Una vez más es un gozo estar junto a Usted mi amiga, mi amigo. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. En instantes más estará con nosotros David Logacho para un nuevo estudio bíblico en la serie que lleva por título: Gálatas, la carta magna de emancipación de la iglesia. En esta oportunidad estudiaremos la segunda parte de lo que la Biblia llama el fruto del Espíritu Santo.

En nuestro estudio bíblico último analizamos las seis primeras características del fruto del Espíritu. El pasaje bíblico que sirvió de base de estudio se encuentra en Gálatas 5:22-23 donde dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” Cuando un creyente decide ceder el control de su vida al Espíritu Santo, el Espíritu Santo producirá en ese creyente lo que la Biblia llama el fruto del Espíritu. Este fruto tiene nueve características. Las que ya hemos estudiado son: Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad y bondad. Hoy nos corresponde estudiar las tres restantes. En séptimo lugar está la fe. Esta característica del fruto del Espíritu, no se refiere a la fe por la cual recibimos a Cristo como Salvador. La palabra griega para fe es la misma palabra para fidelidad. Por eso es que algunas versiones la traducen más bien como fidelidad. El Espíritu Santo produce en el creyente un alto sentido de fidelidad, de lealtad, de ser digno de confianza. El creyente controlado por el Espíritu Santo cumple a cabalidad con sus responsabilidades, no necesita que nadie le esté supervisando o controlando. El creyente controlado por el Espíritu Santo cumple con su palabra. Si dice que va a hacer algo, lo hace a cabalidad. Si dice que va a estar a tal hora en tal lugar cumple con su palabra. El creyente controlado por el Espíritu Santo es leal por naturaleza. Fiel a su esposa, fiel a sus hijos, fiel a su iglesia, fiel a sus superiores en su trabajo, fiel, sobre todo, al Señor. Es a todo esto a lo que se refiere la Biblia cuando habla de esa característica del fruto del Espíritu Santo llamada fe. Es lo que manifestó en vida Effie Linquist, quien asistió fielmente a las reuniones de su iglesia por nada más y nada menos que 88 años. Durante este tiempo vio pasar a 15 pastores por esa iglesia, escuchó más de 8000 sermones y asistió a más de 4000 reuniones de oración. Esto es fidelidad amable oyente. Seguimos describiendo las características del fruto del Espíritu. En octavo lugar tenemos la mansedumbre. Esta palabra es poco conocida en nuestro idioma y sobre eso, mal interpretada en cuanto a su significado. De modo que permítame citar lo que sobre esta palabra dice W. E. Vine en su Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento. En su utilización en las Escrituras, donde tiene un significado más pleno y profundo que en los escritos griegos seculares, la mansedumbre no consiste solo en el comportamiento externo de la persona, ni tampoco en sus relaciones con sus semejantes; tampoco se trata meramente de su disposición natural. Mas bien es una obra efectuada en el alma; y sus ejercicios son en primer lugar y ante todo para con Dios. Es aquella disposición de espíritu con la que aceptamos sus tratos como buenos, y por ello sin discutirlos ni resistirlos. La palabra mansedumbre está estrechamente relacionada con la humildad y es una directa consecuencia de ella. Son solo los de corazón humilde los que también son mansos y como tal, no luchan contra Dios ni se enfrentan ni contienden con él. Sin embargo, esta mansedumbre siendo ante todo una mansedumbre ante Dios, lo es también ante los hombres, incluso ante hombres malos, sobre la base de la conciencia de que estos, con todos los insultos y malos tratos que puedan infligir, son permitidos y empleados por Dios para la disciplina y purificación de sus elegidos. Luego, este mismo autor hace notar que la palabra castellana mansedumbre sugiere debilidad y pusilanimidad en mayor o menor grado, pero la palabra griega que se ha traducido como mansedumbre no denota estas cosas en absoluto. La suposición que se hace comúnmente es que cuando alguien es manso es porque no puede defenderse; pero el Señor Jesucristo fue manso a pesar de tener todo el poder imaginable para defenderse. La mansedumbre entonces tiene que ver más con un poder que está bajo control. Descrita en términos negativos, la mansedumbre es lo opuesto a la afirmación propia y al propio interés; es una ecuanimidad de espíritu que ni se entusiasma ni se deprime, simplemente porque no se ocupa en absoluto del propio yo. Hasta aquí lo que el autor anteriormente citado dice sobre la mansedumbre. (A) Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento, por W. E. Vine. El mejor ejemplo de una persona en la cual se manifestaba mansedumbre es el Señor Jesucristo. Mateo 11:29 dice: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” Cuando una turba se acercó a Jesús para prenderle y entregarle a las autoridades para ser crucificado, uno de los que estaban con Jesús tomó su espada e hirió al siervo del sumo sacerdote cortándole la oreja. Mire como Jesús reprendió a este discípulo. Mateo 26:52-54 dice: “Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” Jesús tenía poder infinito para defenderse de sus captores de y de sus enemigos. Solo un pedido de él podría haber puesto en acción a más de doce legiones de ángeles para defenderle. Pero Jesús no lo hizo. ¿Por qué? Porque estaba manifestando mansedumbre. Estaba aceptando los tratos de Dios con él. Porque sabía que esa era la única manera para cumplir con las Escrituras en cuanto a que el Cristo tenía que ser entregado en manos de pecadores para ser crucificado. Así es como se manifiesta la mansedumbre. Es una característica del fruto del Espíritu Santo. La novena característica del fruto del Espíritu es la templanza. La palabra templanza es la traducción de una palabra griega que literalmente significa dominio propio. Esto se refiere a refrenar por uno mismo las pasiones y los deseos. Esta cualidad es la que le hacía tanta falta a Alejando el Grande. Teniendo tan solo 16 años de edad ya era gobernador de Macedonia. A los 18 años llegó a ser un general victorioso. A los 20 años ya era el rey más famoso de su tiempo. A los 33 años había conquistado el mundo conocido de su época. Pero tristemente, no tenía templanza. A pesar de haber conquistado casi todo, no pudo conquistar sus propios deseos. Se cuenta que Alejandro comenzó la segunda noche de borrachera con 20 invitados a la mesa en Babilonia. Bebió a la salud de cada persona que se hallaba en la mesa. Después de esto, pidió que le trajeran la copa de Hércules, la cual era enorme. Una vez llena, la bebió hasta la última gota a la salud de Proteas, un macedonio en el grupo. Hizo un brindis por él nuevamente, en esa copa extravagante y se desplomó al suelo. Herido de una fiebre intensa murió luego de pocos días. Qué triste. A extremos como estos puede llevar la falta de templanza o dominio propio. Un creyente controlado por el Espíritu Santo, jamás dejará que sus pasiones o sus deseos le controlen. De esta manera hemos explicado las nueve características del fruto del Espíritu Santo. Como Usted podrá notar, es un fruto apetecible. Es un fruto que a todos nos gustaría manifestar en nuestras vidas. La clave para ello es permitir que el Espíritu Santo controle nuestras vidas. Esto comienza con una entrega voluntaria de la vida al Señor y continúa con una obediencia a lo que el Señor ha comunicado en su palabra. No olvide que la única manera de dominar la naturaleza pecaminosa es por medio de la sumisión al Espíritu Santo. Una vez que hemos considerado la descripción del fruto del Espíritu, vamos a considerar ahora el beneficio del fruto del Espíritu. La segunda parte de Gálatas 5:23 dice: “contra tales cosas no hay ley.” Lo que está diciendo el apóstol Pablo es que cuando un creyente vive controlado por el Espíritu Santo, producirá el fruto del Espíritu, y por tanto no necesita de ninguna ley externa para producir la conducta que agrada a Dios. Acerca de esto, nos habla el mismo apóstol en Romanos 8:3-4 donde dice: “Porque lo que era imposible por la ley, por cuando era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” La ley no tiene poder para controlar los apetitos de la carne, pero el Espíritu Santo sí. Si Usted, amable oyente quiere ser un vencedor o una vencedora sobre su naturaleza pecaminosa, no pretenda hacerlo por medio de someterse a reglas o reglamentos, ni siquiera a le ley de Moisés o alguno de sus preceptos. La única manera de someter a la carne es por medio de la sumisión al Espíritu Santo de Dios. Hágalo hoy mismo si no lo ha hecho antes.

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