Saludos cordiales mi amiga, mi amigo. Es un gusto saber que Usted está en nuestra sintonía. Bienvenida, o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el libro de Apocalipsis y hoy continuaremos analizando la experiencia del apóstol Juan cuando fue llamado al cielo por Jesucristo.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en el libro de Apocalipsis, capítulo 4 a partir del versículo 4. Como antecedente, debemos recordar que estamos estudiando la tercera parte del libro de Apocalipsis, la cual describe las cosas que sucederán una vez que la iglesia sea sacada de la tierra en lo que se conoce como el arrebatamiento. Juan contempló una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz como de trompeta, era la voz de Jesucristo invitándole a subir al cielo para mostrarle las cosas que sucederán después del período de la iglesia. Al instante, Juan se encontró en el cielo, en el Espíritu y lo primero que vio fue un trono. Esto no se refiere a un mueble donde se sienta una persona importante sino a un símbolo de gobierno y autoridad soberana. En el trono estaba sentado uno cuyo aspecto era semejante a piedra de jaspe y de cornalina. Juan no vio a nadie con rasgos humanos en ese trono, solamente un brillo comparable al de joyas preciosas, jaspe y cornalina. Quien estaba sentado en el trono es Dios. Juan estaba contemplando la gloria de Dios. Alrededor del trono había un halo maravilloso como un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda. Todo esto consideramos en nuestro estudio bíblico último. En esta ocasión, Juan prosigue describiendo su maravillosa experiencia en el cielo. Vio tronos además del trono ya descrito. Apocalipsis 4:4 dice: “Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas.” Alrededor del trono de Dios había veinticuatro tronos. En cada uno de estos tronos se sentaba un anciano. Anciano, más que edad avanzada nos habla de dignidad. El estar sentados sobre tronos alrededor de Dios significa que estos ancianos también están reinando juntamente con Dios. Sus vestiduras blancas simbolizan la justicia que alcanzaron al haber confiado en Cristo como Salvador. Sus coronas de oro simbolizan la recompensa por sus obras justas. Los veinticuatro ancianos no pueden representar a otros sino a los redimidos por Dios. La gran pregunta es: ¿A qué redimidos? Bueno, no puede ser Israel, porque a estas alturas de los eventos futuros, la nación de Israel todavía no habrá sido salvada ni glorificada ni coronada. Mas adelante, en nuestro estudio, se hará evidente que la resurrección y glorificación de Israel acontecerá al final del período de la tribulación. Tampoco pueden ser los redimidos del período de la tribulación, porque la tribulación recién estará por iniciarse. El único grupo de redimidos glorificados y coronados a esta altura de los acontecimientos de los eventos futuros es la iglesia. Por tanto, concluimos que estos veinticuatro ancianos representan a la iglesia en su estado de glorificación en el cielo. Juan prosigue relatando lo que sus ojos estaban percibiendo en el cielo. Apocalipsis 4:5 en su primera parte dice: “Y del trono salían relámpagos y truenos y voces” Las cosas no estaban estáticas, ciertamente no. Había febril actividad que procedía de ese trono majestuoso. Juan está ante un espectáculo nunca antes visto. El zigzaguear deslumbrante de los relámpagos se mezclaba con ensordecedores truenos y voces fenomenales. Era como para amedrentar a cualquiera. ¿Qué significa esto? Bueno, nos lleva a pensar en la ocasión cuando Dios entregó las tablas de la ley a Moisés en el monte Sinaí. El monte se iluminó con los relámpagos y tembló por los truenos y las voces retumbaban por doquier. Era un espectáculo que infundía terror. Lo que Juan estaba viendo simboliza que Dios está presto para derramar su juicio sobre la tierra sumida en incredulidad y rebeldía. Cuanta razón tiene la Biblia al afirmar que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Además de tronos y ese espectáculo de luces y sonido, Juan contempló algo por demás interesante. Apocalipsis 4:5 en su segunda parte dice: “y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios” Estas siete lámparas de fuego ardiendo delante del trono de Dios son símbolo del Espíritu Santo en su plenitud para llevar a cabo la voluntad de Dios en su juicio sobre la tierra. Por eso se encuentra delante del trono de Dios, listo para entrar en acción. Veamos qué más nos dice Juan. Apocalipsis 4:6 en su primera parte dice: “Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal” Hasta este momento, Juan no nos ha dicho sobre qué se sostenía el trono de Dios. Ahora lo sabemos. Estaba sobre un mar de vidrio semejante al cristal. Por lo que dice Apocalipsis 21:1 sabemos que en el cielo no existe mar, en los términos que nosotros conocemos los mares, entonces lo que Juan estaba viendo debe haber sido algo transparente, duro como el vidrio que se extendía delante del trono. Algo semejante vieron Moisés, Aarón, Nadab y Abiu. Exodo 24:10 dice: “y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno” Qué hermoso espectáculo. Es la gloria que rodea al trono de Dios en el cielo. Para hacer más espectacular la maravilla del cielo, Juan nos describe un elemento más. Se trata de varios seres vivientes. Apocalipsis 4: desde la segunda parte del versículo 6 hasta la primera parte del versículo 8 dice así: “ y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenia rostro como de hombre; el cuarto era semejante a un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos” Es difícil hacerse una idea de cómo lucían estos seres vivientes. El hecho de estar llenos de ojos delante, detrás, alrededor y por dentro nos hace pensar en que nada escapa de su escrutadora mirada. Estos seres vivientes no son omniscientes, porque solo Dios tiene este atributo, pero ciertamente están al tanto de todo lo que sucede alrededor del trono de Dios. Pero, ¿quiénes son estos seres vivientes? Una comparación de estos seres vivientes con lo que tanto Ezequiel como Isaías vieron en visión, nos ayuda a identificar a estos seres vivientes. Se trata de querubines, quienes son una orden angelical que se ocupa de guardar la santidad de Dios. Su presencia alrededor del trono de Dios garantiza la absoluta santidad del cielo. Pero note que cada ser viviente tenía su particularidad. El primero era semejante a un león. Esto denota poder y fortaleza. El segundo era semejante a un becerro. Esto denota servicio en humildad. Los querubines están para servicio de Dios. El tercero tenía rostro como de hombre. Esto denota que son seres vivientes racionales con intelecto, emociones y voluntad, al igual que el hombre. El cuarto era semejante a un águila volando. Esto denota agilidad para cumplir con la voluntad de Dios. Cada uno de estos seres vivientes tenía seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos. Redondeando todo esto, diríamos que el trono de Dios estaba rodeado de querubines capaces de examinar minuciosamente lo que estaba pasando, cuyo propósito era guardar la santidad en el cielo. Estos querubines eran fuertes y vigorosos como el león, dedicados exclusivamente a servir en humildad como un becerro, capaces de pensar, de sentir y de actuar con voluntad propia, como el hombre y siempre listos a actuar con rapidez en obediencia a la voluntad de Dios. Hermoso ¿no le parece? En nuestro estudio bíblico próximo veremos qué es lo que tanto los veinticuatro ancianos como estos cuatro seres vivientes estaban haciendo en el cielo. Terminando por ahora, qué grandioso es saber que nosotros, la iglesia, tenemos un lugar reservado en el cielo, desde donde estaremos reinando juntamente con Dios y con su Hijo Jesucristo. ¿Tiene Usted su lugar reservado en el cielo? Si no lo tiene y desea tenerlo, Usted necesita recibir a Cristo como su Salvador. Es el único requisito para poder estar algún día en el cielo. Si no lo ha hecho ya, hágalo hoy mismo.

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