Saludos cordiales, amigo, amiga oyente. Bienvenido al estudio bíblico de hoy. Nuestro tema de estudio a lo largo de esta serie es la primera epístola de Pedro. En esta epístola, el apóstol Pedro nos da una extraordinaria descripción de la verdadera gracia de Dios. Recuerde que gracia significa favor no merecido y no solamente nos trae la salvación que gozamos los que hemos recibido a Cristo como Salvador sino que también nos trae todo lo que hasta ahora hemos visto en este fascinante libro y mucho más. En esta ocasión, David Logacho nos mostrará otra de las cosas que resulta de la verdadera gracia de Dios.

La verdadera gracia de Dios es tan preciosa amigo oyente. Eso es justamente el tema de la primera carta de Pedro. Pedro nos dice en el capítulo 4 versículo 10 que la gracia de Dios es multiforme. Esto significa que tiene múltiples facetas, múltiples caras, como las caras de un reluciente diamante. Una de esas caras es justamente la posición que todo creyente tiene delante de Dios. Nuestro pasaje bíblico se encuentra en 1ª Pedro 2:9-10 en donde leemos lo siguiente “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios, que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” Recordemos que Pedro había estado hablando de la triste condición del incrédulo, quien tropieza en la palabra siendo desobediente a lo cual fue también destinado. Ahora Pedro, va a mostrar el contraste, al desplegar la asombrosa posición que en cambio tenemos los creyentes. Por eso el texto leído comienza diciendo “Más vosotros” ¿Más vosotros que? Pues, al contrario de tropezar en la palabra siendo desobedientes, vosotros los creyentes tenéis una posición grandiosa delante de Dios. Veamos cuál es esa posición. Primero, linaje escogido. Esto habla de nuestra estirpe. Los creyentes somos de una estirpe escogida. Quien escoge es Dios. ¿Cuando nos escogió? pues en la eternidad pasada. Efesios 1:4 dice “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él”. Mucha gente en el mundo se jacta de su linaje. Algunos pueden reconstruir su árbol genealógico y llegar hasta algún personaje de renombre del pasado. Están orgullosos de su estirpe. Cuánto más orgullosos deberíamos estar nosotros los creyentes al saber que nuestro árbol genealógico, espiritualmente hablando, se remonta a la persona de Dios, porque somos hijos de Dios y que nuestro linaje no es cualquiera sino que es un linaje escogido por Dios. Así que, cada vez que alguien intente despreciarle porque Ud. es creyente, para sus adentros esboce una sonrisa y dígase a Ud. mismo: El piensa eso, pero la verdad es que soy del linaje más fino que puede haber, del linaje escogido por Dios. Segundo, real sacerdocio. Este es un privilegio que solamente los creyentes gozamos. En el Antiguo Testamento, los reyes no podían ser sacerdotes y los sacerdotes no podían ser reyes. Pero nosotros somos reyes sacerdotes o real sacerdocio. En esto nos parecemos a nuestro Señor Jesucristo, porque él también es rey y sacerdote a la vez, según el orden de Melquisedec tal cual como aparece en Hebreos 7:1. Como un reino de sacerdotes santos, tenemos el privilegio de entrar a la misma presencia de Dios por medio de nuestro Sumo Sacerdote que es Cristo Jesús. Tercero, nación santa. Esto significa que todos los creyentes hemos sido apartados del mundo para pertenecer exclusivamente a Dios. Por eso dice la palabra de Dios en Filipenses 3:20 “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” Como ciudadanos de esta nación santa debemos obedecer las leyes de esa nación y debemos complacer al Señor de esa nación. No está por demás decir que las leyes de esa nación están en la Biblia y el Señor de esa nación es Jesucristo. Cuarto, pueblo adquirido por Dios. Esto significa que los creyentes somos comprados por Dios. Antes de ser creyentes, todos pertenecíamos a nuestro dueño Satanás, pero cuando recibimos a Cristo como Salvador, fuimos comprados por Dios al elevado precio de la vida de su amado hijo el Señor Jesucristo. ¿Cuánto vale el Hijo de Dios? Bueno, es tanto que no hay forma de cuantificarlo. Pues, eso es lo que se pagó por cada uno de nosotros. Si nos miramos a nosotros mismos, a lo mejor llegamos a la conclusión que no valemos mucho, y en realidad es así, pero la gracia de Dios es tan grande que a pesar de eso se pagó el inestimable precio del glorioso Hijo de Dios. Por ser pueblo adquirido por Dios somos doblemente de Dios. Permítame ilustrarlo con una historia que no se si es real o ficticia. Una vez un niño construyó un precioso barco de madera. Estaba tan orgulloso de él que invitaba a su casa a los niños del barrio para que lo vieran. Todos estaban de acuerdo en que era una obra de arte. Un día llovió tanto que el agua de la lluvia corría por las calles. Mientras el niño contemplaba desde su ventana el correr del agua por la calle, se le ocurrió una magnífica idea. Qué tal si probara la capacidad de navegación de su hermoso barco de madera. Sin pensarlo dos veces tomó el barco y lo puso en el agua que corría por la calle. Cuando quiso alcanza el barco fue demasiado tarde, el agua arrastró su apreciado tesoro. Se puso muy triste, pero ya no había nada que hacer. Se perdió lo que tanto gozo traía a su corazón. Algún tiempo después pasaba por una tienda de antigüedades y cuál fue su sorpresa al mirar en la vitrina a su barco de madera. Entro jadeante a la tienda y dijo al dueño, ese barco es mío yo lo hice con mis propias manos. Démelo. El dueño de la tienda con mucha paciencia le dijo, con gusto te lo daré, pero tienes que pagarme al menos lo que yo pagué por él a la persona que me lo vendió. El niño preguntó el precio. Metió la mano en los bolsillos y no tenía ni la mitad de lo que necesitaba. Rogó al dueño de la tienda que no venda a nadie el barco hasta que él consiga el dinero para comprarlo. Fue a su casa y trabajó arduamente en lo que pudo para obtener el dinero que necesitaba. Cuando obtuvo el dinero fue a la tienda. Pagó y salió con su rostro sonriente y el barco bajo el brazo. Acariciando su barco iba diciendo: Te quiero mi barquito porque eres doblemente mío. Te hice primeramente y luego te compré. Lo mismo puede decir Dios de nosotros. El nos hizo y luego nos compró. Por eso somos pueblo adquirido por Dios. Pero ¿qué hacemos sabiendo que somos todo esto ante Dios? Pues no es solamente para que nos sintamos bien. Es para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Esto significa que cada creyente es el mensaje viviente de lo que Dios puede hacer en el pecador. El incrédulo no puede ver a Dios. Lo único que el incrédulo ve de Dios es lo que los hijos de Dios manifestamos de Dios. ¿Qué es lo que Ud. que es creyente está manifestando de Dios? ¿Pueden los incrédulos ver en Ud. algunos de los atributos de Dios? Estas son preguntas trascendentes amigo oyente. La gracia de Dios se ha manifestado en nosotros de tal manera que nos ha dado una posición de excelencia delante de Dios y esto con el propósito de que manifestemos al mundo entero cuan excelente es nuestro Dios, que nos sacó de las tinieblas del pecado para ponernos en medio de la luz admirable. El apóstol Pedro concluye este pasaje haciendo una referencia a un pasaje del Antiguo Testamento, que se encuentra en el libro de Oseas. Por medio de una historia real que Oseas vivió, Dios enseño a Israel que por su infidelidad había sido puesto a un lado por Dios. Pero algún día Dios va a tratar nuevamente con Israel, entonces los que en otro tiempo no eran pueblo llegarán a ser pueblo de Dios y los que en otro tiempo no habían alcanzado misericordia, llegarán a alcanzar misericordia. Terminando ya, hemos visto cuan grandioso es ser un creyente, porque recibimos una posición de excelencia delante de Dios. Si Ud. amigo oyente todavía no ha recibido a Cristo como Salvador, yo le invito a hacerlo hoy mismo para que así, Ud. también llegue a ser parte del linaje escogido, del real sacerdocio, de la nación santa y del pueblo adquirido por Dios.