Un cálido y cordial saludo amable oyente. Qué grato es para nosotros contar con su sintonía. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Prosiguiendo con el tema de cómo salir victoriosos del valle de la muerte. En esta ocasión, hablaremos de una metáfora más que Biblia utiliza para referirse a la muerte física.

La muerte, amable oyente, no debe ser considerada ni como un amigo ni como un extraño. En nuestro estudio bíblico último, vimos que la muerte física es una consecuencia del pecado en el mundo y todos, tarde o temprano tenemos que pasar por ella, a no ser que el Señor Jesucristo venga por segunda vez a este mundo mientras todavía estemos con vida, esto en el caso de los que somos creyentes, por supuesto. La muerte es tan real como real es que me esté escuchando este instante, lamentablemente, es una realidad cruel. Tan cruel, que el ser humano inventa frases atractivas para amortiguar en algo su crueldad. A esto se deben frases que usamos como descansar en paz, o ir al más allá, o ir al hogar celestial o pasar a la presencia del Señor. No digo que esté mal hablar de la muerte en estos términos, aún la Biblia misma habla en términos parecidos cuando por ejemplo habla de que algunos duermen para referirse a personas que han muerto. Lo que digo es que por más que usemos frases atractivas, no podemos privar a la muerte de su realidad lacerante. La muerte no es natural al ser humano. Por eso, todos evitamos instintivamente la muerte. Dios no nos creó para morir. La muerte es una consecuencia del pecado. Además, la Biblia utiliza metáforas que nos ayudan a entender mejor lo que es la muerte y en la medida que lo comprendamos, estaremos en mejor posición para salir victoriosos del valle de la muerte. Hemos mencionado ya que la Biblia habla de la muerte como si fuera un lazo. El lazo sirve para que el cazador pueda atrapar una presa. El lazo atrapa a cualquier animal que meta sus extremidades en él, así también la muerte atrapa a todo ser humano que caiga en él. El lazo está siempre bien camuflado para que la presa ni siquiera sospeche su presencia y logre escapar. Así también la muerte está bien camuflada para que sus víctimas no detecten su presencia y escapen de ella. Pero vimos también en la Biblia en Proverbios 14:27 que el temor de Jehová es manantial de vida. Esto significa que la reverencia a Jehová, la confianza incondicional con él y la sumisión total a sus preceptos en cierto modo nos prepara para que cuando caigamos en el lazo de la muerte no seamos aplastados por ella, o para que cuando uno de nuestros seres queridos caiga en el lazo de la muerte, nosotros los que quedamos en el mundo estemos preparados para ello. Hoy consideraremos otra metáfora. Se encuentra en Salmo 18:4 donde leemos: Me rodearon ligaduras de muerte,
Y torrentes de perversidad me atemorizaron.
Estas son las palabras del rey David. La muerte es vista en este texto como una ligadura. La palabra hebrea que se ha traducido como ligadura significa también dolor, aflicción, angustia. Quizá esto describe mejor a la muerte. Oh cuánto dolor se experimenta cuando muere un ser querido. David vivió esta experiencia incontable número de veces. Un día, Jonatán, el mejor amigo de David fue traspasado por la espada de los filisteos y en la misma batalla, Saul, el padre de Jonatán, al verse derrotado por los filisteos, se echó sobre su propia espada y murió. No contentos con esto, los filisteos deshonraron los despojos mortales de Saúl y Jonatán y los colgaron en un muro en calidad de trofeos de guerra. ¿Qué hizo David cuando lo supo? Leamos 2 Samuel 1:11-12. La Biblia dice: Entonces David, asiendo de sus vestidos, los rasgó; y lo mismo hicieron los hombres que estaban con él.
2Sa 1:12 Y lloraron y lamentaron y ayunaron hasta la noche, por Saúl y por Jonatán su hijo, por el pueblo de Jehová y por la casa de Israel, porque habían caído a filo de espada.
La muerte en toda su crudeza. Más tarde, a raíz que David pecó con Betsabé, Dios le disciplinó severamente. Por medio de Natán el profeta, David supo que a causa de su pecado, el tierno hijo que procreó con Betsabé enfermaría gravemente y moriría. Nuevamente la muerte rondaba sus dominios. David ayunó y lloró por siete días, esperando que Dios cambie su decisión, pero el niño murió de todas maneras. Una vez más contemplamos la muerte en toda su crudeza. Años después, Absalón el hijo favorito de David murió al rebelarse contra su propio padre. La muerte se presentó nuevamente con su carga de tragedia. David sintió el filo puñal del dolor en su corazón. Como resultado, David lloró amargamente por la muerte de su hijo. David sin duda experimentó el lacerante dolor de la muerte porque la muerte es una ligadura, es dolor, es sufrimiento, es angustia. Puede ser amable oyente que usted esté atravesando justamente en este instante por el profundo valle de la muerte. Puede ser un esposo que ha partido, o la dulce presencia de la esposa que ya no alegra más la casa, o el bullicio en la casa se ha desvanecido porque la muerte ha cercenado de un tajo la vida de una tierna criatura. Usted ha sentido el dolor de la muerte, porque la muerte es dolor. A lo mejor usted ha tratado de reprimir o ignorar ese dolor. Quizá inclusive ha pensado que expresar su dolor en llanto sería signo de debilidad espiritual o desconfianza en los propósitos de Dios. Pero no debería ser así amable oyente. La muerte es dolor y no hay nada de malo en que usted llore por el ser querido que ya no está más en este mundo. Aún nuestro amado Salvador lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Juan 11:31-35 dice: Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí.
Joh 11:32 María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Joh 11:33 Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió,
Joh 11:34 y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve.
Joh 11:35 Jesús lloró.
La muerte es dolor, por eso es natural que haya llanto. La muerte es nuestro enemigo y nos produce llanto. Usted no debe sentirse falto de espiritualidad por lamentar con llanto la muerte de un ser querido. Mas bien parece que el llanto desfoga pasiones que se acumulan en el alma ante la presencia horrenda de la muerte. Sin embargo, no está por demás advertir que jamás debemos permitir que este dolor que ocasiona la muerte, degenere en rebeldía contra Dios pensando que Dios pudo haber evitado la muerte de un ser querido, pero no lo hizo. Qué lección tan impactante encontramos en la vida de Job a este respecto. Cuando Job supo que todos sus hijos habían muerto y que su riqueza se había esfumado de la noche a la mañana y que su salud estaba en el nivel más bajo posible, no se enojó contra Dios. No reclamó a Dios por no haber evitado lo que le pasó. Mire lo que dice la Biblia de Job, según Job 1:22 En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.
Ciertamente que Job sintió el puñal del dolor y lamentó mucho y lloró. Pero no permitió que su dolor le conduzca a rebelarse contra Dios. Esto es lo que se espera de usted y de mí cuando entramos al profundo valle de la muerte. De modo que, amable oyente, no reprimamos el dolor, después de todo la muerte es un enemigo y un enemigo que trae dolor. Pero no sucumbamos ante el dolor. Para esto está nuestro lado nuestro amado Salvador, quien atravesó por sí mismo por el valle la muerte, quien comprende lo que uno siente ante la muerte de un ser querido, y aferrémonos a él para caminar seguros, a pesar del fuerte oleaje del dolor que trae aparejado la muerte. David, Job, el Señor Jesús, son casos sobresalientes de personas que sintieron dolor ante la muerte de un ser querido y expresaron ese dolor con llanto, pero nunca dudaron de los propósitos de Dios y mantuvieron incólume su confianza en él. Sólo así podremos salir victoriosos del valle de la muerte.

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