Es un gozo saludarle amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy en el libro de Efesios. Este estudio bíblico parte de la serie titulada: Las Maravillas de la Gracia de Dios. En nuestro último estudio bíblico en el libro de Efesios, el apóstol Pablo nos exhortó a que ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Santiago decía: Pero ningún hombre puede domar la lengua que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Así es amable oyente. Las palabras son armas de doble filo. Sirven para edificar o para destruir. Por esto, la Biblia tiene mucho para decir en cuanto al uso de la lengua. En esta oportunidad vamos a enfocar nuestra atención sobre el mal de la lengua, algo de lo cual tenemos que despojarnos, según lo que Pablo nos enseñó en nuestro estudio bíblico pasado.

Que privilegio es abrir la palabra de Dios. Permítame buscar el pasaje bíblico en Efesios capítulo 4 versículos 30 a 32. En este pasaje bíblico vamos a distinguir tres aspectos del mal de la lengua. El primero de ellos es la consecuencia del mal uso de la lengua. Efesios 4:30 dice: Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios,  con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.
El mal de la lengua es un pecado. Pero a diferencia de otros pecados, este mal tiene un efecto particular sobre el Espíritu Santo. El texto dice que lo entristece o lo contrista que es lo mismo. Siendo que el Espíritu Santo es una persona que tiene intelecto, tiene voluntad y tiene emociones, nuestro hablar corrompido afecta sus emociones. Lo hace entristecer. Hacer que el Espíritu Santo se entristezca es algo muy serio, porque el Espíritu Santo es Dios. Isaías 63:10 dice: Mas ellos fueron rebeldes,  e hicieron enojar su santo espíritu;  por lo cual se les volvió enemigo,  y él mismo peleó contra ellos.
Ciertamente que nuestro pecado por el mal uso de la lengua no hará que el Espíritu Santo se vaya de nosotros, pero hará que perdamos el gozo de nuestra salvación y si perseveramos en este pecado corremos el riesgo de ser disciplinados. Adicionalmente, el Espíritu Santo de Dios es la persona en la cual fuimos sellados para el día de la redención. Aquí vemos el aspecto futuro de nuestra redención. Es el Espíritu Santo quien garantiza que nuestros cuerpos van a ser redimidos algún día, liberados de toda contaminación de pecado, ¿Cómo vamos a atentar contra esta persona cuando es justamente esa persona quien nos garantiza esta bendita esperanza? Siendo tan desastrosa la consecuencia del mal uso de la lengua, debemos pensar en alguna curación para este terrible mal. Efesios 4:31 nos muestra la curación para este mal de la lengua. La Biblia dice: Quítense de vosotros toda amargura,  enojo,  ira,  gritería y maledicencia,  y toda malicia.
La terapia para curar el mal de la lengua es extirpación, hay que cortar algo. A esto se refiere el verbo conjugado en tiempo presente y modo imperativo: quítense. ¿Qué es lo que debemos cortar? Primeramente, toda amargura. Esto significa todo tipo de resentimiento, o toda clase de indisposición contra alguien. La amargura es como la raíz de un gran árbol, que en algún momento va a producir un fruto indeseable. Este fruto es la ira y el enojo, o la explosión violenta de furia originada en la ira. El fruto también es la gritería. El enojo y la ira hacen que una persona salga de sus cabales y deje salir de su boca palabras y frases ofensivas, hirientes. Esta gritería degenera en maledicencia, o un hablar injurioso entre los hermanos. Interesante notar donde comenzó todo. Fue en la amargura, que produjo enojo e ira, lo cual llevó a la gritería y terminó en ofensas o insultos contra algún hermano. Por esto es necesario sacar de raíz la amargura o el resentimiento, porque en algún momento, si no se lo saca, va a producir un hablar que causa tristeza al Espíritu Santo de Dios. La segunda cosa que tenemos que cortar para curar el mal de la lengua es toda malicia. Esto se refiere al carácter malicioso en general, una disposición a interpretar todo lo que nos rodea de una forma maliciosa. Una ocasión, un apuesto caballero con algunos años encima, fue a la oficina del pastor de su iglesia. Quisiera pedirle de favor que me case, pidió. El pastor le dijo: Bueno, no acostumbro casar a hermanos de esta iglesia con personas que no conozco, así que me gustaría conocer a su novia. Está bien, replicó el caballero, pero antes que ella venga permítame explicarle lo siguiente: Mi novia es la que antes era mi esposa. Hace más de treinta años tuvimos una pelea, nos disgustamos tanto que nos separamos. Luego acordamos hacer algo ridículo, nos divorciamos. Ninguno de los dos queríamos humillarnos para buscar algún arreglo a nuestra relación. A través de todos estos años, hemos vivido solos, y recién ahora reconocemos cuan necios hemos sido. Nuestra amargura nos ha robado el gozo en nuestras vidas y por eso ahora queremos casarnos para ver si el Señor nos concede algo de felicidad antes de morir. La amargura y el enojo, muchas veces por cosas sin ninguna importancia, llevan a la destrucción a matrimonios, familias, iglesias, amistades. En tercer lugar tenemos el combate contra el mal de la lengua. ¿Cómo podemos combatir este grave mal de la lengua? Note lo que dice Efesios 4:32 Antes sed benignos unos con otros,  misericordiosos,  perdonándoos unos a otros,  como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.
Para combatir el mal de la lengua tenemos que ser benignos. Benigno significa dispuesto a lo bueno. Esta benignidad hacia otros se manifiesta primeramente en misericordia. En lugar de responder de la misma manera que somos tratados, debemos tener misericordia por aquel que nos ha ofendido. Tener misericordia significa no dar al ofensor lo que él se merece por su ofensa. Luego debemos perdonar al ofensor. A veces oímos decir: Es que usted no sabe lo que tal o cual persona me ha hecho, y por eso no puedo perdonarle. Por supuesto que yo no sé cuán grave ha sido la ofensa contra usted, pero cualquier ofensa que usted pueda haber recibido es nada en comparación con la ofensa que todos nosotros causamos a Dios con nuestro pecado. Pero ¿qué hizo Dios? Nos perdonó en Cristo. Si Dios nos perdonó a nosotros a pesar de ser tan ofensores, ¿cómo entonces nosotros no podemos perdonar a otros? La falta de perdón es normalmente el motivo para tener un espíritu de amargura, lo cual va a llevar a todo una serie de pecados que mencionamos anteriormente y que entristecen al Espíritu Santo. Si usted ha sido ofendido de alguna manera y todavía no ha arreglado esa ofensa mediante el perdón, le ruego que lo haga lo antes posible para que se libere de vivir en esa terrible prisión llamada amargura. Es algo horrendo vivir prisionero de algo que no hemos logrado arreglar. Siempre estamos pensando en eso, siempre buscando la forma de vengarnos. Alguna vez oí la historia acerca de una pata que vivía plácidamente como mascota en una granja. Cierto día el abuelo y la abuela invitaron a sus dos nietos a pasar un fin de semana con ellos en la granja. Para congraciarse con el nieto, el abuelo le obsequió una honda o una resortera, ese aparato que usan los niños para lanzar piedritas. El niño estuvo muy contento con su nuevo juguete y juntando piedritas en su bolsillo se puso a lanzarlas a cualquier lado sólo para divertirse. Pero sucedió lo que jamás hubiera pensado. Tomó la piedrita, la puso en la honda y la disparó con toda su fuerza. La piedrita salió rauda y pegó justo en la cabeza de la pata de la abuela. La pobre pata cayó patas arriba muerta de contado. El niño no sabía que hacer. En su desesperación decidió esconder el cuerpo del delito. Buscó una pala y abrió un agujero junto al patio, arrojó en el hueco la pata muerta y la cubrió con tierra. Terminado el trabajo, se quedó helado cuando vio que su hermana había estado mirando todo lo que había hecho. La hermana no le dijo absolutamente nada. A la noche después de la cena, la abuela dijo a sus nietos: Muy bien, uno de ustedes tendrá que lavar los platos de la cena. El niño y la niña se miraron y la niña simplemente le dijo: Acuérdate. El niño se apresuró a decir a la abuela: Yo lavaré los platos de la cena. Al siguiente día, después del desayuno, el abuelo dijo: Hoy voy a pescar, pero solo puedo llevar a uno de los dos. ¿Quién va conmigo? El niño miró a la niña y ella le dijo: Acuérdate. El niño entonces dijo al abuelo: Yo me quedaré ayudando a la abuela, que vaya mi hermana. Mientras estaba en casa, reconoció que su hermana le tenía esclavizado porque había algo que no había arreglado y cansado del abuso fue a su abuela y le confesó todo lo que había hecho. La abuela le abrazó mucho y le dijo: Hijo mío, te perdono. No sabía cuándo me ibas a contar todo lo que pasó. ¿Sabes una cosa? Cuando mataste mi pata yo estaba viendo todo lo que hiciste después desde la ventana de la cocina. Así es amable oyente. No vale la pena vivir esclavizado a una situación que no hemos arreglado mediante el perdón. No viva más en amargura.

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