Otro gigante que amenaza con quitarnos el gozo de disfrutar nuestra vida cristiana se llama culpa. A menudo, a pesar de que sabemos que hemos sido perdonados, no nos sentimos perdonados y no sabemos qué hacer al respecto. El gigante llamado culpa nos tiene encadenados y caminamos por la vida cristiana arrastrando unas gruesas cadenas de culpa. Un creyente genuino vive lamentado las malas acciones que cometió antes de ser creyente. La culpa es como un fantasma que le persigue sin cesar.

Intentamos de diversas maneras liberarnos del dominio del gigante de la culpa, pero parece que fuera más fuerte que nosotros, porque por más que lo tratamos, no lo logramos.

Todos los ancianos, pastores, consejeros, se ven forzados a tratar con este problema en las iglesias. Si el gigante llamado culpa desapareciera de la vida de los creyentes, el trabajo de los ancianos, pastores y consejeros se reduciría a menos de la mitad.

La culpa es un gigante muy real, invade el corazón y cuando logra asentar allí sus dominios arruina todo lo que está a su lado. Ahora bien, la culpa tiene también su lado positivo, porque nos puede motivar a dos cosas. En primer lugar, a reconocer lo pecadores condenados que éramos antes de conocer a Cristo como nuestro Salvador y en segundo lugar, a reconocer las faltas que hemos cometido aun siendo ya creyentes, siempre y cuando nuestras conciencias no se hallen cauterizadas al punto que no nos sentimos culpables cuando hacemos cosas cuestionables. En cuanto a lo primero, si un incrédulo no admite culpa, nunca podrá recibir a Cristo como Salvador.

La salvación, amable oyente, es para los que genuinamente reconocen su vida de pecado y se sienten culpables por ello. 1 Juan 2 verso 2 dice: Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

El incrédulo que no se siente culpable, que piensa que no hay problema con todo lo malo que ha hecho, en realidad no necesita de un Salvador, no porque no le haga falta, sino porque no está consciente de que le hace falta un Salvador. Esta persona seguirá así y terminará en condenación eterna. Santiago 3:2 dice: Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo.

Es increíble como razona el incrédulo para hacer desaparecer el sentimiento de culpa en su vida. Normalmente echa la culpa a otra persona o a alguna circunstancia. Su frase preferida es: “No es mi culpa”, y luego se dedica a buscar un culpable, fuera de él mismo. “Que el hogar donde me crié, que, si las cosas hubieran sido diferentes, que la pobreza, que la riqueza, que mi apariencia física, que mi falta de educación, que la falta de amor de mis padres”, y tantas otras cosas más.

¡Qué diferencia haría en un incrédulo reconocer que se siente culpable a causa de su pecado! Sólo así podría acudir a quien tiene el poder y la voluntad para librarlo de la culpa por el pecado. Efesios 1:7, hablando del Señor Jesucristo dice: en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.

La culpa, por decirlo así, muestra el camino hacia la salvación en el incrédulo. Pero al hablar de la culpa como un gigante, no nos estamos refiriendo a esta faceta de la culpa, sino más bien a ese sentimiento de culpa por cosas que sucedieron en nuestra vida antes de ser creyentes o por cosas impropias que hemos hecho siendo ya creyentes y que ya han sido confesadas al Señor e inclusive nos hemos apartado de ellas. Esta actitud es lo que podríamos llamar un complejo de culpa y ciertamente causa mucho malestar y sufrimiento al punto de anularnos en nuestra vida cristiana.

Un creyente que ha sido atacado por este gigante siente que su culpa merece castigo, y en eso tiene la razón, toda culpa merece ciertamente un castigo. Pero ese castigo en el caso del creyente, ya lo recibió nuestro Salvador y por tanto nosotros no tenemos que recibir ningún castigo. Es probable que seamos disciplinados por cosas que hicimos mal, pero eso es otra cosa. Las consecuencias de nuestro pecado no deben ser consideradas como castigo por nuestros pecados sino como una manera de buscar restauración. Sin embargo, los creyentes que son víctimas del gigante de la culpa piensa que, si reciben castigo, eso será la manera como purgarán sus faltas por ellos mismos y entonces se sentirán más espirituales. Este razonamiento es contrario a las Escrituras, es como despreciar el sacrificio de Cristo, quien, según lo que dice Hebreos 10:14 con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Para muchos parece ser más fácil aceptar el castigo por la culpa que aceptar el perdón en Cristo y vivir libres y gozosos.

Romanos 5:1 dice: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. El ser justificados o el ser declarados justos por Dios, que es lo mismo, no es el resultado de haber recibido el castigo por nuestra culpa, sino el resultado de haber confiado en Cristo como nuestro Salvador. Esto es un hecho, sea que los creyentes dominados por el gigante de la culpa lo reconozcan o no. Los sentimientos nada tienen que ver con este hecho. Es cuestión de creerlo y aceptarlo, sin importar como nos sentimos.

Santiago 1 versículo 17 dice: Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. El verdadero problema de los creyentes que se han dejado dominar por el gigante de la culpa es que no están seguros de que Cristo es todo suficiente para librarles del sentimiento de culpa. Tienen un Dios demasiado pequeño. Como dice J. B. Phillips, saben que Cristo murió por sus pecados y le han recibido como Salvador, pero no están seguros que Él ya fue castigado por todo el pecado cometido por el creyente. Piensan que en algo ayudaría a Dios si ellos sufren también un poquito por sus propias culpas. Esto es horrendo, amable oyente. No hay pecado demasiado grande o demasiado pequeño que el creyente haya cometido por el cual Cristo no haya pagado con su sacrificio en la cruz.

No se puede luchar contra este gigante de la culpa sobre la base de los sentimientos. Si lo intentamos seremos derrotados vez tras vez. En lugar de ello debemos aferrarnos a lo que dice la Palabra de Dios y punto, sólo así podremos enfrentar a este gigante junto con el Salvador. ¿Quién puede salvarnos, guardarnos, darnos la paz y perdonarnos de todos nuestros pecados sino Jehová?

Ahora, antes de terminar te invito a ir conmigo al Salmos 18 verso 30. La Palabra del Señor dice: En cuanto a Dios, perfecto es su camino, Y acrisolada la palabra de Jehová; Escudo es a todos los que en él esperan. Podemos conquistar al gigante de la culpa ¡Claro que sí! La libertad verdadera está en Cristo y solamente en Él.

Te invito a que nos acompañes en nuestro próximo tiempo juntos, donde descubriremos más sobre estos gigantes que acechan nuestra vida. Que Dios te bendiga.

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