que Dios nos motive a dejar lo propio del viejo hombre e incorporar lo propio del nuevo hombre.

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