Qué grato saludarle amable oyente. Soy David Logacho, dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy en el evangelio según Juan. En esta oportunidad vamos a considerar lo que Juan nos relata en cuanto a la crucifixión del Señor Jesús.

Le invito a abrir la Biblia en Juan 19 a partir del versículo 17. Una vez que los líderes judíos y el pueblo azuzado por ellos, lograron que Poncio Pilato les entregue al Señor Jesús para que sea crucificado, Juan dice en el versículo 16 que lo tomaron y lo llevaron. Había llegado el momento para que se cumpla lo que Dios el Padre había establecido antes que el mundo fuese. Es en este punto donde se inscribe el relato que estamos estudiando. Juan no abunda en detalles minuciosos de los hechos, sino que se limita a citar lo que reviste mayor importancia, partiendo de su propósito de demostrar que el Señor Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre. Tanto es así, que en cuanto a lo que la tradición llama el traslado por la vía dolorosa, Juan se limita a citar lo que leemos en el versículo 17: Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota;
Al borde mismo del colapso, el Señor Jesús salió del enlosado o Gabata, en el pretorio, y cargando su cruz se dirigió fuera de Jerusalén, a un lugar que en Hebreo se llamaba Gólgota, palabra que significa cráneo. Seguramente la fisonomía del lugar se parecía a un cráneo humano y de allí el nombre del lugar. Los evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas proveen algunos otros detalles de eventos que ocurrieron antes de la crucifixión, pero Juan es por demás escueto. Note lo que dice Juan 19:18 y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.
Así de escueto es el relato de Juan de aquel evento tan glorioso y a la vez tan cruento, sobre el cual descansa sólidamente nuestra fe para ser salvos. Se cumplió el plan de Dios a la perfección. También Juan dice que junto al Señor Jesús crucificaron con él a otros dos, uno a cada lado, y el Señor Jesús al medio. Lucas afirma que estos dos que fueron crucificados a cada lado del Señor Jesús eran malhechores. Esto no fue un accidente. Fue para que se cumpla la profecía que aparece en Isaías 53:12 donde leemos: Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores,(I) habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.
Esto es lo que sostiene sólidamente nuestra eterna salvación, amable oyente. El Señor Jesús derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos y orado por los transgresores. La ejecución de un reo por crucifixión se originó entre los persas y los fenicios, pero fueron los romanos los que la perfeccionaron. Las leyes romanas, con contadas excepciones, no permitían que un ciudadano romano sea crucificado. Esta manera de ejecución estaba reservada para los peores criminales, especialmente para los que habían promovido rebelión en el imperio. Hoy en día, pensamos en la cruz como un símbolo de gloria y victoria; pero en los días de Pilato, la cruz era un símbolo de máximo rechazo, vergüenza y sufrimiento. El Señor Jesús hizo la diferencia. Juan hace referencia también al título que se escribió sobre la cruz en la cual el Señor Jesús fue crucificado y la reacción de los líderes judíos. Juan 19:19-22 dice: Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS.
Joh 19:20  Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín.
Joh 19:21  Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos.
Joh 19:22  Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito.
En aquel tiempo se tenía la costumbre de clavar un título en la cruz, indicando el motivo por el cual el reo había sido crucificado. En el caso del Señor Jesús, Pilato escribió, o tal vez ordenó que se escriba: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. Como aquel día se celebraba la fiesta solemne de la pascua, había muchos judíos que leyeron el título. Juan afirma que el lugar donde el Señor Jesús fu crucificado estaba fuera de la ciudad, pero a la vez cerca de la ciudad. Esto concuerda con lo que dice Hebreos 13:12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.
Cuando los principales sacerdotes leyeron lo que Pilato había escrito en el título sobre la cruz el Señor Jesús, manifestaron su desacuerdo y dijeron a Pilato: No escribas: Rey de los los judíos; sino que él dijo: Soy Rey de los judíos. Hasta el último momento, los principales sacerdotes mostraron su rechazo total al Señor Jesús como Rey de los judíos y por eso querían que Pilato cambie el título para que diga: Él dijo: Soy Rey de los judíos. En otras palabras: Que el Señor Jesús no es Rey de los judíos, sino que se atribuyó ser Rey de los judíos. La respuesta de Pilato es fiel reflejo de su carácter. Lo que he escrito, he escrito. Pilato había cedido tantas veces a los deseos de los principales sacerdotes, pero esta vez no. De esa manera quedó para la eternidad que el Señor Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, el Rey de los judíos, murió crucificado, para pagar por el pecado del mundo. Juan prosigue relatando lo que hicieron los soldados que guardaban el orden durante la crucifixión. Juan 19:23-24 dice: Joh 19:23  Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.
Joh 19:24  Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice:
Repartieron entre sí mis vestidos,
Y sobre mi ropa echaron suertes.(A)
Y así lo hicieron los soldados.
Los que conocen sobre la costumbre romana cuando crucificaban a un reo, afirman que se realizaba fuera de la ciudad y el Procurador romano asignaba a un centurión y al menos cuatro soldados para evitar cualquier disturbio. Los soldados romanos tenían el derecho de quedarse con cualquier objeto personal del reo. En el caso del Señor Jesús, lo único que tenía es su turbante, sus sandalias, su túnica interior, la cual era sin costura y de un solo tejido de arriba abajo, su túnica exterior y el cinto. De modo que entre los cuatro soldados se dividieron las cuatro primeras cosas y sobre la última, la túnica que era sin costura, echaron suertes, para saber quien se quedaba con ella. Como en otras ocasiones, esto no fue al azar. Los soldados no sabían lo que estaban haciendo con sus acciones, pero estaban cumpliendo con una profecía proclamada por David unos mil años antes, cuando en Salmo 22: 18 escribió:  Repartieron entre sí mis vestidos,
Y sobre mi ropa echaron suertes.
Una evidencia más de que todo lo que estaba pasando con el Señor Jesús, hasta los detalles más insignificantes, fueron no sólo conocidos por su Padre, sino determinados por su Padre. Bendito sea Dios. Él jamás puede ser tomado por sorpresa. Prosiguiendo con su relato de la crucifixión, Juan nos muestra lo que sucedió con algunas mujeres que estuvieron presentes en aquel lugar. Juan 19:25-27 dice: Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.
Joh 19:26  Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
Joh 19:27  Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
El Señor Jesús había dicho a sus discípulos lo que registra Marcos en el capítulo 14 versículo 27 donde leemos:   Todos os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas.
Conforme a estas palabras, los discípulos estaban dispersos el día que el Señor Jesús fue crucificado. Tal vez por temor o por la tristeza de ver a su maestro clavado en la cruz, todos los discípulos, con la excepción de Juan, decidieron no estar en el lugar donde el Señor Jesús estaba siendo crucificado. No así las mujeres. Juan dice que estaban junto a cruz de Jesús, María su madre, la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. Es admirable el valor de estas mujeres. No les importó el dolor profundo de ver al Señor Jesús derramando su vida en aquella cruz de vergüenza, no les importó la burla y el desprecio de la gente cuando reconocían que ellas estaban asociadas con aquel que estaba colgado en la cruz, no les importó que ellas también podrían recibir algún tipo de condena por parte de las autoridades romanas por ser cómplices de quien estaba siendo ejecutado. Nada de esto les importó. El amor al Señor Jesús fue de tal magnitud, que venciendo todo temor estuvieron al pie de la cruz. Esto debe haber sido motivo de mucho ánimo para el Señor Jesús en medio de su profundo dolor. Piense en María su madre. Mirando en vivo y en directo a Aquel que tuvo en su seno por nueve meses. Estaba experimentando la espada atravesando su alma, según lo que dice Lucas 2:35 donde leemos: (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones
A pesar de estar en el peor tormento imaginable, el Señor Jesús no miró hacia sí mismo, sino hacia otros. En este caso hacia su madre y hacia Juan, el discípulo a quien amaba. Cuando los vio, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo y a Juan: He ahí tu madre. Así es el amor del Salvador. El discípulo a quien el Señor Jesús amaba llegaría a ser como hijo adoptivo de María para cuidar de ella. En el libro de los Hechos se nos dice que María la madre del Señor Jesús era una de las personas que estaban en el aposento alto cuando descendió el Espíritu Santo sobre los que estaban presentes. Esto demuestra que tanto María como Juan, cumplieron totalmente con el Señor Jesús les dijo desde la cruz. Qué tal si por el momento nos alejamos quietamente del lugar de los hechos, para retomarlos en nuestro próximo estudio bíblico. Mientras tanto, guardemos en nuestra mente y corazón lo que estaba sucediendo en aquella cruz de vergüenza. Todo fue para que usted y yo, podamos ser libres del castigo por el pecado.