Es una bendición poder saludarle amable oyente y darle la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el libro de Colosenses en la serie titulada: La supremacía de Cristo. La ingratitud es el peor de los defectos, se afirma con frecuencia. Quizá haya mucho de razón en esta declaración. Pocas cosas son peores que la ingratitud. En el Evangelio de Lucas existe un relato que al hablar de ingratitud siempre viene a mi mente. Se encuentra en el capítulo 17 versículos 11 a 19. La Biblia dice: Yendo Jesús a Jerusalén,  pasaba entre Samaria y Galilea.
Luk 17:12  Y al entrar en una aldea,  le salieron al encuentro diez hombres leprosos,  los cuales se pararon de lejos
Luk 17:13  y alzaron la voz,  diciendo:  ¡Jesús,  Maestro,  ten misericordia de nosotros!
Luk 17:14  Cuando él los vio,  les dijo:  Id,  mostraos a los sacerdotes.  Y aconteció que mientras iban,  fueron limpiados.
Luk 17:15  Entonces uno de ellos,  viendo que había sido sanado,  volvió,  glorificando a Dios a gran voz,
Luk 17:16  y se postró rostro en tierra a sus pies,  dándole gracias;  y éste era samaritano.
Luk 17:17  Respondiendo Jesús,  dijo:  ¿No son diez los que fueron limpiados?  Y los nueve,  ¿dónde están?
Luk 17:18  ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?
Luk 17:19  Y le dijo: Levántate,  vete;  tu fe te ha salvado.
Qué impactante ¿verdad? De diez que fueron milagrosamente curados de su lepra por Jesús, sólo uno tuvo un corazón agradecido. Poniéndolo en porcentaje, el 90% fueron ingratos, sólo el 10% agradecidos. Nosotros los creyentes hemos sido curados por Dios de una enfermedad mucho más grave que la lepra. Nuestra enfermedad se llama pecado. Deberíamos ser las personas más agradecidas de todo el universo, pero desafortunadamente no es así. Probablemente un 90% o más por ciento de los creyentes son ingratos o desagradecidos. Cuan importante es estar entre la minoría de los que tienen un corazón agradecido. Un espíritu de agradecimiento a Dios por la salvación es un síntoma de madurez espiritual. Cuando oramos, ¿Tenemos la costumbre de agradecer a Dios por ser salvos en Cristo? O solamente leemos la lista de pedidos de oración a Dios y nos levantamos como quien ordena a un dependiente en un almacén. El ser agradecidos era tan importante para la vida de los Colosenses, que Pablo oró para que tengan una actitud de agradecimiento a Dios. Veamos pues detalles de esto.

Le invito a abrir su Biblia en la carta del apóstol Pablo a los Colosenses, capítulo 1 versículos 12 a 14. Las dos primeras palabras del versículo 12 ya fueron explicadas en nuestro estudio bíblico anterior. Recordemos que estamos en medio de la oración de Pablo por los Colosenses. Pablo hizo un solo pedido a Dios por ellos. Que sean llenos del conocimiento de la voluntad de Dios. Un creyente que está lleno del conocimiento de la voluntad de Dios andará como es digno del Señor y tendrá toda paciencia y longanimidad con gozo. Además de esto, tendrá una actitud de agradecimiento. Colosenses 1:12 a continuación dice: dando gracias al Padre
El creyente no debe vivir sin agradecer al Padre, no sólo por las bendiciones materiales sino mucho más por las bendiciones espirituales. Pablo oraba a Dios para que los creyentes de Colosas no sean desagradecidos con el Padre. La pregunta lógica sería: ¿Cuáles son los motivos para que los creyentes de Colosas, y también nosotros, estemos tan agradecidos del Padre? En los versículos 12 a 14 de Colosenses 1 tenemos cuatro motivos poderosos para agradecer al Padres por siempre. Primero: Por capacitarnos para aprovechar del cielo. Colosenses 1:12 continúan diciendo: que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;
Dios nos ha hecho aptos o capaces o adecuados para participar de nuestra herencia celestial, la bendita esperanza de todos los santos, la morada eterna en luz, el cielo. ¿Cómo se sentiría usted si fuera ciego y alguien le regalara un cuadro de algún pintor famoso? No podría aprovechar en absoluto ese regalo porque sencillamente no está en capacidad de disfrutarlo a causa de su ceguera. Es como darle un aro a alguien que no tiene dedos o como darle un bistec a alguien que no tiene dentadura. Lo mismo pasaría si Dios nos diera el cielo y no nos capacitara para disfrutarlo. Pero todo lo contrario, Dios nos ha hecho aptos para gozar de nuestra herencia celestial. Nos ha revestido de una naturaleza celestial acorde con el carácter celestial de nuestra herencia celestial. Notemos la conjugación del verbo hacer. Está en tiempo pasado. Esto significa que cuando  recibimos a Cristo como nuestro Salvador, ya recibimos la naturaleza celestial para participar de nuestra herencia celestial de los santos en luz. El segundo motivo para estar siempre agradecidos del Padres es porque nos ha librado del poder del pecado. Colosenses 1:13 en su primera parte dice: el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas,
Antes de recibir a Cristo como Salvador, éramos esclavos de las tinieblas del pecado. Satanás nos tenía maniatados, imposibilitados de poder agradar a Dios. Pero cuando por la fe venimos a Cristo, Dios nos libró de las garras de Satanás y del pecado y ahora somos libres para agradar a Dios tanto como queramos. El tercer motivo por el cual los creyentes siempre deberíamos estar agradecidos del Padre es porque él nos ha traslado al reino de Cristo. Colosenses 1:13 continúa diciendo: y trasladado al reino de su amado Hijo,
La palabra trasladar describe la deportación de un pueblo de su propio país a un país diferente. Jesucristo no sólo nos libró de la esclavitud de Satanás y del pecado, sino que también nos ha deportado de un país que tanto daño nos ha causado a un país de bendición eterna. Los creyentes por tanto ya no pertenecemos al reino de Satanás sino al reino de su Amado Hijo. La experiencia de Israel en el Antiguo Testamento es una buena ilustración de lo que ha hecho Dios con nosotros. Dios libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto, pero no les dejó a la deriva. Les condujo, les trasladó, les deportó a la tierra prometida, la tierra que fluye leche y miel. Dios nos ha sacado de un mundo de tinieblas y nos ha colocado en un mundo de luz y de amor, el reino de su amado Hijo. El cuarto y último motivo para estar siempre agradecido de Dios es porque él, en Cristo nos ha redimido y perdonado. Colosenses 1:14 dice: en quien tenemos redención por su sangre,  el perdón de pecados.
La palabra redención significa: Dejar en libertad a un rehén mediante el pago de un rescate. Pablo no está sugiriendo que Cristo pagó un rescate a Satanás para poder liberarnos de la esclavitud de las tinieblas, sino que por su muerte y su resurrección, Cristo satisfizo las santas y justas demandas de la ley de Dios. Satanás busca acusarnos y esclavizarnos porque él sabe que somos culpables de quebrantar la ley de Dios, pero el rescate ya ha sido pagado por Cristo en la cruz del Calvario y por medio de la fe en su obra hemos sido dejados en libertad. Además de redención el texto habla de perdón. La palabra griega que se ha traducido como perdón, significa: Enviar lejos o cancelar una deuda. Cristo no solamente nos ha librado del reino de las tinieblas mediante el pago un rescate sino que también ha cancelado toda nuestra deuda con Dios, de tal manera que no hay razón alguna para que nuevamente seamos puestos bajo la esclavitud de las tinieblas. Cuando un acusado ante una corte es hallado inocente, su caso queda cerrado. Nuestro caso también ha quedado cerrado. Hemos sido perdonados. Satanás no puede encontrar nada en nosotros por lo cual acusarnos. Notemos que el texto dice que en Cristo el creyente tiene el perdón de pecados. No dice sólo el perdón de los pecados cometidos antes de recibir a Cristo ni tampoco el perdón sólo de los pecados cometidos después de recibir a Cristo. Dice simplemente tenemos el perdón de pecados. Esto significa que en Cristo el creyente tiene el perdón de todos sus pecados, tanto de los que cometió antes de recibir a Cristo, como de los que cometerá después de recibir a Cristo. Satanás no tiene por donde agarrar a un creyente para hacerle culpable. Como vemos, amable oyente, los creyentes tenemos motivos más que suficientes para vivir agradecidos del Padre. No seamos como los nueve leprosos que recibieron sanidad pero jamás agradecieron por ello. Seamos como único leproso que fue sanado y regresó a agradecer a Jesús. Agradezcámosle por habernos hecho aptos para participar de la herencia de los santos en luz. Agradezcámosle por habernos trasladado al reino de su amado Hijo y agradezcámosle por habernos rescatado y perdonado por todos nuestros pecados.