Reciba saludos cordiales amable oyente. Soy David Logacho, dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy en el evangelio según Juan. Estamos estudiando el capítulo 10 de este maravilloso libro de la Biblia. En esta ocasión veremos al Señor Jesús declarando su igualdad con su Padre, y por tanto afirmando que es Dios.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Juan 10:22-30. Lo primero que tenemos en este pasaje bíblico es el insistente pedido de los judíos. Juan 10:22-24 dice: Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno,
Joh 10:23  y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón.
Joh 10:24  Y le rodearon los judíos y le dijeron: ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.
Lo último que estudiamos aconteció en la fiesta de los Tabernáculos. Lo que vamos a estudiar hoy, sucedió en la fiesta de la dedicación, apenas un par y algo más de meses después. La fiesta de la dedicación se la conoce en Israel como Hanukáh. En esta fiesta se conmemora la victoria de los Israelitas sobre el tristemente célebre líder sirio Antíoco IV Epífanes, quien trataba de borrar del mapa a Israel. Este perverso personaje conquistó Jerusalén en el año 170 AC, profanó el templo judío y sacrificó un cerdo en el altar donde se ofrecía los holocaustos a Dios. De esta manera contaminó un lugar sagrado. Bajo el liderazgo de un anciano sacerdote que se llamaba Matatías, de la familia de los asmoneos, los judíos iniciaron una guerra de guerrillas contra el ejército de Antíoco IV Epífanes. Esto es lo que se conoce como la revuelta de los Macabeos, la cual tuvo lugar entre los años 166 a 142 AC. Como resultado se logró la libertad de la dominación siria y rededicaron el templo judío. Esto sucedió el día 25 del mes de Quisleu, fecha que cae alrededor del día que el Cristianismo celebra la navidad. A la fiesta de la dedicación, o Hanukáh, también se la conoce como la fiesta de las luces, porque como parte de la celebración se enciende lámparas y velas en las casas para conmemorar el acontecimiento. De manera que, cuando los judíos celebran el Hanukáh o la fiesta de las luces, o la fiesta de la dedicación es invierno en Israel. El frío debe haber sido muy intenso. Juan, testigo presencial del acontecimiento, dice por tanto, que el Señor Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón, seguramente para resguardarse del intenso frío. El pórtico de Salomón estaba en lo más alto del monte Moriah, o el monte del templo. Su estructura era semicircular y proveía protección de las lluvias invernales, así como del fuerte sol en el verano. En estas circunstancias, el Señor Jesús fue rodeado por los judíos. No olvide que cuando Juan habla de los judíos, normalmente se refiere a los líderes de Israel, al Sanedrín, compuesto por fariseos, escribas y principales sacerdotes. Los judíos entonces hicieron conocer su insistente pedido. ¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. La incredulidad de los judíos, les condujo a un estado de máxima angustia. A esto se refirieron cuando dijeron que el Señor Jesús les estaba turbando el alma. La incredulidad nunca produce paz y tranquilidad al alma sino angustia o turbación. El Señor Jesús se dispuso entonces a responder a estos turbados judíos. En segundo lugar tenemos la impactante respuesta del Señor Jesús. Se encuentra en Juan 10:25. La Biblia dice: Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí;
La respuesta del Señor Jesús es una abierta o clara afirmación de que es el Cristo, o el Mesías, o el Rey de Israel. Los judíos se resistían a creer. Las obras que había hecho y estaba haciendo en nombre de su Padre celestial, confirmaban, o daban testimonio a favor de que él era el Hijo de Dios, o el Cristo, o el Mesías de Israel. Los judíos estaban totalmente informados de las obras que estaba haciendo el Señor Jesús, pero su incredulidad les impedía creer que el Señor Jesús es el Cristo. ¿Habrá alguna explicación para esto? Ciertamente que la hay y el Señor Jesús lo da a conocer. Note lo que dice Juan 10:26. pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.
¿Cómo es posible que a pesar de todas las evidencias que tenían los judíos para reconocer que el Señor Jesús es el Cristo o el Mesías de Israel, sin embargo no creían en él? La única explicación es que los judíos no eran ovejas del Señor Jesús, el buen pastor. Esto es algo que el Señor Jesús ya les había dicho con anterioridad. Juan 10:14 dice: Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,
El Señor Jesús, el buen pastor, conoce a sus ovejas. Los judíos no eran ovejas a quienes Él conocía. Esta es la razón por la cual los judíos no creían en él como el Cristo o el Mesías de Israel. Esto fue lo que motivó al Señor Jesús a pronunciar las palabras que se encuentran en Juan 10:27-29. La Biblia dice: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,
Joh 10:28  y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.
Joh 10:29  Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.
Los judíos eran ovejas a quienes el Señor Jesús, el buen pastor, no conocía, y por eso esas ovejas no le seguían, pero por contraste, las ovejas que son conocidas por el Señor Jesús, son propias de él y en consecuencia oyen su voz y le siguen. Estas ovejas, que representan a genuinos creyentes, quienes han recibido al Señor Jesús como Salvador, tienen beneficios inigualables. El primer beneficio. Tienen vida eterna. Yo les doy vida eterna, dijo el Señor Jesús. Note la conjugación del verbo dar. No dice yo les di, tiempo pasado, ni tampoco yo les daré, tiempo futuro. Dice yo les doy, tiempo presente. Esto significa que en todo instante del tiempo, el Señor Jesús da vida eterna a los que son de él porque le han recibido como Salvador. Esto es absoluta seguridad de salvación. La salvación, o la vida eterna, no se puede perder. Por eso se afirma que una vez salvos, para siempre salvos. El segundo beneficio: No perecerán jamás. Esto añade peso a la declaración anterior. Los que somos creyentes tenemos vida eterna en todo instante del tiempo, de manera que no pereceremos jamás. El tercer beneficio, nadie nos puede arrebatar la mano del Señor Jesús. Para que alguien pueda arrebatarnos de la mano del Señor Jesús, tendría que ser más poderoso que el Señor Jesús, pero ¿Quién puede ser más poderoso que él? Absolutamente nadie. Cuan significativas son entonces las palabras en Romanos 8:38-39 donde dice: Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,
Rom 8:39  ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Esto es maravilloso. El Señor Jesús nos da vida eterna. El Señor Jesús garantiza que no pereceremos jamás. El Señor Jesús asegura que nadie nos puede arrebatar de su mano. ¿Cómo entonces podemos vivir con dudas en cuanto a nuestra salvación? Una vez salvos, para siempre salvos. Esto no es licencia para pecar, porque no olvide que el Señor Jesús dijo también que sus ovejas le siguen. Un genuino creyente tiene seguridad de salvación y en lugar de vivir en pecado, procura vivir en santidad, y si por desgracia comete algún pecado, lo reconoce, lo confiesa y se aparta. Como resultado, es perdonado y limpiado por Dios. Como si todo esto fuera poco, el Señor Jesús afirmó que los que somos creyentes hemos sido dados por Dios el Padre al Señor Jesús. Somos el regalo de Dios el Padre a su Hijo el Señor Jesús. El Padre es mayor que todos y en consecuencia, nadie nos puede arrebatar de la mano del Padre. Interesante. Los creyentes estamos firmemente asidos por la mano del Señor Jesús, y además estamos firmemente asidos por la mano del Padre celestial. ¿Quién nos podrá sacar de allí? Absolutamente nadie. Cuando era niño, uno de los maestros en la escuela dominical, me enseñó esta verdad mediante un ejemplo muy práctico para la mentalidad de un niño. Tomó una moneda y colocándola en su mano la apretó fuertemente. Luego pidió que cada niño de la clase intente sacar a la fuerza esa moneda. Como todos éramos niños nadie pudo hacerlo. Luego tomó la misma moneda e hizo lo mismo que antes, pero esta vez, además, apretó su mano fuertemente también con su otra mano, es decir, con las dos manos, y preguntó si alguno de los niños podría sacar a la fuerza la moneda. La respuesta de los niños fue muy lógica. Si nadie pudo sacar la moneda de una de las manos del maestro, peor todavía de las dos manos del maestro. Luego dijo: Así es con los creyentes. Estamos en la mano del Hijo y también en la mano del Padre. Nada ni nadie nos puede sacar de allí. Finalizando su discurso, el Señor Jesús dijo lo que tenemos en Juan 10:30  Yo y el Padre uno somos.
Entre el Señor Jesús y el Padre existe una unidad absoluta. Esto no significa que son la misma persona, sino que los dos son de la misma esencia. En otras palabras, el Señor Jesús es Dios, tanto como el Padre es Dios. Esto ofendió terriblemente a esos incrédulos judíos, y lo que hicieron a continuación será tema de nuestro próximo estudio bíblico.