Reciba afectuosos saludo, amiga, amigo oyente. Soy David Logacho dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy en el evangelio según Juan. En esta ocasión, estudiaremos la primera parte de uno de los discursos más contundentes pronunciados por el Señor Jesús, mostrando su igualdad con Dios el Padre.

Abramos nuestras Biblias en Juan 5:19-29. Como antecedente recordemos que los judíos, esto es los principales fariseos, los escribas, y los sacerdotes, digamos el sanedrín, estaban furiosos por el hecho que el Señor Jesús sanó en un día de reposo a un hombre que había padecido una enfermedad por treinta y ocho años. Su furia se acrecentó cuando el Señor Jesús declaró: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Los judíos captaron perfectamente el significado de estas palabras del Señor Jesús y por tanto procuraban matarle, porque no sólo, según ellos, había quebrantado la ley sobre el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios. Los judíos consideraban esto como una blasfemia. ¿Qué hizo el Señor Jesús al saber lo que había en el corazón de los judíos? Pues, demostrar que lo que había dicho era absolutamente verídico. Interesante la manera como el Señor Jesús manejó las cosas. Sanó al enfermo en un día de reposo, como credencial para mostrar que es Dios. Este es el propósito principal de todos los milagros que realizó. Cuando los judíos manifestaron su total rechazo y procuraron matarlo, les proveyó de pruebas para confirmar que lo que estaba diciendo es verdad. Esto es justamente la esencia del discurso del Señor Jesús entre los versículos 19 a 47 de Juan 5. Con esto en mente, veamos los argumentos que utilizó el Señor Jesús para comprobar su igualdad con Dios. El primer argumento es por las obras que hace. Juan 5:19-21 dice: Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis.

Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.

Con estas significativas palabras, el Señor Jesús inició su grandioso discurso sobre su deidad, ante una audiencia totalmente hostil, tanto que querían matarlo. Hablando a los judíos les dijo: De cierto, de cierto os digo. Esto es una manera de decir: Lo que estoy por decirles reviste capital importancia. Mas vale que pongan mucha atención a mis palabras. Entonces viene su primer argumento para confirmar que es igual a Dios. Es por sus obras. Mírelo así: Cuando el Hijo de Dios estaba en forma humana en este mundo, voluntariamente sometió su voluntad a la voluntad de su Padre. Por eso el Señor Jesús dijo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo. En otras palabras, todo lo que hacía el Señor Jesús era la voluntad de su Padre, pero no sólo eso, sino también era lo que veía hacer a su Padre. Esto implica que todo lo que hacía el Padre, también lo hacía igualmente el Hijo, el Señor Jesús. Padre e Hijo son dos distintas personas, pero ambos tienen el mismo poder para hacer exactamente las mismas cosas. El Hijo hace lo mismo que el Padre. Esto confirma que el Señor Jesús es Dios ¡Qué maravilloso que es nuestro Señor Jesús! La relación entre el Padre y el Señor Jesús como su Hijo, es única. Es una relación de amor. Esta relación de amor se manifestaba en que el Padre mostraba a su Hijo todas las cosas que hacía. No había secreto entre ellos. El Señor Jesús anuncia inclusive que su Padre le iba a mostrar mayores obras que las que había hecho hasta ese momento. Estas obras mostradas por su Padre, que el Hijo iba a hacer más adelante, eran obras que harán maravillarse o asombrarse a los judíos. Tal vez el Señor Jesús se estaba refiriendo a levantar a los muertos, como cuando resucitó a Lázaro, o a dar vida espiritual a los muertos espiritualmente hablando. Por eso dijo: De la misma manera que el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también yo, a los que quiero doy vida. ¡Qué maravilla! No existen palabras para exaltar a nuestro glorioso Salvador, el Señor Jesús. ¿Cómo podría alguien rechazarlo? Lo que pasa es que el pecado enceguece y no permite ver la gloria del Señor Jesús. Esto es justamente lo que estaba pasando con los judíos que oían al Señor Jesús. El segundo argumento que utiliza el Señor Jesús para confirmar que es Dios, es su responsabilidad para juzgar. Juan 5:22 dice: Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo,

El Señor Jesús es Dios, no sólo por las obras que hace, sino también porque el Padre le ha confiado todo juicio. El Señor Jesús es el Supremo Juez. Su carácter es sublime para juzgar con justicia y rectitud, sin la más mínima posibilidad de equivocación. Sólo alguien como Dios puede cumplir con esta capacidad. El Señor Jesús lo cumple y por tanto es Dios. A estas alturas de su discurso, los judíos deben haber estado ardiendo de furia contra el Señor Jesús, porque estaban ciegos, espiritualmente hablando, por su pecado, para reconocer que el Señor Jesús es Dios y por tanto el Mesías o el Cristo. Pero el Señor tenía más argumentos para confirmar que es Dios. El tercer argumento, es por la honra que merece. Juan 5:23 dice: para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.

El Señor Jesús es Dios no sólo por sus obras idénticas a las que hace su Padre y por la responsabilidad de juzgar otorgada por su Padre, sino también porque merece la misma honra que merece su Padre. Eso es lo que está diciendo el Señor Jesús. Él merece la misma honra que se rinde a su Padre, de modo que el que no honra al Señor Jesús, el Hijo, tampoco honra al Padre que lo envió a este mundo. Hoy en día existen muchas sectas falsas que pasan por alto lo que dice este versículo. Según estas sectas falsas, honran al Padre, reconociéndolo como Dios, pero deshonran al Señor Jesús, el Hijo, negando que es Dios. Esto es inadmisible. Si se niega que el Señor Jesús es Dios se está negando también que el Padre es Dios. Si se confiesa que el Señor Jesús es Dios, también se está confesando que el Padre es Dios. El Hijo, el Señor Jesús, merece la misma honra que merece el Padre, porque ambos son Dios. El Señor Jesús prosigue con más argumentos para confirmar que es Dios. El cuarto argumento es porque tiene autoridad para levantar a los muertos. Juan 5:24-29 dice: De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

Joh 5:25  De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.

Joh 5:26  Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;

Joh 5:27  y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.

Joh 5:28  No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;

Joh 5:29  y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

Lo que dice el Señor Jesús es extremadamente importante. El que oye, entiende y se somete a lo que dice el Señor Jesús, y de ese modo oye, entiende y se somete a lo que dice el Padre quien le envió, tiene vida eterna. Por este motivo, no será condenado por ser pecador, sino que ha pasado del estado de muerte espiritual, al estado de vida espiritual. La vida eterna en los creyentes no es algo que van a recibir cuando mueran. Los creyentes tenemos vida eterna desde el momento que recibimos a Cristo como Salvador. La vida eterna es en realidad Cristo viviendo en mí. Pero la decisión de recibir al Señor Jesús como Salvador no tiene impacto sólo en el plano espiritual, sino también en el plano físico. Nuevamente el Señor Jesús afirma que lo que va a decir es de vital importancia. Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán, porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha concedido al Hijo, al Señor Jesús, el tener vida en sí mismo. Además, el Padre ha dado autoridad al Señor Jesús para hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. Los judíos no debían asombrarse de esto, porque en un día todavía futuro, llegará el momento cuando todos los muertos, sin importar si en vida fueron creyentes o incrédulos, van a oír la voz del Señor Jesús. Los que hicieron lo bueno, en el sentido de haber recibido al Señor Jesús, resucitarán y vivirán eternamente con cuerpos resucitados en el cielo junto a Dios, y los que hicieron lo malo, en el sentido de haber rechazado al Señor Jesús como Salvador, también resucitarán y con cuerpos resucitados serán arrojados al infierno para sufrir eterna condenación. La resurrección de los incrédulos ocurrirá al final del reino milenial de Cristo en la tierra. La resurrección de los creyentes ocurrirá en el arrebatamiento de la iglesia. Si todavía no ha recibido al Señor Jesús como su Salvador, hágalo en este mismo momento, de modo que tenga vida espiritual y cuando muera, si llega a morir, resucite físicamente y disfrute de la resurrección de vida.

 

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