Reciba un cálido y fraternal saludo amigo oyente. Bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando los eventos futuros y hemos llegado a la tribulación. Este periodo de siete años, está caracterizado por un derramamiento de la ira de Dios sobre un mundo que obstinadamente ha dicho no a todas las invitaciones de Dios para la salvación. La ira de Dios se manifestará en tres actos, cada uno más severo que el anterior. Hemos visto ya el primero de ellos, los juicios de los sellos, también hemos visto el segundo de ellos, los juicios de las trompetas. Hoy nos corresponde estudiar el acto final, el de mayor severidad. Los juicios de las copas. David Logacho compartirá este tema con nosotros.

Habiendo desplegado los dos primeros actos de su ira derramada sobre la tierra en la tribulación, seria de esperarse que la gente que habite este planeta en ese tiempo se vuelva humillada a Dios y encuentre en Cristo la salvación, pero como vimos en el estudio bíblico anterior, este no será el caso sino que la gente seguirá en su pecado, seguirá en su adoración a las imágenes, seguirá en sus asesinatos, seguirá en su consumo de drogas, seguirá en su inmoralidad y seguirá en sus robos.

Esta gente llevará a Dios al limite de su misericordia. Dios sabrá que ya no hay remedio para ellos y por tanto descorrerá el telón del tercer acto de su ira derramada, los juicios de las copas. Estos juicios sucederán casi al final de la tribulación. Deberíamos mirarlos como la manera de Dios de quitar de la tierra todo vestigio de rebeldía en el hombre impío.

El relato de los juicios de las copas lo encontramos en el capitulo 16 de Apocalipsis. Lo que primero encontramos es una orden divina dirigida a los siete ángeles que tenían las siete plagas postreras; porque en ellas se consumaba la ira de Dios. Apocalipsis 16:1 dice: “Oí una gran voz que decía desde el templo a los siete ángeles: Id y derramad sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios”

Los ángeles entonces en sumisa obediencia marchan ordenadamente a cumplir con su tarea. Veamos lo que resulta de ello. El primer juicio de las copas. Apocalipsis 16:2 dice: “Fue el primero, y derramó su copa sobre la tierra, y vino una úlcera maligna y pestilente sobre los hombres que tenían la marca de la bestia, y que adoraban su imagen”

La primera copa derramada sobre la tierra trae úlceras malignas y pestilentes sobre algunos moradores del planeta. Estas úlceras malignas y pestilentes serán lesiones en la piel que no sanarán con ninguna medicina. Un tipo de cáncer a la piel. Muchos estudiosos de la Biblia piensan que será una de las muchas consecuencias de la radio actividad en la atmósfera producto de la guerra atómica de esos días.

Después de la explosión nuclear en Nagasaki e Hiroshima durante la segunda guerra mundial, muchas personas sufrieron de lesiones cutáneas que eventualmente les condujeron a la tumba. Algo muy interesante es que esta plaga afectará solamente a los seguidores del Anticristo, quienes tendrán su sello sobre sus frentes o sobre sus manos derechas y además adorarán su imagen. Los que no tengan la marca de la bestia serán milagrosamente protegidos de estas úlceras malignas.

Inmediatamente después, se derramará la segunda copa. Apocalipsis 16:3 dice: “El segundo Ángel derramó su copa sobre el mar, y éste se convirtió en sangre como de muerto; y murió todo ser vivo que había en el mar”

Esto será el fin de los océanos de la tierra. Uno de los juicios anteriores, destruyó la tercera parte de los océanos y mató a la tercera parte de los seres del mar, pero eso no fue suficiente para hacer recapacitar al hombre de su mal camino y conducirlo al arrepentimiento. Por eso, el segundo ángel derramó su copa sobre el mar y este se convirtió en una sustancia espesa de color rojo oscuro, como la sangre de un muerto. Naturalmente todas las especies marinas fueron también destruidas.

Progresando en los juicios llegamos al tercer juicio de las copas. Apocalipsis 16:4-7 dice: “El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos, y sobre las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre. Y oí al ángel de las aguas, que decía: Justo eres tú, oh Señor, el que eres y que eras, el Santo, porque has juzgado estas cosas. Por cuanto derramaron la sangre de los santos y de los profetas, también tú les has dado a beber sangre; pues lo merecen. También oí a otro, que desde el altar decía: Ciertamente, Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos”

Como si no fuera suficiente que los océanos sean convertidos en sangre de muerto, ahora les toca el turno a los ríos y a las fuentes de agua dulce. Tan pronto como el tercer ángel derramó su copa, las límpidas y cristalinas aguas se convirtieron en torrentes de sangre.

Qué situación tan desesperante será. Imagine amigo oyente. La gente sufriendo de úlceras malignas, imposibilitados de utilizar el agua del mar y peor aún imposibilitados de encontrar agua dulce para beber, cocinar, bañarse, etc. Allí estará una persona, tomando una ducha. De pronto el agua que baña su cuerpo se convertirá en sangre en un abrir y cerrar de ojos. Qué tragedia. Pero por qué convertir el agua en sangre. Por qué no se la convirtió en aceite o en petróleo o en alguna otra sustancia.

La razón es por la justicia de Dios. Los hombres impíos que vivan en esa época derramarán tanta sangre de los que se resistan a someterse al Anticristo, que como castigo de Dios se verán forzados a beber sangre porque no habrá agua dulce sobre la faz de la tierra. De esta manera. Dios estará vengando a sus hijos que han sido martirizados por los seguidores del Anticristo.

Ahora le toca derramar su copa al cuarto ángel. Apocalipsis 15:8-9 dice: “El cuarto ángel derramó su copa sobre el sol, al cual fue dado quemar a los hombres con fuego. Y los hombres se quemaron con el gran calor y blasfemaron el nombre de Dios, que tiene poder sobre estas plagas, y no se arrepintieron para darle gloria”

La cuarta copa tendrá su efecto directo sobre la atmósfera, de la tierra. La atmósfera, además de proveer el aire que respiramos, en cierto sentido es una cubierta protectora que impide que el sol nos queme con algunos de sus mortíferos rayos.

Pero cuando se derrame la cuarta copa, esta cubierta protectora será transformada de tal manera que no impedirá el paso de los peligrosos rayos ultravioletas del sol. El efecto sobre los habitantes del planeta será devastador. El calor será tan intenso que las personas pensarán que han entrado a un horno. Un fenómeno así, en miniatura, ya existe en la actualidad.

Por el indiscriminado uso de algunos compuestos químicos fluorocarbonados, se ha debilitado la capa de ozono que cubre la tierra. Por eso es que se habla de los agujeros en la capa de ozono. Los rayos ultravioleta atraviesan por esos agujeros y llegan a la superficie de la tierra y literalmente queman a las personas expuestas a esos rayos. Algo así pero elevado a la enésima potencia acontecerá en el futuro.

Lo increíble es que la gente que esté sufriendo esto, en lugar de buscar la ayuda de Dios, blasfemarán contra Dios y de esa manera traerán sobre ellos mismos un castigo mucho más severo. No se arrepintieron para darle gloria dice el texto. Por eso viene el quinto ángel listo a derramar su copa. Apocalipsis 16:10-11 dice: “El quinto ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia; y su reino se cubrió de tinieblas, y mordían de dolor sus lenguas, y blasfemaron contra el Dios del cielo por sus dolores y por sus úlceras, y no se arrepintieron de sus obras”

Qué tragedia. Con llagas en el cuerpo, con un mar convertido en sangre de muerto, sin agua dulce, con un sol que quemaba y sobre todo eso, sumidos en las más densas tinieblas. De dolor y de furia se morderán sus lenguas, pero no se arrepentirán. Todo lo contrario, como animales irracionales blasfemarán contra el Dios del cielo por lo que les está pasando.

Qué triste. A extremos así conduce la dureza del corazón. Yo no sé cuál será su reacción ante todo esto amigo oyente. Le confieso que en mí hay una mezcla de emociones. Por un lado me siento feliz de que yo no voy a pasar por esta agonía, porque recibí a Cristo como mí Salvador y él me libra de la ira venidera, pero por otro lago me embarga un sentimiento de pesar por los millones que por no haber recibido a Cristo como Salvador están en peligro de sufrir todo esto que hemos visto. Si Ud. es uno de ellos, le ruego que reconozcan su necesidad de salvación y allí mismo, al pie de su receptor reciba a Cristo como su Salvador.

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