Toda persona, incluso los creyentes, lucha contra poderosos gigantes, es decir, contra aquellas cosas que parecen más poderosas que nosotros. Son cosas que se afanan por destruirnos y robarnos la paz y la voluntad para avanzar en la vida con decisión, fe y esperanza. Por supuesto, muchos de estos gigantes tienen la capacidad de dar la apariencia de ser mucho más grandes de lo que realmente son. En muchos casos son solamente el producto de nuestra propia imaginación, como por ejemplo, la ansiedad, o la preocupación. A veces estamos tan preocupados que perdemos el apetito, el sueño y la paciencia, nos desesperamos y hasta nos enfermamos físicamente. Sin embargo, más tarde hallamos que las cosas que tanto temíamos y que nos produjeron tanta preocupación nunca llegaron a suceder.

Uno de esos gigantes es justamente el temor. El temor no siempre es malo. El temor es como una protección natural que nos ayuda a discernir las situaciones que revisten algún peligro. Por ejemplo, tú jamás te atreverías a intentar cruzar una calle atestada de vehículos que transitan a toda velocidad. ¿Por qué? Pues porque tienes temor de que alguno de esos vehículos te atropelle. El temor nos protege, en cierto sentido, del peligro. Pero al hablar del temor como un gigante, no me estoy refiriendo a esta faceta beneficiosa del temor, sino más bien a una parte muy negativa de este, que si nos descuidamos nos puede dominar y hacernos mucho daño en la vida.

Tenemos, por ejemplo, el temor al fracaso. Quizá el Señor nos está abriendo una gran puerta de oportunidad para hacer algo grande para Él, pero tan pronto se abre esta puerta de oportunidad, aparece también en medio del camino el gigante llamado temor al fracaso. Este gigante no sólo susurrará al oído, sino que gritará a todo pulmón: “¡Cuidado! ¿Quién te crees que eres para pretender hacer tal cosa? ¿Acaso no sabes que eres un inútil? ¿Acaso no te han informado que no estás capacitado para esa tarea?” Luego, este gigante llamado temor al fracaso se pone su manto de piedad y bajando el tono de la voz dice: “Yo sólo quiero ayudar, yo sólo quiero advertirte que si sigues empeñado en hacer eso vas a fracasar y eso te va a doler y yo quiero evitarte ese dolor.” Si nos dejamos dominar por este gigante, quedaremos inutilizados, perderemos el tren de la historia y para nuestra vergüenza habremos desperdiciado preciosas oportunidades que quizá jamás se vuelvan a dar y todo por dar oído al gigante del temor al fracaso.

Para vencer a este gigante, tenemos que reconocer que si Dios nos llama a algo es porque Él va a estar junto a nosotros para permitir que cumplamos con lo que nos está llamando a hacer. No hay motivo alguno para temer al fracaso. Jeremías 1:18-19 dice: Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro, y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá,  sus príncipes,  sus sacerdotes,  y el pueblo de la tierra. Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte. Con promesas así, es injustificable un temor al fracaso.

Otra cara de este gigante llamado temor es el temor a no seguir la corriente del mundo. Me refiero al pánico que a veces sentimos cuando tenemos que pararnos firmes en nuestras convicciones como creyentes. El mundo casi nos exige a que nos amoldemos a sus costumbres, y si no lo hacemos nos amenaza con el rechazo. Allí es cuando entra en escena el gigante del temor a sufrir el rechazo por mantener nuestras convicciones. Este gigante nos habla en tono airado y nos dice que no debemos ser fanáticos, que no está mal participar de actividades cuestionables de vez en cuando. Que no es justo que seamos mal vistos por el mundo. Si nos dejamos dominar de este gigante, muy pronto estaremos bailando al ritmo del mundo y eso es justamente lo que busca el enemigo de nuestras almas. Para vencer a este gigante, tenemos que recordar que, aunque estamos en el mundo, no somos del mundo y que es natural que el mundo nos aborrezca. Juan 17:14 dice: Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo,  como tampoco yo soy del mundo.

Qué importa que el mundo nos aborrezca a causa de nuestras convicciones. Si el mundo aborreció a nuestro Maestro al punto que lo llevó a una cruz, ¿Qué nos hace pensar que a nosotros el mundo debe amarnos? Josué hizo muy bien cuando dijo: Pero yo y mi casa serviremos a Jehová. Se necesita de valor para pararse firme en nuestras convicciones y eso es justamente lo que Dios espera de nosotros. No nos rindamos ante el gigante del temor a no seguir la corriente del mundo.

Otra cara del gigante del temor es el temor al qué dirán. Este gigante ha maniatado a muchos creyentes, quienes están inutilizados para el Señor por el puro temor al qué dirán. Podrían hacer tanto en la obra del Señor, pero no lo hacen, están como petrificados porque temen la opinión de la gente. Este gigante se interpone en nuestro camino y nos aconseja que no es prudente ser objeto de la crítica de la gente, especialmente de nuestros conocidos. Nos pone muy en alto la opinión que los demás deben tener de nosotros y si nos dejamos dominar de este gigante, pronto estaremos haciendo cosas para agradar a los hombres antes que a Dios. Nota lo que dice Pablo en 1 Tesalonicenses 2:4 Sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres,  sino a Dios,  que prueba nuestros corazones.

A Pablo le importaba un comino la opinión de los hombres. Jamás hizo algo buscando la buena opinión de los demás. Lo único que le interesaba era agradar a Dios. Muchas veces tuvo que padecer aflicción porque algunos hombres no se formaron una buena opinión de él, pero eso no le preocupó. No se dejó dominar por el gigante del temor al qué dirán. Tú también amable oyente, si te has dejado dominar por el gigante del temor al qué dirán, libérate inmediatamente porque nuestro compromiso no es con la gente sino con Dios.

Otra cara del gigante del temor es el temor a la muerte. Tanto tú como yo, conocemos una cantidad de personas que viven obsesionadas por el temor a la muerte. Este temor es bien fundado cuando se trata de un incrédulo, porque para él, la muerte significa el fin de su oportunidad para ser salvo y el comienzo de su tormento eterno. Pero cuando se trata de creyentes, es un temor infundado, porque la palabra de Dios nos muestra que la muerte para el creyente es el paso a su gloria eterna. Es tan así, que Pablo ha pronunciado palabras impactantes a ese respecto. Filipenses 1:21 dice: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.

Pablo no temía a la muerte. Pablo la consideraba como ganancia. Pablo estaba tan seguro que la muerte le llevaría a ver al Señor cara a cara, que casi como que anhelaba la muerte. Hablando de la muerte dijo lo siguiente en Filipenses 1:23 Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo,  lo cual es muchísimo mejor. El gigante del temor a la muerte se presenta de vez en cuando para quitarnos el gozo de vivir. La muerte para el creyente es un asunto enteramente de Dios. Él sabe cuando moriremos y mal hacemos los creyentes dejando que ese gigante nos atemorice. Aún en el instante mismo de la muerte contaremos con la presencia de Dios. David dice en Salmo 23:4 Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Con promesas como ésta es absurdo dejarnos dominar por el temor a la muerte. Como vemos, el temor puede constituirse en un poderoso gigante que amenaza pisotearnos como a hormigas. Pero si tenemos el Señor de nuestro lado, no hay razón para dejarnos dominar por él.

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