Qué gozo es estar nuevamente con Usted amiga, amigo oyente, para juntos examinar los principios bíblicos que garantizan la buena marcha de la familia cristiana. En instantes más estará con nosotros David Logacho para mostrarnos las responsabilidades de los esposos cristianos.

Cuando Dios hace algo, siempre lo hace perfecto. Génesis 1:27 relata la creación del hombre y la mujer. Dice así: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó: varón y hembra los creó” Después, esta pareja fue bendecida por Dios con las siguientes palabras, según Génesis 1:28-30 “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer. Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así.” Luego Dios se detiene a contemplar la manera como esta pareja funcionaba. El versículo 31 de Génesis 1 nos da la opinión de Dios sobre lo que ha hecho. Dice así: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto” Todo lo que Dios hizo, y entre ello, al hombre y a la mujer valió para que Dios diga: Es bueno en gran manera. Si Dios lo ha dicho, significa que en verdad era bueno y bueno en gran manera. Ahora bien, ¿qué es lo que motivó a Dios para decir que lo que había hecho era bueno en gran manera? Bueno, la esencia misma del hombre y la mujer, hechos a imagen y semejanza de Dios era un motivo para ello. Pero además la hermosa relación que existía entre el hombre y la mujer. Adán era la cabeza de esa relación y con tierno amor guiaba a su esposa Eva. Eva era la ayuda idónea para Adán y con amorosa sujeción apoyaba en todo a su esposo Adán. No había en absoluto aspereza por parte de Adán ni rebeldía por parte de Eva. Todo funcionaba como una sincronizada pieza de relojería. Qué hermoso. ¿Verdad? Pues bien, esta es justamente la idea de Dios para todo matrimonio. Sin embargo, hoy no vemos que esto esté sucediendo. ¿Qué pasó? Bueno, la triste realidad es que el pecado entró en el mundo y afectó absolutamente todo, también la relación entre Adán y Eva. Como consecuencia del pecado, Eva dejó de someterse amorosamente a su esposo Adán y éste tuvo que obligarla a ser sumisa. Para Adán ya no era natural amar a su esposa. En lo profundo de su ser había un fuerte deseo de despreciarla, de mirarla simplemente como un objeto para satisfacer su instinto sexual, de maltratarla físicamente. Probablemente Adán sentía amargura hacia Eva porque fue ella quien se dejó engañar por Satanás. Adán no miraba su propia culpa porque él, en cambio, no fue engañado por Satanás sino que pecó con los ojos bien abiertos. Aquí comenzó la batalla entre los sexos y sus consecuencias las vivimos hasta hoy. La única esperanza para las familias cristianas es volver a los principios divinos para el matrimonio. La única solución para la crisis de la familia en nuestros días es retomar el modelo de Dios para el matrimonio. Aquello de lo cual Dios dijo: Es bueno en gran manera. Por esto en la Biblia encontramos abundante enseñanza sobre el matrimonio. Quizá la que más directamente trata el tema se encuentra en Efesios 5:21-33. Será de este pasaje bíblico de donde extraeremos la enseñanza para el matrimonio según el modelo de Dios. Toda sociedad humana funciona bien cuando los elementos que forman esa sociedad conocen y practican las responsabilidades a ellos encomendadas. El matrimonio es una sociedad de dos personas, un hombre y una mujer. La palabra de Dios asigna a cada miembro de esta sociedad ciertas funciones claras y específicas. Del cumplimiento o no de estas funciones depende el éxito o el fracaso del matrimonio. Consideremos en primer lugar las funciones del esposo. Las instrucciones de Pablo a los esposos se resume en la frase introductoria de Efesios 5:25 donde dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres” El verbo que Pablo usa aquí cuando habla de amar es el verbo más fuerte, más íntimo, más amplio y más expresivo para hablar de amor. Claro, debe haber una autoridad en el matrimonio. Hay uno que es la cabeza y la otra parte le sigue, pero el versículo 25 de Efesios 5 no dice: Esposos den órdenes a sus esposas, ni tampoco: Esposos, gobiernen a sus esposas. No, Pablo dice: Esposos, amad a vuestras esposas. ¿Cómo puede un esposo demostrar el amor a su esposa? En el versículo 25, el apóstol nos da el modelo supremo o la manera como un esposo debería amar a su esposa: Así como Cristo amó a la iglesia. ¿Cómo amó Cristo a la iglesia? Veámoslo en Romanos 5:8 “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” ¿Cómo amó Cristo a la iglesia? Dando el regalo más precioso a la gente más indigna. Cristo es absolutamente santo y justo, sin mancha ni contaminación de pecado. Sin embargo, siendo perfecto hizo el sacrificio más grande por los pecadores. Así es como Cristo amó a la iglesia. Las parejas que buscan poner punto final a su matrimonio, normalmente dicen: No puedo perdonarlo más, ha hecho tantas cosas absurdas, ha ido demasiado lejos. Pero veamos nuevamente como Cristo amó a la iglesia. Un Cristo absolutamente perfecto y Santo hizo el mayor acto de sacrificio por las personas más viles. Ningún esposo puede encontrar un motivo suficientemente válido para dejar de amar a su esposa. En realidad, si los que somos casados tomáramos conciencia del modelo de amor de Cristo a la iglesia, inevitablemente concluiríamos que es imposible dejar de amar a nuestras esposas. El amor es un acto de la voluntad, no de las emociones. Usted decide lo que va amar. Si Usted se propone, puede amar a la persona que menos merezca ser amada, porque todo es cuestión de la voluntad. Notemos también la conjugación del verbo amar en Efesios 5:25. Está en modo imperativo. Esto significa que no es natural que el esposo ame a la esposa así como Cristo amó a la iglesia. Por eso se ordena a los esposos que amen a sus esposas. Si quiere ponerlo así, los que somos casados estamos obligados a amar a nuestras esposas. No es cuestión de que si ella me trata bien le amo, pero si ella no me trata bien no le amo. Sin importar cuan buenas o cuan malas sean las esposas, simplemente tenemos que amarlas. Este amor no es solamente decir: Te quiero. Es mucho más que eso. Tiene su romance pero no es solo romance. Algunos maridos dicen a sus esposas: Te quiero, pero a la vuelta de la esquina le están traicionando con otra mujer. ¿Qué clase de amor es éste? El amor del cual estamos hablando es un amor que se muestra en actos de sacrificio en beneficio de la persona amada. 1 Pedro 3:7 dice: “Vosotros maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” Amar a una esposa demanda sensibilidad, comprensión y consideración. Las esposas muchas veces se quejan de sus esposos diciendo: Él no me comprende, es insensible a mis necesidades, nunca dialogamos, él no sabe como me siento. La falta de consideración y sensibilidad para con la esposas levanta un muro en la relación de esposo con esposa. Pedro exhorta a derribar este muro. En esencia dice: Maridos, sean sensibles con sus esposas, sean comprensivos. Traten de sentir lo que ellas sienten. Luego Pedro dice que los maridos deben tratar a sus esposas como a vaso más frágil. Los esposos necesitamos saber que somos más fuertes que nuestras esposas. Debemos por tanto no ser ásperos con ellas, sino corteses, suaves, considerados, delicados. No exijamos de ellas esfuerzo físico como si fueran varones. Por algo Dios hizo a la mujer como una delicada criatura. Las cosas frágiles deben tratarse con mucho cuidado y la cosas más frágiles deben tratarse con extremo cuidado. No olvidemos jamás que nuestras esposas deben ser tratadas como vaso más frágil. Finalmente Pedro dice que los esposos debemos saber que nuestras esposas son coherederas de la gracia de la vida. Esto significa que un matrimonio bien estructurado, serán un deleite en la unidad espiritual, emocional y física. Esto es la gracia de la vida. Si echamos a perder a nuestras esposas por nuestra falta de amor, por ser ásperos con ellas, por nuestra falta de consideración, debemos saber que estamos atentando contra nosotros mismos, al perder el deleite de la gracia de la vida. Este principio inclusive tiene repercusiones en la oración. La oración de un esposo que es desconsiderado, cruel, áspero con su esposa, no atravesará ni el techo de la casa. La función primaria del esposo, por tanto, es amar a su esposa. Hay mucho más que decir, pero el tiempo no nos permite decirlo por ahora. En nuestro próximo estudio bíblico continuaremos con este asunto. Maridos, recordemos que tenemos la orden de amar a nuestras mujeres. No hacerlo es equivalente a entrar en una clara rebeldía contra Dios. Las consecuencias pueden ser funestas. Si Dios nos ha mandado amar a nuestras esposas así como Cristo amó a la iglesia, significa que tenemos la capacidad para hacerlo. Dios nunca nos va a pedir hacer algo para lo cual él primero no nos haya capacitado. Quebrantemos nuestro orgullo y nuestra voluntad para practicarlo. Si Usted, esposo ha reconocido que su amor hacia su esposa se ha enfriado, hoy es el momento para enmendar el error. Pida perdón a su esposa y dígale que va a procurar amarla como Cristo amó a la iglesia.

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