Reciba cordiales saludos amable oyente. Es motivo de gran gozo para mí contar con su sintonía. Bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Gracias por sus oraciones a favor de La Biblia Dice… Gracias por animarnos mediante sus cartas o sus correos electrónicos. Nuestro profundo reconocimiento a aquellos que nos apoyan económicamente. Que el Señor les recompense conforme a sus riquezas en gloria. Este estudio bíblico es parte de la serie que lleva por título: Gigantes al Acecho. Cuando hablo de gigantes no me estoy refiriendo a seres humanos superdotados físicamente. Los gigantes de quienes hablo son hábitos o actitudes contra las cuales todos nosotros tenemos que luchar diariamente. Ya hemos hablado de algunos de estos gigantes, como el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos, la soledad y los malos entendidos. Todos estos gigantes son muy poderosos y si se lo permitimos, son capaces de someternos bajo sus pies y causarnos gran aflicción. En el estudio bíblico de hoy vamos a tratar sobre otro gigante igualmente poderoso.

Sin temor a equivocaciones, puedo afirmar que el gigante que más nos ha atacado a todos y cada uno de nosotros es el gigante llamado enfermedad. ¿Ha estado alguna vez enfermo? Con toda seguridad su respuesta será afirmativa. Si su respuesta es negativa, seguramente está enfermo de amnesia. Si no tenemos una perspectiva correcta sobre la enfermedad, se tornará en un poderoso gigante que está listo a caer sobre nosotros para destruirnos. Si damos un vistazo a la Biblia para ver que hay detrás de la enfermedad, encontraremos que la enfermedad puede tener al menos tres diferentes orígenes. Primero, puede ser que se trate de alguna consecuencia de algún pecado. Enfermedades como el Sida, cuando resulta del uso del sexo fuera de los parámetros establecidos por Dios, es un buen ejemplo de una enfermedad que es consecuencia del pecado. Obviamente, no siempre el Sida es consecuencia de pecado. Piense por ejemplo en una persona que se contagia de Sida como resultado de una transfusión sanguínea con sangre contaminada con el virus. Pero la Biblia nos advierte muy abierta y francamente sobre la ley de la siembra y la cosecha. Gálatas 6:7-8 dice: No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.

Gal 6:8 Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.
Si el hombre siembra el bien, cosechará el bien, pero si el hombre siembra el mal cosechará el mal. En ocasiones la enfermedad es la cosecha de una siembra de desobediencia a la palabra de Dios. La enfermedad en este caso es vista también como una disciplina por parte de Dios. Algunos creyentes corintios fueron desobedientes a la Palabra de Dios y aún así participaban en la Cena del Señor como si todo estuviera bien en su vida. Por esta falta de integridad moral Dios los disciplinó y note como lo hizo. 1 Corintios 11: 26-30 dice: Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.
1Co 11:27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.
1Co 11:28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.
1Co 11:29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.
1Co 11:30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.
La disciplina de Dios para estos creyentes corintios fue enfermedad, debilidad y aún la muerte. Si duda del hecho que Dios puede disciplinar con enfermedad a sus hijos descarriados solamente estudie la vida de David a raíz que cometió el pecado de adulterio con Betsabé, para que compruebe como Dios puso su mano sobre el cuerpo de David al punto que David exclamó lo que tenemos en Salmo 32:3-4. La Biblia dice: Mientras callé, se envejecieron mis huesos
En mi gemir todo el día.
Psa 32:4 Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah
El segundo origen de la enfermedad, puede ser una prueba para purificar nuestra fe. A veces Dios usa la enfermedad como el fuego que calienta el crisol donde se coloca nuestra fe. El mejor ejemplo de esto lo tenemos en Job del Antiguo Testamento. Según Job 1:1, Job era perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo de ello, fue probado como quizá ningún ser humano ha sido jamás probado. Parte de su prueba fue justamente la enfermedad. Al salir airoso de la prueba, Job dijo lo que está registrado en su libro capítulo 42 versículo 5 De oídas te había oído;
Mas ahora mis ojos te ven.
Antes de la prueba, Job conocía a Dios pero su conocimiento de él era limitado, como de oídas, pero después de la prueba, el conocimiento de Dios por parte de Job era mucho más profundo, como si lo viera con sus propios ojos. ¿Qué es lo que hizo cambiar la perspectiva que Job tenía sobre Dios? Pues la prueba, entre lo cual también estuvo la enfermedad. El tercer origen de la enfermedad es simplemente una oportunidad para manifestar el poder de Dios en sanidad. Una vez Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos entonces le preguntaron: ¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? La respuesta de Jesús fue: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, luego le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé. El ciego fue y se lavó y regresó viendo. La ceguera que es una enfermedad no fue consecuencia de pecado, tampoco fue una prueba, simplemente fue una oportunidad para que Dios manifieste su poder en sanidad. Si no miramos a la enfermedad como hemos mencionado, corremos el riesgo de que la enfermedad se torne en un poderosos gigante que no solamente afligirá nuestro cuerpo sino también nuestra alma y nuestro espíritu. El gigante de la enfermedad nos aconsejará que Dios nos ha abandonado. Que Dios es injusto con nosotros. Que tenemos el derecho de vivir sanos pero que Dios nos está negando ese derecho. Que Dios no tiene poder para detener la enfermedad o aún pensaremos que a lo mejor tenemos algún pecado oculto que ni siquiera nosotros mismos sabemos y que por eso Dios nos está disciplinando. Si hacemos caso a los consejos del gigante llamado enfermedad llegaremos a vivir amargados, desanimados, confundidos, desesperados, faltos de fe y apesadumbrados. El gigante de la enfermedad quiere justamente vernos en esas lamentables condiciones. Pero no es necesario dejarnos dominar por el gigante de la enfermedad. Para conquistarlo sugiero lo siguiente: Primero, agradezca a Dios por la enfermedad, sin importar el origen de la misma. 1 Tesalonicenses 5:18 dice: Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.
Una actitud de agradecimiento a Dios, a pesar del dolor causado por la enfermedad, abrirá el camino para entender el propósito de Dios para la enfermedad. Segundo, en oración ferviente al Señor y en dependencia plena del Espíritu Santo, haga una evaluación de su propia vida. ¿Existe algún pecado que no lo ha confesado al Señor? Si es así confiéselo inmediatamente y apártese de ese pecado, porque es posible que la enfermedad tenga que ver con aquel pecado. Si luego de una investigación exhaustiva de su propia vida, no hay ningún pecado oculto, debería pensar que a lo mejor su enfermedad es una prueba de parte de Dios para ayudarle a madurar espiritualmente. En oración y en humildad pida a Dios sabiduría para comprender qué es lo que Dios quiere enseñarle a través de esta prueba. No busque desesperadamente la salida de la prueba, porque echará a perder la lección que Dios quiere enseñarle. Con paciencia espere hasta que el Señor mismo le muestre la puerta de salida. También es posible que su enfermedad sea una oportunidad para que Dios muestre su poder sanándole milagrosamente. Pida a Dios por sanidad, pero no sea impaciente o impertinente demandando de Dios sanidad inmediata. Si la voluntad de Dios es sanarle, él lo hará en su tiempo mas no cuando usted quiera. Tercero, no descuide consultar a los médicos. La ciencia médica y los médicos pueden ser canales a través de los cuales Dios puede obrar sanidad. Dios es soberano amable oyente. Él puede sanar con médico o sin médico, pero no debe adoptar una posición de pseudo espiritualismo afirmando que la medicina y los médicos no son necesarios para aquel que tiene su confianza puesta en Dios. Pablo dijo a Timoteo que tomara un poco de vino por causa de su estómago. En esa época se usaba el vino como una medicina, además de una bebida por supuesto. Con eso Pablo estaba diciendo a Timoteo: No descuides tu medicina si quieres sanarte. El gigante de la enfermedad no tendrá poder en alguien que afronta la enfermedad de esta manera.