Un dicho popular afirma que ningún comedido sale con la bendición de Dios. ¿Te has puesto a pensar en el fundamento de este dicho? Una de las posibles razones es porque no siempre nuestras buenas acciones o buenas palabras son bien interpretadas o bien comprendidas por los demás. Se produce lo que llamamos un malentendido.

Una de las más brillantes ilustraciones de lo que es un malentendido lo leí en el libro: “Tres Pasos Adelante, Dos para Atrás” de Charles Swindoll. Este autor cuenta que el jefe de un bufete jurídico acostumbraba en el día de Acción de Gracias, entregar a sus empleados un pavo listo para llevarlo a la casa y prepararlo para la cena de acción de gracias. Uno de sus empleados era un joven abogado, soltero. Como vivía solo, no podía en absoluto aprovechar un pavo tan grande, sin mencionar siquiera que no tenía la menor idea de cómo preparar adecuadamente un pavo. Pero por no desairar a su jefe, año tras año recibía su pavo, aunque no sabía que hacer con él. Cierto año, los compañeros de trabajo de este joven abogado, sabiendo que el pavo no significaba nada para él, decidieron jugarle una broma. Sustituyeron el pavo que iba recibir por un paquete de piedras, muy bien envueltas para que parezca un pavo de verdad y para que no sospeche nada, le pusieron un cuello y una cola de un verdadero pavo. Llegó el día de acción de gracias. El joven abogado recibió lo que él creía que era un pavo de verdad y luego de agradecer a su jefe por su regalo se marchó a su casa. Tomó un autobús y se sentó pensando que hacer esta vez con ese pavo tan grande y pesado. De pronto se subió al autobús un hombre que tenía una apariencia bastante cansada. El único puesto libre que encontró este pobre hombre de mirada perdida fue justo a lado de nuestro joven abogado. Se sentó y los dos empezaron a hablar de la vida. El abogado supo entonces que aquel hombre de figura maltrecha había estado todo el día buscando empleo y no había logrado nada, que tenía una familia muy grande y que se estaba preguntando qué llevaría a su casa por el día de acción de gracias. Fue allí, en ese preciso instante cuando al joven abogado se le ocurrió una magnífica idea. Por fin llegó la hora de hacer una obra de caridad, se dijo: -Le regalaré mi pavo a este desdichado. Luego le vino otro pensamiento. Este pobre hombre se puede ofender si le regalo un pavo, será mejor si le ofrezco vender en lo que tenga. Así que preguntó al hombre: ¿Cuánto me daría por este pavo? El pobre hombre dijo: Lo único que tengo es un par de dólares y unos pocos centavos. Vendido, exclamó el abogado. El hombre sacó los dos dólares y las monedas que tenía y con sonrisa en los labios recibió a cambio ese enorme envoltorio que se suponía era un pavo. Se despidió del abogado y se bajó del autobús, no sin antes oír las palabras del abogado: -Que Dios lo bendiga. Que se divierta mucho el día de acción de gracias. ¿Puede imaginar lo que sucedió cuando este hombre llegó a su hogar? Quizá entró gritando: -Me encontré un hombre que prácticamente me regaló un enorme pavo. La dicha se habrá transformado en tristeza y rabia cuando al quitar la envoltura se encontró con piedras en lugar de pavo. El lunes siguiente, el abogado regresó a su trabajo. Sus amigos se morían de la curiosidad por saber lo que había ocurrido con el supuesto pavo. Cuando el abogado contó la historia, todos sus amigos quería morirse. Sin quererlo, por bien hacer, el abogado vendió unas cuantas piedras envueltas como un pavo por un par de dólares con unos pocos centavos y sus amigos fueron sus cómplices.

Esto es un malentendido. Una acción bien intencionada que sin embargo sale mal y causa dolor a alguien. Todos hemos pasado por situaciones parecidas, quizá no tan espectaculares como las del relato, pero ¿Cuándo fue la última vez que dijiste algo o hiciste algo con la mejor de las intenciones y sin embargo todo salió tan mal que te arrepentiste de haberlo dicho o haberlo hecho? A lo mejor no fue hace mucho tiempo, porque los malos entendidos suelen ocurrir con bastante frecuencia.

Cuando uno es víctima de un malentendido queda malherido, porque inmediatamente es criticado, difamado o investigado, como decimos popularmente, nos metemos en un gran lío.

A nadie le gusta pasar por esta situación y justamente de esto es de lo que se aprovecha el gigante de los malos entendidos para acorralarnos y dominarnos. Este gigante nos gritará en la cara: “¿Ya ves lo que pasó? ¿Viste que por hacer bien saliste mal parado? No seas necio, la próxima vez no hagas nada, para que no pases vergüenza una vez más.”

Dominados por este gigante, nos volvemos apáticos a las necesidades espirituales, emocionales y físicas de los demás. Decidiremos que lo mejor será vivir nuestra vida sin pensar siquiera en los demás. – “Vive tu vive y deja que otros vivan la suya.” Decimos frecuentemente.

Pero amigo, amiga, si llegamos a este estado de cosas, el gigante de los malos entendidos habrá logrado una resonante victoria. Y cuántos han llegado a esta lamentable condición. Me refiero a personas que alguna vez hicieron algo para ayudar a alguien, pero fueron malentendidos y hoy no mueven ni un dedo para ayudar a nadie. La clave está entonces en cómo conquistar a este poderoso gigante.

Para ello, primero reconoce que no eres el único que ha sido víctima de un malentendido. No pienses que hay algo raro en ti que hace que los demás no entiendan correctamente tus palabras o tus actos. No hay tal, todos nosotros somos víctimas del malentendido. Es un mal universal. Una cosa es lo que pensamos, otra la que sale de nuestros labios, otra la que llega a los oídos de nuestro interlocutor y otra la que llega a la mente de nuestro interlocutor. Es la falencia de la comunicación la fuente de todos los malos entendidos.

La única forma de evitar malos entendidos sería dejando de hablar con todos. Pero trata de pasar una sola hora con otros sin decir una palabra. Verás que es imposible. Entonces es perfectamente posible que tú y yo y cualquier otra persona seamos mal entendidos. Los malos entendidos son como algunas bacterias en nuestro organismo. Tenemos que vivir con ellas.

Segundo, entrega la situación a Dios. Di al Señor en oración: “Dios, aquí estoy otra vez. He sido mal entendido. Me siento herido. Tengo la razón, pero nunca me lo creerían. Encárgate tú de poner en claro mi buena intención en todo este asunto.” Esta, amable oyente, es la única salida sensata ante los malos entendidos. No trates de aclararlo por ti mismo que tus intenciones fueron buenas. Los hombres sólo vemos las acciones. No podemos ver las intenciones. Si entras al tortuoso camino de aclarar esto y aquello para que a todos les conste que tus intenciones eran buenas, sólo conseguirás hundirte más y más en el profundo pozo del mal entendido.

Tercero, ora al Señor para que te dé sabiduría, discernimiento y tino para hacer o decir cosas. Antes de hacer o decir algo medita en la forma como lo vas a hacer o en las palabras que vas a decir. Si por alguna razón sospechas que algo que vas a decir puede prestarse para ser mal entendido, no lo digas o dilo de otra manera. El hablar impulsivo o el actuar impulsivo nos puede conducir a los malos entendidos. Piensa antes de hablar. Piensa antes de actuar.

Cuarto, si a pesar de poner todo tu empeño para no ser malentendido igual eres malentendido, no te desanimes, pon el asunto en la mano del Señor y sigue haciendo cosas buenas. No te quedes atado por el gigante del malentendido que, con la ayuda del Señor logremos conquistar al temible gigante del malentendido. Que Dios te bendiga.

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