Reciba cordiales saludos amable oyente. Soy David Logacho dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy en el evangelio según Juan. En el pasaje bíblico que nos corresponde estudiar el día de hoy, veremos que la persona del Señor Jesús hace la diferencia entre la vida eterna y la muerte eterna.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Juan 8:21-30. Como antecedente, el Señor Jesús estaba en uno de los atrios del templo de Jerusalén, enseñando a la multitud. La mayoría de los que le oían estaban en contra de él, especialmente los principales sacerdotes, los fariseos y los escribas, pero había algunos, tal vez muy pocos, que tenían un corazón dispuesto a recibir el mensaje del Señor Jesús. En nuestro último estudio bíblico, vimos al Señor Jesús declarando que él es la luz del mundo, de modo que el que le sigue, en el sentido de recibirle como Salvador, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida, es decir, vida eterna. Esta contundente afirmación del Señor Jesús agitó los ánimos de los incrédulos fariseos, quienes demandaron que el testimonio del Señor Jesús sea apoyado por al menos otro testigo, para que en la boca de dos o tres testigos conste toda palabra. El Señor Jesús les dijo que él no necesita de algún ser humano que confirme su testimonio, porque él es Dios y Dios no puede mentir. Sin embargo, si los fariseos demandaban otro testigo, el Padre es quien testifica a favor de su Hijo, el Señor Jesús. Los fariseos pensaban que el Señor Jesús se estaba refiriendo a su padre biológico y por eso le preguntaron: ¿Dónde está tu padre? Esto motivó al Señor Jesús a poner su dedo sobre la llaga. Dirigiéndose a los fariseos les dijo: Ni a mí me conocéis, ni a mi Padre; si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais. Conocer al Hijo es lo mismo que conocer al Padre, ignorar al Hijo es lo mismo que ignorar al Padre. Los fariseos comprendieron muy bien que al hacer esta declaración el Señor Jesús estaba dando a entender que es igual al Padre y por eso se indignaron en extremo y lo que más quería es arrestarle, pero nadie le prendió porque aún no había llegado su hora. A pesar del ambiente cargado de hostilidad, el Señor Jesús no cerró su boca sino que prosiguió con su mensaje. Con esto en mente permítame leer el texto en Juan 8:21. La Biblia dice: Otra vez les dijo Jesús: Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir.
A pesar de todas las pruebas que confirmaban que el Señor Jesús es el Cristo, el Mesías de Israel, los fariseos, por su incredulidad, se negaban a reconocerlo y lo único que querían era buscaban era prenderlo. La incredulidad de estos fariseos les conducirá a una eterna separación de Dios. Una vez más el Señor Jesús anuncia que en algún momento se iba a ir y que iba a ser buscado sin ser hallado. Un anuncio similar lo hizo antes, según Juan 7:34 donde dice: Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir.
Por su incredulidad, los fariseos habían perdido la oportunidad que habían tenido para creer en el Señor Jesús y ser salvos. Por eso el Señor Jesús les dijo que van a morir en su pecado. Es el pecado de la incredulidad. Morir en este pecado resulta en una eternidad fuera del cielo, la morada de Dios. Por eso el Señor Jesús les dijo: A donde yo estaré, esto es el cielo, vosotros no podréis venir. Aquí tenemos al Señor Jesús mostrándose como la única manera para que alguien pueda entrar al cielo. Más adelante, el Señor Jesús se mostrará como la puerta para entrar al cielo. A decir verdad, la incredulidad en la persona y obra de Cristo, es lo único que impide, no sólo a estos fariseos, sino a cualquier persona entrar al cielo. ¿Ha creído en Cristo y lo ha recibido como su Salvador, amable oyente? Si no lo ha hecho, por el momento está imposibilitado de entrar al cielo. ¿Cuál fue la reacción de los fariseos al oír estas palabras del Señor Jesús? Como siempre, no entendieron. La incredulidad les volvió ciegos a la verdad. Note lo que dice Juan 8:22 Decían entonces los judíos: ¿Acaso se matará a sí mismo, que dice: A donde yo voy, vosotros no podéis venir?
En la otra ocasión cuando el Señor Jesús dijo algo similar a lo que acababa de decir, los fariseos se preguntaban diciendo: ¿Se irá a los dispersos entre los gentiles, y enseñará a los gentiles? No olvide que los fariseos despreciaban a los gentiles. Esta vez van más allá en su ofensa al Señor Jesús. Se preguntaban si tal vez el Señor Jesús estaba pensando en suicidarse, algo horrendo para los judíos, lo cual significaría que como castigo iría al lugar de tormento en el Hades, de modo que los fariseos no podrían ir allá. Ellos se creían justos, por supuesto. Qué irónico, fueron estos fariseos quienes hoy mismo están en el lugar donde ellos pensaban que nunca irían, y eso debido a su incredulidad. En respuesta, de una manera magistral, el Señor Jesús se presenta como la única opción para no terminar recibiendo castigo eterno. Juan 8:23-24 dice: Y les dijo: Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.
Joh 8:24  Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis.
Que contraste tan profundo entre esos fariseos y el Señor Jesús. Ellos eran de abajo, mientras que el Señor Jesús es de arriba. Ellos eran del mundo, mientras que el Señor Jesús no es del mundo. Esto explica por qué estos fariseos estaban ciegos a todo lo que el Señor Jesús les decía. Mientras persistan en su incredulidad, seguirían siendo de abajo, del mundo. Si permanecen en esta condición espiritual hasta que les sobrevenga la muerte física, lo único que les espera es recibir castigo eterno. Pero existe una manera de evitarlo. La única manera es por medio de creer en el Señor Jesús y recibirlo como Salvador. Por eso el Señor Jesús les dijo: Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis. Al oír que el Señor Jesús dijo a los fariseos que deben creer en lo que el Señor Jesús dijo que es, respondieron lo que Juan recoge en la primera parte del versículo 25. Entonces le dijeron: ¿Tú quien eres? Otra manera de decir: ¿Quién te crees que eres para que creyendo lo que eres no muramos en nuestros pecados? La respuesta del Señor Jesús aparece en la segunda parte del versículo 25 y en el versículo 26. La Biblia dice: Entonces Jesús les dijo: Lo que desde el principio os he dicho.
Joh 8:26  Muchas cosas tengo que decir y juzgar de vosotros; pero el que me envió es verdadero; y yo, lo que he oído de él, esto hablo al mundo.
Prácticamente desde que comenzó su ministerio público, el Señor Jesús les dijo lo que es y lo respaldó con pruebas contundentes, pero los judíos cerraron sus ojos a esa verdad y prevalecían en su incredulidad. El Señor Jesús por tanto les dijo: Me preguntan quién soy, pues, soy lo que les he dicho desde el principio, pero no me creen. A esto añadió el Señor Jesús, que tiene mucho que decir y juzgar sobre esos fariseos y todo esto es verdadero, porque su Padre, quien le envió es verdadero, de modo que todo lo que habla el Señor Jesús en el mundo, también es verdadero. Los fariseos oyeron estas palabras, pero no las entendieron por su incredulidad. Note lo que dice Juan 8:27. Pero no entendieron que les hablaba del Padre.
Como los fariseos no conocían al Hijo, tampoco conocían al Padre. Ante esto, el Señor Jesús anuncia a los fariseos que va a llegar un día cuando van a conocer lo que es. Juan 8:28-29 dice: Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo.
Joh 8:29  Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.
Cuando el Señor Jesús, el Hijo del Hombre, habla de ser levantado, se está refiriendo tanto a su crucifixión como a su posterior exaltación, pasando por supuesto por su resurrección. Cuando esto suceda, entonces los fariseos conocerán que el Señor Jesús es el Yo soy, o Jehová o Dios mismo. Conocerán también que nada de lo que hacía o decía provenía de él mismo, sino de lo que le enseñó su Padre. Entre el Señor Jesús y el Padre celestial había tal unidad que el Señor Jesús podía decir: El que me envió, es decir su Padre, conmigo está. La conjugación del verbo ser denota que la acción del verbo está siempre presente. En todo instante el Padre está con el Hijo, por tanto el Señor Jesús puede decir: No me ha dejado solo el Padre. El Padre está siempre complacido con el Señor Jesús, porque el Señor Jesús hace siempre lo que al Padre le agrada. Estas palabras del Señor Jesús, seguramente endurecieron aún más los corazones de algunas personas, pero también fueron bien recibidas por otras personas. Por eso Juan 8:30 dice: Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él.
Usted también amable oyente, ha oído, tal vez no una, sino muchas veces que la única manera de obtener vida eterna en lugar de muerte eterna es por medio de recibir al Señor Jesús como su Salvador. ¿Cuál va a ser su respuesta? ¿Será como la de los fariseos que persistieron en su incredulidad y murieron en sus pecados? O Será como la de algunos que creyeron en el Señor Jesús y recibieron vida eterna. El Señor Jesús hace la diferencia entre la muerte eterna y la vida eterna.

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