Es una bendición para mí saludarle y darle la bienvenida amable oyente. Soy David Logacho para acompañarle en el estudio del Evangelio según Juan. En esta oportunidad vamos a seguir examinando las glorias o la excelencia de nuestro Señor Jesús.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Juan 1:13-18. En este pasaje bíblico encontramos cinco hechos que magistralmente ilustran la gloria o la excelencia del Señor Jesús. La primera, se encuentra en Juan 1:13. La Biblia dice: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
Como antecedente, el apóstol Juan escribió que todos los que reciben a Cristo, los que creen en su nombre, tienen la potestad de ser hechos hijos de Dios. Para llegar a ser hijo, en el sentido físico, se necesita haber nacido. Así también, para llegar a ser hijo de Dios se necesita nacer por segunda vez. Esto se conoce como el nuevo nacimiento, o la conversión, o ser salvo. Este versículo muestra tres formas que no producen el nuevo nacimiento y la única forma que produce el nuevo nacimiento. No son engendrados de sangre. Esto significa que nadie nace de nuevo porque sus padres son creyentes. No son engendrados de voluntad de carne. Esto significa que nadie nace de nuevo por su propio esfuerzo, o por su carne. No son engendrados de voluntad de varón. Esto significa que nadie nace de nuevo por decisión de algún otro ser humano. Los hijos de Dios son engendrados única y exclusivamente de Dios, a través del Señor Jesús, por supuesto. Esto muestra lo poderoso que es el Señor Jesús. Puede hacer algo que ningún hombre puede hacer. Él, como Dios, es todopoderoso, al punto que tiene poder para que pecadores hijos de Satanás lleguen a ser hechos hijos de Dios. Qué bendición. En segundo lugar, Juan muestra la encarnación del Hijo de Dios. Es otra obra que muestra su excelencia. Juan 1:14 dice: Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
Esta es otra de las glorias del Señor Jesús. Aquel Verbo, el Logos, quien estaba con Dios por la eternidad, el Hijo de Dios, hizo su entrada en la escala del tiempo, tomando forma humana. Se hizo carne y habitó entre nosotros. Esto significa que Dios vino a esta tierra y vivió en esta tierra como Hombre entre los hombres. El verbo habitar, es la traducción de un verbo griego relacionado con la acción de hacer tabernáculo. En otras palabras, Dios mismo hizo su tabernáculo en esta tierra. Su cuerpo humano fue el tabernáculo en el cual el Hijo de Dios vivió en esta tierra. Se hizo patente el significado de uno de los nombres para el Señor Jesús. Emanuel que significa Dios con nosotros. Juan añade entre paréntesis un comentario personal, cuando dice que él y otros con él, vieron su gloria, gloria como del unigénito del Padre. Cuando Juan habla de la gloria, se está refiriendo a la nube brillante que acompaña a la presencia de Dios, o a lo que la tradición judía llama la shekinah. Juan, junto con Pedro y Jacobo, vieron esto con sus propios ojos en lo que se conoce como la transfiguración. Juan añade que la gloria que contemplaron era la gloria del unigénito del Padre. El Señor Jesús es el unigénito del Padre. Él es el único en todo sentido. En un sentido, todos los genuinos creyentes somos hijos de Dios, hijos con h minúscula, pero el Señor Jesús es el Hijo Dios con h mayúscula. Único en excelencia. Como Hijo de Dios es igual a Dios. Como si esto fuera poco, Juan dice que el Señor Jesús o el Cristo, es lleno de gracia y verdad. Estos atributos resaltan el carácter de Dios, en especial su disposición para dar lo mejor a quienes merecen lo peor, esto es gracia y su determinación a estar siempre del lado de la verdad. En Él no puede haber ninguna traza de algo que no sea verdad. En tercer lugar, tenemos otra gloria del Señor Jesús. Me refiero a su eternidad. Para mostrar esta gloria del Señor Jesús, Juan echa mano de lo que Juan el Bautista proclamaba. Note lo que dice Juan 1:15. Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.
Antes que el Señor Jesús comience su ministerio público en este mundo, Juan el Bautista alzaba su voz en el desierto anunciando que viene tras él, el que es más poderoso que él, a quien él no es digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Se refería al Señor Jesús. Una vez que Juan el Bautista bautizó al Señor Jesús, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Inmediatamente vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia. Juan el Bautista dio testimonio de esto y su clara e inequívoca conclusión fue: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. El Señor Jesús vino después de Juan el Bautista, tanto en cuanto a su fecha de nacimiento, como en cuanto al inicio de su ministerio público. Sin embargo, cuando Juan el Bautista identificó al Señor Jesús como el Cristo, el Mesías de Israel, dijo: Este que viene después de mí es antes de mí, porque era primero que yo. A pesar que Juan el Bautista era seis meses mayor que el Señor Jesús, Juan el Bautista dijo: Él es antes de mí, y primero que yo. La única explicación es que el Señor Jesús es eterno, una característica que sólo Dios puede tener. En cuarto lugar, tenemos otra gloria del Señor Jesús. Es su plenitud. Juan 1:16-17 dice: Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
El Señor Jesús no sólo es eterno, sino también todo suficiente. Esto es asombroso. Todo aquel que cree en el Señor Jesús recibe todo lo que necesita de la plenitud del Señor Jesús. Por esto alguien ha acuñado la frase: Si tienes a Cristo lo tienes todo, si no tienes a Cristo, te falta todo. El Señor Jesús es todo suficiente. Pero la plenitud tiene que ver también con los abundantes recursos del Señor Jesús, para satisfacer a todo aquel que en él cree en todo el mundo. Sus recursos no se agotan jamás independientemente del número de personas que tomen cuanto quieran de su plenitud. Juan hace un contraste entre la ley y la gracia. La ley por medio de Moisés fue dada, pero la ley era como una regla para medir si el hombre podía cumplir las normas de Dios. La triste realidad era que nadie podía cumplir con esas normas. Por eso, la ley que fue dada por Moisés, ponía bajo condenación a todo ser humano, y le mostraba que si iba a ser aceptado por Dios tendría que ser de alguna otra manera distinta a cumplir con la ley. Aquí es donde entra la gracia de Dios por medio del Señor Jesús. Por eso Juan dice: Pero la gracia y la verdad por medio de Jesucristo. La obra de Cristo en la cruz a favor del pecador hace posible que el pecador que cree en Cristo llegue a ser aceptado por Dios, algo que era imposible mediante la ley que fue dada por medio de Moisés. Pero Juan menciona algo que no se puede dejar pasar por alto. Hablando de lo que podemos tomar de la plenitud del Señor Jesús, dice: Y gracia sobre gracia. La gracia es el favor que Dios hace a personas que no lo merecen. La gracia de Dios siempre ha estado presente. Sin embargo, la gracia que Dios manifestó en el Antiguo Testamento no es sino un pálido reflejo cuando se la compara con la grandiosa gracia de Dios manifestada con la venida del Hijo de Dios en la persona del Señor Jesús. A veces decimos: Cuan maravilloso habría sido estar presente en algunos eventos portentosos que se relatan en el Antiguo Testamento, pero a decir verdad, más maravilloso que eso es lo que tenemos hoy los creyentes en el Señor Jesús, porque de su plenitud tomamos todos y gracia sobre gracia. Esto es gracia incomparable. El escritor de la letra del himno titulado “Sublime Gracia” tuvo la imagen correcta de la gracia de Dios manifestada en Cristo cuando tomando su pluma escribió: Sublime gracia del Señor, que a un infeliz salvó, fui ciego, mas hoy miro yo, perdido y Él me halló. Esto es gracia sobre gracia. En quinto lugar, otra gloria del Señor Jesús es que por medio de Él podemos conocer al Padre. Juan 1:18 dice: A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.
Dios es Espíritu y por eso es invisible. No tiene cuerpo. Para poder conocer al Padre es necesario mirar al unigénito Hijo que está en el seno del Padre. Él es uno con el Padre y por tanto igual a Dios. Este bendito unigénito nos revela totalmente como es el Padre. Cuando la gente veía al Señor Jesús veía al Padre. Cuando la gente oía al Señor Jesús, estaba oyendo al Padre. Es triste que hoy en día mucha gente dice que conoce al Padre, pero desconoce totalmente a su Hijo, el Señor Jesús. Esto no puede ser. Si alguien desea conocer al Padre, la única manera es por medio de su unigénito Hijo, el Señor Jesús. No hay otra manera. Si alguien no ha recibido al Señor Jesús como su Salvador, no puede conocer al Padre. Son algunas de las glorias o excelencias del Señor Jesús. Lo peor que una persona puede hacer es rechazar a una persona tan excelsa como el Señor Jesús. Si todavía no lo ha recibido como su Salvador, hágalo hoy mismo, y tendrá esta preciosa joya, quien le garantiza vida eterna junto a Él.