Es un placer estar nuevamente junto a Usted para proseguir con los estudios bíblicos en la serie titulada La Vida Auténticamente Cristiana. En esta ocasión estaremos tratando el tema del temor. En instantes más estará con nosotros David Logacho para guiarnos en este interesante tópico.

La época en la cual por la voluntad de Dios nos ha tocado vivir está llena de motivos que pueden producir temor. Que los atentados terroristas, que el ántrax, que las guerras con armas biológicas, que las enfermedades incurables, que la situación moral del mundo, que la economía, etc., etc. La lista podría ser tan larga como queramos. Pero en medio de esta marea de motivos para temer, se levanta la poderosa voz de Cristo Jesús diciendo: No temáis. La vida auténticamente cristiana se caracteriza por la ausencia del temor. Pero antes de proseguir, debemos entender bien qué es el temor. Según el diccionario, temor es la pasión del ánimo que hace huir o rehusar las cosas que se considera dañosas, arriesgadas o peligrosas. Sobre la base de esta definición, existen básicamente dos tipos de temores. Uno que es benéfico, el cual nos ayuda a preservar la vida. Es este temor el que nos hace mirar a uno y otro lado de la calle antes de cruzarla. Es este temor el que nos hace huir de una serpiente venenosa. Como hemos dicho, es un temor benéfico. Pero existe otro temor que en lugar de ser benéfico es maléfico. Es el temor a cosas que solo están en nuestra imaginación. Es el temor que nos impide salir de la casa porque a lo mejor nos puede atropellar un auto. Es el temor que nos impide a hablar a alguno de Cristo porque a lo mejor se va a enojar. Es el temor que echa a perder la felicidad de una esposa porque piensa que puede perder a su esposo. Es el temor a lo que puede pasar en el futuro. Es este tipo de temor el que necesitamos vencer. Este es un temor negativo, un temor que paraliza, un temor que echa a perder el gozo de en la vida cristiana, un temor que obstaculiza lo que Dios quiere para nosotros. Es un temor que no nos permite ver las cosas como son en realidad. Este tipo de temor lo padecieron los discípulos de Jesús cuando se encontraban en una barca en medio del mar agitado por la tormenta. El relato aparece en Mateo 14:22-27 donde dice: “En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo! Yo soy, no temáis!” Los discípulos conocían muy bien a Jesús. Habían andado con él, habían comido con él, habían dormido junto a él, habían aprendido de él. Sin embargo, cuando se dejaron dominar por el temor y le vieron acercarse a la barca andando sobre el mar, el miedo les hizo distorsionar la realidad. Presas del pánico, se turbaron y llegaron a una conclusión totalmente errada, pensando que Jesús era un fantasma. Así es el temor, no nos permite ver las cosas como realmente son. Pero más aún, el temor nos hace ver las cosas peor, o más grave, o más complicadas de lo que realmente son. El temor es como un lente de aumento que hace aparecer a los problemas más grandes de lo que son en la realidad. Hace poco tiempo atrás nuestra oficina en Quito fue objeto de un brutal asalto a mano armada. Luego de maltratar y amarrar a las personas que estaban en ese momento en la oficina, los asaltantes se llevaron absolutamente todo lo que tuviera algún valor. Computadoras, teléfonos, todo el equipo del estudio de grabación, vehículos, calculadoras, cámaras, dinero, en fin, todo lo de valor. Las oficinas quedaron como si hubieran sido arrasadas por un tornado. Lo único que no se llevaron fueron los muebles y los libros de la bodega y la biblioteca. Al mirar el desastre, nos invadió el temor. ¡Cómo puede ser posible! Y ahora cómo vamos a seguir produciendo el programa radial. Parecía que era el fin de La Biblia Dice… Pero casi inmediatamente, reconocimos que Dios es soberano y que Dios está en control de todo y que si eso pasó es porque Dios tiene su propósito. Dios no hace nada sin un buen motivo. Agradecimos a Dios porque nadie salió herido en el asalto, evaluamos la situación, diseñamos un plan de contingencia que permita seguir adelante con el ministerio y prácticamente, en cuestión de semanas, el Señor proveyó con generosidad para reemplazar todo lo robado con cosas absolutamente nuevas. En un sentido, los asaltantes nos hicieron un favor. Se llevaron las cosas viejas para que Dios nos dé las cosas nuevas. Así es Dios. El temor nos hizo ver las cosas como si no hubiera solución posible. Pero la realidad era que Dios estaba trabajando detrás de bastidores. No es fácil librarnos de este temor negativo. Es resultado de un proceso. Un proceso que comienza con saber que Dios nos pone en situaciones de temor para ayudarnos a confiar más en él. Eso fue lo que pasó con los discípulos en la barca en medio del mar. ¿Acaso Jesús no sabía que se iba a levantar una tormenta en el mar? Jesús sabe absolutamente todo. Sin embargo Jesús hizo que los discípulos entren a la barca y se hagan a la mar. ¿Por qué? ¿Acaso Jesús se deleita haciendo asustar a sus discípulos? Ciertamente no. Jesús diseñó y permitió todo para enseñar una gran lección a sus discípulos. La lección es que Jesús es suficiente para calmar no sólo la tormenta en el mar, sino las tormentas en la vida. Dios nos pone en situaciones de temor para ayudarnos a confiar más en él. Para vencer el temor en nuestras vidas, necesitamos también saber que el Señor nos vigila cuando estamos ante las circunstancias que producen temor. Volviendo a la historia de los discípulos en la barca en medio del mar, mientras los discípulos estaban bregando contra el mar embravecido, ¿Qué estaba haciendo Jesús? Dice el texto que Jesús subió al monte a orar aparte. Qué interesante. El texto no nos da los motivos por los cuales estaba orando Jesús, pero me atrevo a pensar que estaba orando por ese puñado de discípulos que llenos de temor se aferraban precariamente a esa barca. La lección es que en los momentos de temor, nunca estamos solos. Jesús está en nosotros, con nosotros y por nosotros. Para vencer el temor también es necesario saber que Dios nos trae la paz por medio de Jesucristo. Juan 14:27 dice: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” La vida libre de temores no es el resultado de la fuerza de voluntad. Es el resultado de la presencia de Cristo Jesús en el corazón. Sin Cristo Jesús en la vida no es posible librarse del temor. Además de tener a Cristo en el corazón es necesario obedecer lo que él ha dicho en su palabra. Ponga mucha atención a lo que dice Proverbios 3:21-26 “Hijo mío, no se aparten estas cosas de tus ojos; guarda la ley y el consejo, y serán vida a tu alma, y gracia a tu cuello. Entonces andarás por tu camino confiadamente, y tu pie no tropezará. Cuando te acuestes, no tendrás temor, sino que te acostarás, y tu sueño será grato. No tendrás temor de pavor repentino, ni de la ruina de los impíos cuando viniere, porque Jehová será tu confianza, y él preservará tu pie de quedar preso.” Allí lo tiene amable oyente. La obediencia a lo que Dios dice en su palabra trae como resultado libertad del temor, una confianza para andar por el camino que Dios ha trazado, una paz y tranquilidad al dormir y una seguridad en cuanto a lo que pueda pasar en el futuro. Los temores se multiplican cuando deliberadamente desobedecemos algo que Dios ha dicho en su palabra. El hombre que anda bien con Dios no tiene nada que temer. Otro requisito para librarnos del temor es identificar en su palabra las promesas que tienen que ver con el temor y apropiarnos de ellas. Son muchas las promesas de Dios acerca del temor en su palabra. Por ejemplo aquella que se encuentra en el Salmo 34:4 donde dice: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores.” Qué hermoso. La búsqueda sincera de las cosas de Dios, trae como premio la libertad de los temores. Mientras más conocemos a Dios menos motivos para temer. Juan Knox fue un hombre que por servir a Dios desafió el poder político de su tiempo. Al morir pusieron en su lápida el siguiente texto: Aquí yacen los restos de un hombre que temió tanto a Dios que no temió a ningún hombre. Por último, para librarnos del temor es necesario vivir en amor. Observe lo que dice 1 Juan 4:18 “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.” La vida auténticamente cristiana se caracteriza por la ausencia del temor.