Se dice con justa razón que los celos están en cada uno de nosotros desde que nacemos hasta que morimos. Una hermana en la fe y su esposo trajeron al mundo tres preciosos hijos. Cuando el mayor tenía tan sólo dos años nació su hermanita. A lo mejor dirás: “Qué bueno, así el hermano mayor ya tuvo compañía.” Pues ellos también pensaros así. Pero, a decir verdad, no resultó del todo bien. ¿Sabes por qué? Pues por ese poderoso gigante llamado celos.

Lamentablemente el hermanito mayor se sintió celoso por la llegada de su hermana. Claro, las atenciones de los padres y los halagos de la familia ya no eran sólo para él. Tenía que compartir no sólo la atención y los halagos, sino muchas cosas más con aquella intrusa que de pronto apareció dando alaridos en la casa. Y no estamos hablando de un viejo pecador empedernido. Estamos hablando de una criatura de tan sólo dos años. Pero he allí, los celos estaban ya causando problema en él. Con el correr del tiempo, este gigante de los celos ya no causará solamente un lloriqueo constante como en el caso de un niño celoso, sino un comportamiento totalmente extravagante, en el caso de un adulto.

Por los celos, el ser humano es capaz de causar terribles desastres. Tanto tú como yo, podemos citar caso tras caso de personas destruidas por haberse entregado al implacable gigante de los celos, hogares e incluso Iglesias destruidas por los celos. Con sobrada razón, Santiago dice en su libro, en el capítulo 3 versículo 16:Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.

Este es un axioma inviolable. Donde veas a un hombre celoso o a una mujer celosa, allí habrá peleas, vocabulario soez, intrigas, malos pensamientos, calumnias, chismes y rumores. ¡Cuantos problemas pueden causar los celos!

Los celos, amable oyente, son esas emociones negativas que experimentamos cuando tememos que cualquier afecto o bien que disfrutamos o pretendemos disfrutar, llegue a ser usado por otro. Dicho en otras palabras, los celos tienen que ver con la incomodidad que sentimos cuando nos vemos amenazados los afectos o bienes que consideramos como de nuestra exclusiva propiedad.

Es por eso que, si alguien recibe cierto reconocimiento que nosotros estábamos dándolo como nuestro, comenzamos a pensar: – “vaya, por qué a él y no a mí. Lo que pasa es que a nadie le importo. Nadie se fija en mí.” Esos pensamientos son generados por el gigante de los celos.

Una esposa podría pensar: – “Mi esposo ya no me ama. Debe haber otra mujer en su vida.” Presa de este pensamiento esta esposa celosa tejerá una serie de episodios fantásticos. El gigante de los celos ha atacado a esta esposa. Los celos pueden provocar verdaderos desastres amable oyente. Proverbios 6:34 dice: Porque los celos son el furor del hombre, Y no perdonará en el día de la venganza.

Muy bien, con todo lo que hemos dicho, estoy seguro que habrás reconocido cuan peligroso es este gigante llamado celos. Ahora viene lo bueno. ¿Qué hacer para conquistar a este gigante?

Primero, es necesario reconocer que los celos son pecado. Como leímos en Santiago 3:16 los celos son la fuente de una serie de conductas pecaminosas en el ser humano, perturbación y toda obra perversa. Además, nota lo que dice Gálatas 5:19-21 Y manifiestas son las obras de la carne, que son:  adulterio, fornicación,  inmundicia,  lascivia, idolatría,  hechicerías,  enemistades,  pleitos,  celos,  iras,  contiendas,  disensiones,  herejías, envidias,  homicidios,  borracheras,  orgías,  y cosas semejantes a estas;  acerca de las cuales os amonesto,  como ya os lo he dicho antes,  que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

En este pasaje bíblico vemos que los celos están en el mismo plano que el adulterio, la fornicación, los homicidios, las borracheras y todo lo demás. Por tanto, los celos son un pecado que ofende la santidad de Dios. Si eres una persona celosa, no justifiques tus celos. Lo aconsejable es ir al Señor en oración para decirle: – “Señor, soy un celoso o una celosa, me he dejado dominar del gigante de los celos, reconozco que es pecado y no quiero seguir viviendo de esta manera.”

Luego de confesar los celos como pecado, en segundo lugar, debes apartarte de los celos. No es algo sencillo, te lo aseguro y por eso necesitarás aferrarte con todas tus fuerzas al Señor. Pide al Señor en oración la ayuda necesaria para vencer a este poderoso gigante.

Cada vez que surja ese sentimiento de celos, reconócelo inmediatamente, y una vez detectado, no dejes que tu mente se ocupe más en eso. Destierra inmediatamente ese pensamiento. No pienses que los celos te van a ayudar a resolver los problemas que tienes. Si, por ejemplo, te sientes celoso de un compañero de trabajo y estas pensando que a lo mejor él va a recibir una recompensa y no tú, piensa y razona que esta actitud es fruto de tus celos e inmediatamente sácala de tu mente.

Tercero, jamás actúes motivado por los celos. El gigante de los celos insistirá que hagas algo en contra de la persona contra quien te sientes celoso o celosa. Si se trata de tu esposo, el gigante de los celos insistirá que inicies una pelea, o una escena de celos, no importa si se trata de una situación real o creada en tu imaginación. Si es tu compañero de trabajo, el gigante de los celos insistirá que busques maneras para hacer quedar mal a tu compañero ante tus superiores.

No actúes motivado por los celos. Lo único que obtendrás es fortalecer a ese gigante que te tiene dominado y que ciertamente, en algún momento te arrepentirás de eso. Recuerda lo que pasó con el celoso rey Saúl cuando David apareció en la escena como el ungido futuro rey. Los celos de Saúl le llevaron a perseguir a David para matarlo, pero en el intento, Saúl mismo fue víctima de la violencia que causó.

Cuarto, procura compartir tu problema de celos con alguna persona madura espiritualmente hablando. De esta forma, el peso de los celos se hará más ligero. No escondas ese pecado. Confróntalo y pide consejo a hombres y mujeres de Dios para derrotarlo.

Según la ley Mosaica, si un marido se sentía celoso de su mujer, no debía quedarse en casa sospechando sobre su mujer y haciéndole la vida imposible. Según el libro de Números, capítulo 5, lo que debía hacer es ir al sacerdote y allí, ante él, tratar el asunto para terminar de una vez por todas con esos celos tan funestos.

Definitivamente, amable oyente, Dios no quiere que vivamos saturado de celos. Los celos nos quitan el gozo de vivir para Dios, y lo que es peor nos conducen al pronunciado barranco de hacer o decir cosas totalmente fuera de lugar. Debemos confrontar este pecado y desterrarlo de nuestra vida.

Por último, si eres una persona celosa, debes confiar en la suficiencia de Dios para satisfacer cualquiera de nuestras necesidades. Dios sabe lo que es mejor para cada uno de nosotros. Puede ser que nosotros pensemos que tal o cual cosa nos hará felices y por eso lo buscamos con tanto ahínco y sentimos celos ante todo lo que amenace con privarnos de aquello que esperamos. Pero solamente Dios sabe lo que es mejor para nosotros. Busquemos lo que deseamos con dedicación, pero si no lo conseguimos, no pensemos que fue porque otros fueron mejores que nosotros, sino simplemente porque aquello que buscábamos no fue lo mejor y Dios busca lo mejor para nosotros.

Si te gustó comparte con tus amigos
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email