Es una bendición saludarle amable oyente y darle la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Prosiguiendo con el estudio del Evangelio según Mateo, en la serie titulada: Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, en esta oportunidad, David Logacho nos mostrará que otra de las credenciales de Jesús que lo acreditan como el Cristo o le Mesías de Israel, es su poder para perdonar pecados.

Gracias por la introducción, David. Efectivamente, en esta oportunidad vamos a mirar a Jesús perdonando pecados, lo cual era otra de sus credenciales que demostraba que él es Dios en persona, el Cristo, el Mesías de Israel. Así que, si tiene una Biblia a la mano, le ruego que la abra en Mateo capítulo 9. Lo primero que notamos es a Jesús perdonando los pecados de un paralítico y posteriormente sanándolo totalmente. Voy a leer la porción bíblica que se encuentra en Mateo 9:1-8. La Biblia dice: Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad. Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados. Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este blasfema. Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa. Entonces él se levantó y se fue a su casa. Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que había dado tal potestad a los hombres. No olvide que Jesús atravesó el Mar de Galilea para ir hacia la región de los Gadarenos, en donde expulsó a una legión de demonios que se habían apoderado de dos personas. En lugar de estar agradecidos por la obra de Jesús, la gente de esa región rogó a Jesús que se fuera de sus contornos. Este es el trasfondo del pasaje que vamos a estudiar. Al verse rechazado por los gadarenos, Jesús sube a bordo y va de regreso hacia el otro lado del Mar de Galilea, donde estaba la ciudad de Capernaum. Como es típico de Jesús, se dedicó a enseñar a la gente. Había tal cantidad de oyentes que no cabían en la habitación donde estaban. Tanto fue así, que fue necesario que los cuatro hombres que traían en peso a un hombre paralítico tengan que abrir el techo de la habitación donde estaba Jesús, para bajar al paralítico en su lecho. Al ver Jesús la fe de los cuatro hombres que trajeron al paralítico, dice al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados. Note al menos dos cosas. Primero, lo que movió a Jesús a hacer lo que hizo, no fue la fe del paralítico sino la fe de los hombres que le trajeron. Número dos, es muy posible que la parálisis que afectaba a este hombre haya sido el resultado de algún pecado que había cometido. La raíz del problema era el pecado, por eso Jesús atacó la raíz, animando al pecador y perdonando su pecado. Las palabras de Jesús al paralítico cayeron como un balde de agua fría a algunos de los escribas que estaban confundidos entre la multitud. No olvide que los escribas formaban una casta especial dentro del judaísmo, caracterizada por el conocimiento profundo de los escritos sagrados pero con poca disposición para aplicar a sus vidas lo que intelectualmente sabían. Estos escribas estaban escandalizados de que Jesús hubiera perdonado los pecados al paralítico. En estas circunstancias se manifiesta el atributo de la omnisciencia por parte de Jesús. Sin que los escribas dijeran nada, Jesús sabía lo que estaban pensando. Cuán sorprendidos habrán estado los escribas cuando Jesús les dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Luego Jesús invita a los escribas a reflexionar, haciéndoles una pregunta: ¿qué es más fácil decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Obviamente, más fácil es decir: Los pecados te son perdonados, porque ningún ser humano puede comprobar si se ha perdonado o no los pecados, en cambio, cualquier ser humano puede comprobar si el paralítico se incorpora y anda. Jesús entonces va a hacer lo que era más difícil. Tomando para sí mismo el título de Hijo del Hombre, un título mesiánico que aparece en el libro de Daniel, Jesús se dirige al paralítico que todavía estaba acostado en su lecho y le dice: Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa. La gente debe haberse queda estupefacta al mirar que el paralítico se incorporó, él mismo tomó su lecho, y tranquilamente salió de ese recinto para irse a su casa. Entró sin poder caminar y salió caminando. Esta obra portentosa estaba demostrando que Jesús es Dios en persona y por tanto tiene todo el derecho o la potestad de perdonar los pecados de cualquier ser humano que con fe le busca. El perdonar pecados es una función exclusiva de Dios. Con esto, Jesús estaba manifestando que tiene poder para perdonar pecados y por tanto es el Cristo o el Mesías de Israel. Bueno que la gente que presenció el milagro se maravilló y glorificó a Dios, pero malo que no podía todavía reconocer a Jesús como el Cristo o el Mesías de Israel y por eso simplemente vio a Jesús como alguien a quien Dios había dado poder sobrenatural. A continuación tenemos a Jesús a la ribera del Mar de Galilea. Vemos qué aconteció. Voy a leer el pasaje bíblico que se encuentra en Mateo 9:9-13. La Biblia dice: Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió. Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. Mientras Jesús caminaba por la playa, se encontró cara a cara con un hombre quien originalmente se llamaba Leví y más tarde, una vez que llegó a ser discípulo de Cristo se llamaba Mateo. Era hijo de Alfeo. Este Mateo es el mismo que más tarde escribió el Evangelio que lleva su nombre. El texto dice que Mateo estaba sentado al banco de los tributos públicos. Esto significa que Mateo era un publicano. Ser publicano en los tiempos de Jesús no era un oficio honroso, por cuanto los publicanos eran mal vistos por la sociedad judía, porque se trataba de judíos que estaban al servicio del imperio romano, dedicados, entre otras cosas, a recolectar los impuestos que el imperio romano demandaba de los judíos. Por este hecho los publicanos eran considerados como traidores. Por lo general los publicanos eran gente ambiciosa y corrupta, que por amor al dinero estaban dispuestos a cualquier cosa. Tal vez mirándole fijamente a los ojos, Jesús dijo a Mateo una sola palabra: Sígueme. Mateo no necesitó más. Había algo en Jesús que le atraía tanto. Sin hacer preguntas, sin pensar en lo que pasaría, sin pensar en su lucrativo negocio, Mateo se incorporó como impulsado por un resorte y siguió a Jesús. Qué maravilla. Mateo es un caso típico de alguien que valoró tanto el llamado de Jesús que no le importó dejar lo que sea con tal de seguir a Jesús. Gran ejemplo para nuestra vida. A partir de este momento, la vida de Mateo dio un giro de 180 grados. Eso es lo que Jesús quiere de cada uno de nosotros. El primer peldaño en la nueva vida de Mateo, fue su propia casa. Seguramente Mateo quería que tanto su familia como sus amigos también conozcan personalmente a Jesús. Para eso organizó una comida en su casa. Jesús era el huésped de honor. Entre los invitados había gente bien conocida de Mateo pero poco apreciada por la sociedad. Parece que Mateo invitó al gremio de publicanos y pecadores de la ciudad. Todos estaban alrededor de la mesa con Jesús y sus discípulos. La conversación debió haber sido amena, la comida ni se diga, pero sobre todo habrá sido un deleite para los invitados escuchar palabras de vida eterna pronunciadas por Jesús. La felicidad de la gente en la casa de Mateo contrastaba con la amargura de los fariseos. Los fariseos no podían entender que Jesús y sus discípulos se estén codeando con la escoria de la sociedad, y muy contrariados hicieron el respectivo reclamo a los discípulos, diciendo: ¿por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? Los fariseos se consideraban ellos mismos tan puros santos y perfectos que jamás se acercarían siquiera a los publicanos y pecadores, peor comer con ellos. Refutando esta falsa propia justicia, Jesús dijo a los fariseos: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Con esto Jesús no estaba alabando la justicia propia de los fariseos, afirmando que ellos estaban sanos, más bien estaba diciéndoles algo como esto: Mientras ustedes no reconozcan que también son pecadores, que están enfermos, no tienen ninguna oportunidad de hallar salvación. Si alguien no reconoce que está enfermo de pecado no podrá jamás hallar la salvación para su alma. Jesús concluye su reproche a los fariseos citando un pasaje del Antiguo Testamento que debe haber sido bien conocido por los fariseos. Se encuentra en Oseas 6:6 donde Jehová por medio del profeta dice al pueblo de Israel: Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos. Esto ilustra la importancia del carácter sobre el rito. De nada sirve cumplir con ritos religiosos si el carácter o el corazón de quien los realiza está manchado de pecado. Esto fue un dardo directo a los fariseos por cuanto ellos habían caído justamente en lo que está condenando Dios por medio de Oseas. El episodio en la casa de Mateo concluyó con las palabras de Jesús explicando lo que acababa de suceder en la casa de Mateo. Palabras hermosas: Porque no he venido a llamar a justos sino a pecadores al arrepentimiento. Jesús vino a este mundo para que todo pecador que en él cree pueda hallar perdón de pecados. Los que se creen a sí mismos justos, como los fariseos, jamás apreciarán el propósito de Jesús para venir a este mundo, y de esa manera sellarán su destino eterno en el infierno. ¿Se considera usted un pecador, amable oyente? Si es así, gracias a Dios, porque eso significa que está en posibilidad de creen en Jesús como su Salvador y de esa manera obtener la vida eterna.

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