Saludos mi amiga, mi amigo. Soy David Araya dándole la más cordial bienvenida al estudio bíblico de hoy con David Logacho. Seguimos estudiando el evangelio según Mateo, en la serie que lleva por título: Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores. En esta oportunidad trataremos el asunto de los juramentos y el ceder los derechos.

Es motivo de mucho gozo saludarle amable oyente. En el estudio del Evangelio según Mateo, hemos llegado a lo que se conoce como el Sermón del Monte, es un espectacular discurso pronunciado por Jesús desde la cima de un monte. En esencia, Jesús está mostrando el carácter del reino de los cielos, el cual describe la conducta de los súbditos del reino de los cielos. Luego de tratar el controversial asunto del divorcio, Jesús procede a tratar el asunto de los juramentos. Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Mateo capítulo 5 versículos 33 a 37. La Biblia dice: Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede. Jurar significa afirmar o negar una cosa, poniendo por testigo a Dios, o a sí mismo o a sus criaturas. Por otro lado perjurar significa jurar en falso. Efectivamente, la ley condenaba el perjurio y exhortaba cumplir al Señor los juramentos. Note lo que dice Levítico 19:12 Y no juraréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová. Jesús entonces no está en absoluto ni añadiendo ni quitando algo de la ley. Interesante que Dios no ha prohibido el juramento en su nombre. Lo que ha prohibido es el falso juramento en su nombre. De manera que la letra de la ley era no jurar falsamente, sino cumplir al Señor los juramentos. Pero los escribas y fariseos del tiempo de Jesús engañaban a los demás jurando falsamente y para aparentar que estaban diciendo la verdad, no juraban en el nombre de Dios sino en el nombre del cielo, o en el nombre de la tierra, o en el nombre de Jerusalén, o por último en el nombre de ellos mismos. Es decir que pensaban que por sustituir el nombre de Dios con otros nombres en sus juramentos, podían afirmar algo o negar algo falsamente. Jesús va a corregir esta situación por medio de mostrar el espíritu de la ley. Pero yo os digo… afirmó Jesús. ¿Qué es lo que va a decir? Pues que no deben pensar que por jurar en el nombre del cielo, o de la tierra, o Jerusalén, o por ellos mismos, están libres de la consecuencia de jurar falsamente. ¿La razón? Pues porque cuando juraban por el cielo, en realidad estaban jurando por Dios porque el cielo es el trono de Dios. Cuando juraban por la tierra, en realidad estaban jurando por Dios, porque la tierra es el estrado de los pies de Dios. Cuando juraban por Jerusalén, estaban en realidad jurando por Dios, porque Jerusalén es la ciudad del gran Rey, con R mayúscula, la ciudad de Dios. Cuando juraban por ellos mismos, estaban en realidad jurando por Dios, porque ellos son criaturas de Dios. Como tal, son propiedad de Dios. Tan es así que el hombre por su propia voluntad no puede hacer blanco o negro uno sólo de sus cabellos. Dios es soberano hasta en los más mínimos detalles de los hombres. Absurdo es entonces pensar que como no se ha jurado en el nombre de Dios se puede quebrantar un juramento o lo que es lo mismo, jurar en falso. Jesús prosigue señalando que para los verdaderos hijos de Dios los juramentos deberían estar por demás. Cuando un creyente dice: Sí, es sí. Cuando un creyente dice: No, es no. Lo que es más de esto, de mal, o del maligno procede, dijo Jesús. En otras palabras, Jesús está sugiriendo que nuestro hablar debería ser como si siempre estuviéramos bajo un juramento de decir siempre la verdad. El creyente no debería necesitar jurar sobre algo que está diciendo para que los demás lo crean. No está por demás decir que este pasaje bíblico no está prohibiendo en absoluto los juramentos, como cuando por ejemplo tenemos que hacer una declaración juramentada en algún juzgado. Jesús mismo tuvo que hacer una declaración bajo juramento ante el Sumo sacerdote. Mateo 26:63 dice: Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. El apóstol Pablo también puso a Dios como testigo de algo que estaba diciendo. 2 Corintios 1:23 dice: Mas yo invoco a Dios por testigo sobre mi alma, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto. En resumen, amable oyente, como creyentes que somos, debemos ser reconocidos por la veracidad en lo que decimos. Nuestra palabra debe ser tan confiable que no hará falta juramento alguno para que la gente nos crea. ¿Cómo es su hablar amable oyente? ¿Acostumbra echar mano de la mentira para salir de apuros? ¿Cree que no hay problema con soltar una mentirilla piadosa si el fin es loable? Los hijos de Dios debemos despreciar la mentira. Dicho esto, vayamos al asunto que trata Jesús. La cuestión de ceder derechos. Mateo 5:38-42 dice: Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Esta es la famosa ley del talión. Es lo que enseña la ley y lo que los escribas y fariseos también guardaban y enseñaba, aunque descuidaban el espíritu de la ley. Mire lo que dice Levítico 24:19-20. Y el que causare lesión en su prójimo, según hizo, así le sea hecho: rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que haya hecho a otro, tal se hará a él. La ley determinaba el justo castigo por la falta cometida. Rotura por rotura, ojo por ojo y diente por diente. Una vez más, Jesús no está ni anulando ni modificando la ley. Jesús está mostrando algo mucho más justo que la ley del talión. Jesús está mostrando a sus discípulos que aunque la ley permitía castigo en la misma medida que la falta cometida, sin embargo es preferible lo que se conoce como el ceder los derechos personales. A esto se refirió Jesús cuando dijo: No resistáis al malo. En lugar de resistir al malo, Jesús recomienda que a cualquiera que le hieran en la mejilla derecha, vuelva también la otra. Esto es lo que significa no resistir al malo. Si alguien quería armar un pleito por una túnica, era preferible no darle sólo la túnica sino también la capa. Se trata de una total negación a los derechos personales en aras de la paz y la armonía. En esa época los soldados romanos tenían el derecho de exigir a algún judío que se le cruzaba en el camino, que le lleve la carga hasta por una milla, no más de una milla. Jesús está recomendando que se ceda los derechos y se lleve la carga no sólo por una milla sino dos millas. Un indígena de las islas Fidji que se había convertido al Señor, quería hablar de su Salvador a otro indígena de su tribu, pero éste se puso tan furioso que tomó una jarra y golpeó con ella al creyente con tanta fuerza que la jarra se hizo pedazos. Profundamente afectado, pero calladamente, el indígena creyente volvió a su choza. Allí vio colgada en la pared la maza que antes usaba en las peleas contra sus enemigos. Estuvo muy tentado a usar la maza en contra de su agresor, pero constantemente venía a su mente las palabras del Señor Jesucristo: Al que te hiere en una mejilla preséntale la otra. Yo soy un hijo de Dios, se dijo y después de una corta oración tomó una hermosa jarra de su casa, mejor que la que le habían roto en la cabeza, y se la llevó al hombre que le había herido. Toma, esto es para reponer la jarra que se rompió en mi cabeza. Este hombre quedó tan conmovido que le regaló un buen pedazo de pescado; pero más aún, le pidió que le leyera algo del libro que había ayudado al indígena creyente ha hacer algo tan diferente a lo que era costumbre en aquella primitiva tribu. El ceder los derechos, como esto de no poner en práctica la ley del talión tiene un efecto formidable para atraer a otros a Cristo o simplemente para mantener una atmósfera de armonía. Si los creyentes estuviéramos más dispuestos a ceder nuestros derechos que a hacer valer nuestros derechos tendríamos menos problemas que lo que tenemos en nuestros hogares, en nuestros trabajos, en nuestras iglesias. Quien cede sus derechos personales en pro de guiar a otros a Cristo o para preservar la paz, puede ser considerado como un necio por este mundo, pero a los ojos de Dios es un campeón de la fe. ¿Qué vale más, la alabanza del mundo o la alabanza de Dios? Jesús termina esta parte de su discurso con algo que es muy fácil leerlo o enunciarlo, pero es tan difícil ponerlo en práctica en el mundo en el cual vivimos. Al que te pida dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. En realidad se necesita de sabiduría divina para cumplir con esto sin el peligro de ser objeto del abuso de personas que tratan de vivir a costilla de otros. Pero lo bueno es pensar que Dios jamás nos va a pedir algo que no podemos cumplir. Que por la gracia de Dios sepa con claridad lo que debe hacer cuando alguien le pida algo que usted considera valioso. Se cuenta que en un pueblo había dos barberías. El propietario de la una era un italiano y el propietario de la otra era un ruso. En determinada semana, el barbero ruso se enfermó y no pudo abrir su barbería, de modo que todos sus clientes por fuerza tuvieron que ir a la barbería del italiano. El italiano tuvo que trabajar horas extras para atender tanta demanda. Al fin de la semana, sus ingresos casi se habían duplicado. El domingo por la mañana el barbero italiano se puso el mejor traje que tenía, tomó todo el dinero que había ganado en exceso sobre lo que normalmente ganaba y fue a visitar al barbero ruso quien estaba en cama. Sacó el dinero y lo puso sobre la cama y le dijo: Tómalo, es lo que habrías ganado si hubieras trabajado toda la semana. Recupérate pronto. Con una sonrisa le dio un apretón de manos y se fue. De esto es lo que está hablando Jesús. Que Dios le bendiga.