Es motivo de gran gozo saludarle amable oyente y darle la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el libro de Efesios en la serie titulada: Las Maravillas de la Gracia. En nuestro estudio bíblico anterior estudiamos la obra de Dios el Padre en la formación del Cuerpo de Cristo que es lglesia. Dios el Padre nos escogió antes de la fundación del mundo, luego, a los escogidos nos predestinó para que fuésemos hechos conforme a la imagen de su Hijo. También por amor nos adoptó como hijos adultos por medio de Jesucristo, y nos hizo aceptos delante de Él por estar en Cristo, quien es el Amado. Toda esta obra no fue por mérito de los escogidos sino por el puro afecto de su voluntad y para alabanza de la gloria de su gracia, esa maravillosa gracia que fluye a lo largo y a lo ancho de este hermoso libro de Efesios. En el estudio bíblico de hoy, vamos a considerar la obra del Hijo en la formación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. En el próximo estudio bíblico vamos a considerar la obra del Espíritu Santo en la formación del Cuerpo de Cristo que es la iglesia. Es extraordinario pensar que las tres personas de la Trinidad tuvieron parte activa en la formación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. El Padre lo planificó, el Hijo lo ejecutó y el Espíritu Santo lo aplica a cada uno de nosotros. Examinemos pues, en más detalle, la parte de la formación del Cuerpo de Cristo que corresponde al Hijo de Dios.

Qué privilegio es abrir la palabra de Dios para que Él hable directamente a nuestro corazón. Si usted también tiene una Biblia a la mano, ábrala en Efesios capítulo 1, versículos 7 a 12. En esta porción bíblica, encontramos la parte que le correspondió al Hijo de Dios en la formación de la Iglesia. Lo primero que notaremos es la maravilla de la redención. Efesios 1:7 comienza diciendo: en quien tenemos redención por su sangre,
Para saber de quien está hablando esta frase, tenemos que observar el final del versículo 6 y de allí podemos concluir que se trata del Amado, con A mayúscula, quien no es otro sino el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Es en él en quien tenemos redención por su sangre. La palabra redención proviene del verbo redimir, que en este caso significa comprar y dejar en libertad mediante el pago del precio acordado. Este verbo se utilizaba mucho en el negocio de compra y venta de esclavos en el imperio romano en el primer siglo. Había más de seis millones de esclavos en el imperio romano cuando Pablo escribió la carta a los Efesios. Los esclavos eran comprados y vendidos como si fueran animales. Pero había ocasiones en que gente de buen corazón compraba un esclavo, no para que siga siendo esclavo sino para dejarlo en libertad. Esto fue justamente lo que hizo el Señor Jesucristo con nosotros los creyentes. En su caso, el precio que pagó fue su propia vida. 1 Pedro 1:18-19 dice: sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir,  la cual recibisteis de vuestros padres,  no con cosas corruptibles,  como oro o plata,
1Pe 1:19  sino con la sangre preciosa de Cristo,  como de un cordero sin mancha y sin contaminación,
Los creyentes fuimos comprados o redimidos al altísimo precio de la vida del bendito Señor Jesucristo, y de esa manera fuimos dejados en libertad de un amo terrible, llámese Satanás, o nuestra propia naturaleza pecaminosa o el mundo. Es importante considerar que en Cristo tenemos ya, ahora, la redención. El verbo está conjugado en tiempo presente. No es que tuvimos redención, tiempo pasado, ni tampoco tendremos redención, tiempo futuro, sino tenemos redención, tiempo presente. No tenemos que esperar para ser redimidos. No. ¡Somos redimidos el momento que recibimos a Cristo como Salvador! Ese mismo instante somos libres de Satanás, del pecado y del mundo. El pecado no tiene poder sobre alguien que tiene redención por la sangre de Cristo. En segundo lugar, tenemos la magnificencia del perdón. La segunda parte de Efesios 1:7 dice: el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,
La palabra griega que se ha traducido como perdón en este texto, literalmente significa: Enviar lejos. Esto hace alusión al ritual judío en el día de Expiación, cuando el sumo sacerdote enviaba un macho cabrío al desierto. Levítico 16 nos narra este evento. Primero, el sumo sacerdote degollaba a uno de los dos machos cabríos y rociaba con su sangre el propiciatorio, para que el hombre pecador pueda encontrarse con Dios quien es santo. Luego, confesaba los pecados de Israel sobre el macho cabrío vivo y llamaba a un criado del templo quien llevaba a este macho cabrío vivo al desierto, a un lugar tan apartado que el macho cabrío no tenía ninguna posibilidad de retornar al templo. Esto es un hermoso cuadro de lo que hizo Cristo al morir por nuestros pecados. Cristo, por decirlo así, llevó nuestros pecados tan lejos que desde un punto de vista práctico, están olvidados y todo esto, según las riquezas de su gracia, o conforme a la grandiosidad de su gracia. ¿Se ha preguntado alguna vez, cuán grande es la gracia de Dios? Quizá la mejor respuesta sería aquella que afirma que es tan grande que no hay pecado que el hombre pueda cometer que no pueda ser perdonado. Así que, amable oyente, Dios le ha perdonado, o le quiere perdonar si todavía usted no es creyente, sin importar cuan bajo o vil haya sido su pecado. Todo esto se hace realidad simplemente por la riqueza de la gracia de Dios. En tercer lugar, tenemos la minuciosidad de la revelación. Efesios 1:8-10 dice: que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia,
Eph 1:9  dándonos a conocer el misterio de su voluntad,  según su beneplácito,  el cual se había propuesto en si mismo,
Eph 1:10  de reunir todas las cosas en Cristo,  en la dispensación del cumplimiento de los tiempos,  así las que están en los cielos,  como las que están en la tierra.
Las riquezas de la gracia de Dios, no sólo nos trajo perdón eterno de pecado, sino también hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia. Esto es capacidad espiritual para discernir cosas espirituales. Así se hizo posible que nos dé a conocer el misterio de su voluntad. La palabra misterio no es misteriosa. Simplemente significa un secreto escondido en la mente de Dios y que en algún momento es dado a conocer al hombre. Nosotros, quienes estamos en Cristo, somos las personas de confianza de Dios, a quienes Dios ha compartido algo que había sido un secreto. Esto no fue mérito de los creyentes sino según su beneplácito, algo que Él se había propuesto en sí mismo como Dios soberano. La voluntad de Dios es de reunir todas las cosas en Cristo. Esto ocurrirá en la dispensación del cumplimiento de los tiempos. Esto significa cuando todos los propósitos de Dios se hayan cumplido. En ese momento, todo girará alrededor de Cristo, tanto las cosas que están en los cielos, como las que están en la tierra. En cuarto y último lugar notamos la majestuosidad de la herencia. Efesios 1:11-12 dice: En él asimismo tuvimos herencia,  habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,
Eph 1:12  a fin de que seamos para alabanza de su gloria,  nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.
La frase: En él asimismo tuvimos herencia, puede traducirse también como en él asimismo fuimos hechos herencia. Ambas ideas son correctas. En Cristo tenemos una singular herencia. 1 Pedro 1:3-4 dice: Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,  que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva,  por la resurrección de Jesucristo de los muertos,
1Pe 1:4  para una herencia incorruptible,  incontaminada e inmarcesible,  reservada en los cielos para vosotros,
Pero además de esto, nosotros somos la herencia de Cristo. Somos algo valioso para él. Cada uno de los que somos salvos, somos como joyas para Jesucristo, para que por los siglos de los siglos sea alabada su gloria, manifestada en el acto supremo de amor cuando pagó con su vida el precio requerido para liberarnos. Es tan reconfortante saber que los creyentes tenemos redención en Cristo. Tenemos perdón, tenemos sabiduría e inteligencia para entender su misterio y tenemos herencia. Si todavía no ha recibido a Cristo como su Salvador, ¿no le gustaría entrar a formar parte de este privilegiado grupo de personas? Si su respuesta es afirmativa, solamente tiene que reconocer que es un pecador, tiene que reconocer que está en peligro de recibir condenación eterna a causa de su pecado, tiene que reconocer que Cristo murió en lugar suyo para recibir el castigo por el pecado que usted merece y una vez que haya reconocido esto, es necesario que tome la decisión libre y voluntaria de recibir a Cristo como su único y suficiente Salvador. Así estará en Cristo y tendrá redención, perdón de pecados, sabiduría e inteligencia para conocer el misterio de y una cuantiosa herencia espiritual. Que el Señor le guíe a tomar esta decisión importante.

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