Reciba cordiales saludos amigo oyente y la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Cuando se lee el capítulo 16 de Apocalipsis, es inevitable experimentar una sensación inconfundible de terror. No es para menos. Lo que allí tenemos es como para hacer temblar al más fuerte.

Apocalipsis capítulo 16 es una especie de consumación de un evento larga y cuidadosamente preparado por Dios. Los últimos detalles de la preparación de este evento lo tenemos en el capítulo 15 de Apocalipsis. Al final del capítulo vimos a siete ángeles listos y dispuestos para entrar en acción. Estaban vestidos de lino limpio y resplandeciente, ceñidos alrededor del pecho con cintos de oro, y cada uno con una copa de oro, llena de la ira de Dios. El capítulo 16 de Apocalipsis comienza con la emanación de la orden celestial y prosigue con la ejecución de la orden celestial. Vayamos a lo primero, la emanación de la orden celestial. Apocalipsis 16:1 dice: “Oí una gran voz que decía desde el templo a los siete ángeles: Id y derramad sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios.” Juan debe haberse sorprendido con la gran voz que salía desde el templo del cielo. No se declara explícitamente de quién provenía la voz, pero seguramente provenía de Dios mismo, ya que es la ira suya la que está por derramarse sobre la tierra. La orden fue dirigida a los siete ángeles quienes tenían las siete copas repletas de la ira de Dios, que vive por los siglos de los siglos. La orden en sí mismo tiene que ver con que ha llegado la hora para que los ángeles salgan del templo y derramen sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios. Luego de la emanación de la orden celestial, tenemos la ejecución de la orden celestial. En absoluta sumisión a la orden celestial, los siete ángeles ejecutan lo que se les ha solicitado. Veamos como lo hacen. Tenemos al primero. Apocalipsis 16:2 dice: “Fue el primero, y derramó su copa sobre la tierra, y vino una úlcera maligna y pestilente sobre los hombres que tenían la marca de la bestia, y que adoraban su imagen.” El derramamiento de la primera copa por parte del ángel ocasiona desorden en la salud de los seguidores del Anticristo. Intempestivamente, sus cuerpos se verán cubiertos de una úlcera maligna y pestilente. La palabra que se ha traducido como úlcera, se puede traducir también como llaga. Así es como se traduce en Lucas 16:21 cuando se habla de Lázaro a quien los perros venían y le lamían las llagas. Pero las llagas que resultan del derramamiento de la primera copa, son malignas y pestilentes. La expresión maligna y pestilente denota algo malo en extremo y algo doloroso en extremo. Si Usted ha sufrido de herpes en su cuerpo o ha hablado con personas que lo han sufrido, tendrá una leve idea de lo que la Biblia quiere decir cuando habla de llagas malignas y pestilentes. Una forma benigna de herpes son esas pequeñas pero muy dolorosas llagas que de tanto en tanto aparecen en la lengua o la parte interna de la boca. Son tan molestosas que alteran hasta el carácter de una persona. Eso es solo un pálido reflejo de las úlceras malignas y pestilentes que sufrirán los seguidores del Anticristo, no solo en la lengua y la parte interna de la boca, sino en todo su cuerpo. ¿Qué es lo que producirá algo tan espantoso? Bueno, ciertamente la mano de Dios castigando a la gente impía de este mundo, pero también las condiciones adversas que imperarán en la atmósfera de la tierra durante la última parte de la tribulación. Observe que este flagelo de úlceras malignas y pestilentes es solo para los seguidores del Anticristo. De una forma milagrosa, Dios protegerá a los suyos de esas terribles úlceras malignas y pestilentes. El herir con llagas a los impíos en la tierra no es nuevo para Dios. Ya lo hizo anteriormente por medio de Moisés contra los Egipcios en la sexta plaga, cuando Moisés tomó ceniza del horno y delante de Faraón esparció la ceniza hacia el cielo y hubo sarpullido que produjo úlceras tanto en los hombres como en las bestias. El Anticristo ofreció paz y bienestar a todos los que le adoren. Pero sus planes se hicieron pedazos por la intervención directa de un Dios airado. Cuidado amable oyente con dejarse engañar por los cantos de sirena del pecado. Algún día tendrá que lamentar grandemente haber prestado su oído a ese suave canto. Luego entra en acción el segundo ángel. Apocalipsis 16:3 dice: “El segundo ángel derramó su copa sobre el mar, y éste se convirtió en sangre como de muerto; y murió todo ser vivo que había en el mar.” La gente impía estará padeciendo lo indecible a causa de las úlceras malignas y pestilentes, pero eso es solo el inicio de su sufrimiento porque el segundo ángel inclinará su copa de oro sobre la tierra y derramará todo su contenido. En este caso el blanco del juicio de Dios es el mar. Al instante el otro hora mar azul se volverá en una gigantesca charca con un contenido que dista mucho de ser agua cristalina. Dice el texto que el contenido será sangre como de muerto. Esto significa sangre coagulada en estado de putrefacción. ¿Puede imaginarlo amigo oyente? Millones de metros cúbicos de una sustancia espesa de color rojo obscuro que despide un olor nauseabundo. Será algo horrendo. ¿Qué pasará con todos los seres vivos que habitan en el mar? El texto dice que murió todo ser vivo que había en el mar. Los restos en descomposición de las criaturas marinas pondrán su toque especial al aroma pestilente del mar de sangre de muerto. Hace algunos años estaba de viaje a un campamento juvenil en la costa de mi país para cumplir con un compromiso de predicación. Era la primera vez que viajaba por esa carretera. En determinado lugar, la gente en el autobús comenzó a echar mano de pañuelos, o cualquier cosa para taparse la nariz. Poco tiempo después entendí el porqué. Sucede que unos cientos de metros más adelante estaba ubicada, al borde de la carretera, una fábrica de harina de pescado. Los olores que emana el proceso requerido eran tan ofensivos que provocaban nausea a los que por allí se veían obligados a transitar. Algo así, me imagino yo, será el olor que despida esa putrefacta charca que antes era un esplendoroso mar. Mucho de la economía de los países depende del mar. Sin él no hay pesca, sin él no hay transporte marítimo, sin él no hay turismo, etc. La copa derramada del segundo ángel marcó la extinción del mar. El mundo sufrirá pérdida en todo sentido. De modo que, amable oyente, tenemos a un mundo impío herido con llagas malignas y pestilentes y un mar que ha dejado de existir como tal para pasar a ser una charca de sangre putrefacta y maloliente. Ahora le toca actuar al tercer ángel. Apocalipsis 16:4-7 dice: “El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos, y sobre las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre. Y oí al ángel de las aguas, que decía: Justo eres tú, oh Señor, el que eres y que eras, el Santo, porque has juzgado estas cosas. Por cuanto derramaron la sangre de los santos y de los profetas, también tú les has dado a beber sangre; pues lo merecen. También oí a otro, que desde el altar decía: Ciertamente, Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos.” El juicio que se abatió sobre la tierra cuando el segundo ángel derramó su copa transformó el mar en sangre de muerto. El juicio que se abate sobre la tierra cuando el tercer ángel derrama su copa transforma el agua dulce del planeta en roja sangre. A partir de este instante no existirá agua dulce para satisfacer las necesidades de los súbditos del Anticristo. La gente que descienda al río para obtener agua traerá sangre. La gente que cabe un pozo para obtener agua sacará sangre. Sangre será lo que fluya por las cañerías por donde antes fluía el agua potable. Pobre gente amable oyente. Padeciendo úlceras malignas y pestilentes, un mar lleno de sangre como de muerto y sin agua dulce para el aseo o la sed. Pero ¿Por qué transformar el agua dulce en sangre y no en cualquier otra cosa? La razón es sencilla mi amiga, mi amigo. Se debe a que Dios es justo. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Él es Santo. En su incredulidad, los habitantes de la tierra martirizaron a los justos, desde Abel, el primer mártir hasta el último mártir durante la tribulación. Derramaron tanta sangre que ahora, como castigo, Dios les está haciendo beber la sangre que derramaron. El ángel dijo que eso es lo que merecen sus malas obras. También es la forma de ejecutar venganza sobre los que causaron tanto daño a los mártires de la tribulación. Usted recordará que las almas de los mártires de la tribulación clamaban a Dios por venganza desde el altar del templo celestial. La hora de la venganza ha llegado. Haciéndoles beber sangre en lugar de agua dulce, el Señor Dios Todopoderoso está tomando venganza entre los moradores de la tierra por su trato inhumano a los seguidores de Cristo durante la tribulación. Con Dios no se puede jugar amigo oyente. Dios es amor y en su amor ama al pecador y le ofrece salvación, pero cuando el pecador rechaza la salvación que Dios ofrece en Cristo, no le queda otra cosa sino recibir el castigo de un Dios airado por el pecado. Si Usted quiere encontrarse con Dios en el terreno del amor, es necesario que Usted reciba a Cristo como su Salvador personal. De otra manera tendrá que encontrarse con Dios en el terreno de la ira y eso significará tormento eterno para Usted.

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