Cordiales saludos amable oyente. Muchas gracias por su sintonía. Bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. El tema de estudio es el libro de Efesios en la serie titulada: Las Maravillas de la Gracia. En nuestro último estudio bíblico contemplamos absortos el profundo abismo en el sentido espiritual entre un gentil sin Cristo y un gentil redimido por Cristo. Pablo, el escritor humano del libro de Efesios, nos mostró la irreconciliable rivalidad que había entre judíos y gentiles. Esta enemistad tuvo su origen en la separación que existe entre el hombre pecador, no importa si es judío o gentil, y Dios. El hombre sin Dios es enemigo de Dios, está en guerra con Dios y lo manifiesta haciendo guerra a otros hombres. La paz entre los hombres no se logra mediante tratados de paz sino con un cambio interior en el hombre para que deje de ser enemigo de Dios. Se dice que entre el año 1500 AC hasta el año 850 DC se firmaron nada más y nada menos que 7.500 tratados de paz, entre diferentes naciones, pero ninguno de esos tratados de paz duró más de dos años. ¡Qué desilusión! Pero lo triste es que este cuadro no ha cambiado en el transcurso de los siglos. Hoy en día existen centenares de conflictos entre diversas naciones, a pesar de los denodados esfuerzos por mantener la paz. A medida que avanza el tiempo parece que la paz entre las naciones se torna más esquiva. ¿Sabe por qué? Porque la paz primero tiene que ser hallada antes que pueda ser mantenida y el hombre no ha hallado paz porque está en guerra con Dios. En la antesala de la segunda guerra mundial, el primer ministro británico viajó a Alemania para negociar la paz con Adolfo Hitler. A su regreso a Inglaterra exclamó: ¡Logramos la paz! ¡Paz con honor! Pero un año más tarde, Hitler invadió Polonia y poco tiempo después, Inglaterra declaraba la guerra a Alemania. El tratado de paz no funcionó. Así ha sido la triste historia de la humanidad. El mundo no tendrá paz a menos que el hombre tenga paz con Dios.

Alabemos al Señor por su bendita palabra. Abramos nuestras Biblias en Efesios capítulo 2 versículos 14 a 18. En este pasaje bíblico, el apóstol Pablo nos mostrará al Hacedor de la paz, la herencia de la paz y el heraldo de la paz. Vayamos a lo primero. El Hacedor de la paz. Efesios 2:4 comienza diciendo: Porque él es nuestra paz,
El pronombre él se refiere al Señor Jesucristo. Él es nuestra paz. El profeta Isaías habló de Él en su libro, capítulo 9 versículo 6 en estos términos. Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.
El Señor Jesucristo es el príncipe de paz y por tanto Él es el único que puede hacer la paz. Aparte de él, jamás podremos hablar de paz duradera. Si usted tiene a Cristo en su corazón, usted tiene todo lo que necesita para vivir en paz con Dios, con usted mismo, con su familia, con sus amigos y con todos en general. Pero si no tiene a Cristo en su corazón, no será extraño que tenga conflictos con algunas personas con quienes tiene contacto. En segundo lugar miremos la herencia de la paz. Lo que resta de Efesios 2:14 hasta el versículo 15 dice: que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,
Eph 2:15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,
Hay dos verdades en esto. La primera tiene que ver con la reconciliación de dos pueblos, judíos y gentiles y la segunda, la reconciliación de todos con Dios. En cuanto a lo primero, el Señor Jesucristo, el Hacedor de la paz reconcilió a judíos y gentiles haciendo de ellos uno. Esto es algo extraordinario, dado el alto grado de enemistad entre estos dos pueblos. Esa enemistad era como un enorme muro que los separaba. La pared intermedia de separación. Inclusive en la práctica había un muro físico que separaba a los judíos de los gentiles en el templo de Jerusalén. Según el historiador Flavio Josefo, sobre este muro se habían colocado varios avisos de peligro en los cuales se podía leer lo siguiente: No se permite el paso de gentiles más allá de este límite. Cualquiera que lo traspase será castigado con la muerte. Terrible, ¿verdad? Pero el Señor Jesucristo, el Hacedor de la paz, derribó este muro e hizo un solo pueblo de los dos. Pero el versículo 15 dice también que el Señor Jesucristo, el Hacedor de la paz abolió la ley en su carne las enemistades y la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas. Esto se refiere a que por la muerte del Señor Jesucristo no sólo se consiguió abolir la enemistad de siglos entre judíos y gentiles, sino que también se consiguió abolir la ley de Moisés. El verbo abolir significa dejar inoperante. La ley de Moisés era la piedra de toque entre judíos y gentiles, pero gracias a la obra de Cristo en la cruz, este obstáculo fue abolido o dejado inoperante. Al hablar de la ley de Moisés nos referimos a toda ella, no sólo a una parte. Esto debería ser tomado muy en cuenta por todos los que abogan por que hoy en día los creyentes debemos guardar el séptimo día como día de reposo, que debemos entregar los diezmos conforme a lo que dice la ley de Moisés, que no debemos comer alimentos que la ley de Moisés los consideraba inmundos, que los varones debemos ser circuncidados conforme al rito judío, y tantas otras cosas más por el estilo. Lo dicho no significa que la ley de Moisés era mala. No, sino que simplemente cuando el Señor Jesús murió en la cruz del Calvario, la ley de Moisés cumplió con el propósito para el cual fue dada y en consecuencia fue abolida o dejada inoperante. De esta manera se quitó de en medio lo que por siglos había sido motivo de división entre judíos y gentiles. Se había demolido la pared intermedia de separación entre judíos y gentiles. El Hacedor de la paz, mediante su muerte creó en sí mismo un nuevo hombre, el cual no era ni judío ni gentil, sino algo nuevo, algo que jamás antes había existido, llamado iglesia de Cristo o cuerpo de Cristo, donde no existe distinción entre judío y gentil. El Hacedor de la paz también reconcilió tanto al judío como al gentil con Dios, porque ambos eran enemigos de Dios. A decir verdad, por el hecho que tanto judíos como gentiles eran enemigos de Dios también eran enemigos el uno al otro. Toda enemistad se origina en la enemistad con Dios. Esto se confirma por lo que dice Efesios 2:16 donde leemos: y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.
En la cruz de Cristo se terminó la enemistad entre el pecador y Dios. Sin importar si eran judíos o gentiles, ambos eran enemigos de Dios, pero cuando Cristo murió en la cruz, también murió la enemistad de ellos con Dios y la enemistad entre ellos. ¡Qué grandioso, el Hacedor de la paz ha puesto en armonía a hombres que por siglos y siglos fueron enemigos de Dios desde que el pecado hizo su entrada en el mundo! En último término, tenemos al Heraldo de la paz. Efesios 2:17-18 dice: Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca;
Eph 2:18 porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.
Ya hemos visto que el Señor Jesús tuvo que morir en la cruz para reconciliar al pecador con Dios. ¿Cómo entonces después de esto vino y anunció las buenas nuevas de paz? Esto fue así porque el Señor Jesús, una vez muerto y sepultado, no quedó en una tumba, sino que resucitó al tercer día, ascendió al Padre y en el día que los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés formó la iglesia, que es su cuerpo y Él es la cabeza. Es en este sentido que el Hacedor de la paz, luego de darnos la herencia de la paz, se transformó en heraldo de la paz por medio de la iglesia. Las buenas nuevas de paz fueron entonces anunciadas a todos, tanto a los gentiles que estaban lejos, como a los judíos que estaban cerca, pero igualmente separados de Dios. El mensaje que se anunció fue: Vengan a Cristo, porque por él, o por medio de él, tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. El Espíritu Santo está proclamando por medio de la iglesia el glorioso mensaje del Hacedor de la paz, invitando a todos a que hallen la paz que solamente Dios puede dar en Cristo. ¿Ha aceptado ya esta invitación? Yo lo hice cuando tenía catorce años. Si todavía no ha aceptado esta invitación, ¿Por qué no la acepta este mismo instante? Si lo hace tendrá paz con Dios, paz con usted mismo y paz con otros. No espere más, este es el momento preciso. Si espera, puede ser demasiado tarde. Que Dios le bendiga.