Es motivo de gran gozo saludarle amable oyente. Soy David Logacho, dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el evangelio según Juan. En esta ocasión vamos a concluir con el estudio del capítulo 11 de Juan.

Abramos nuestras Biblias en Juan 11:45-57. Como antecedente, según vimos en nuestro último estudio bíblico, el Señor Jesús devolvió la vida a su amigo Lázaro, cuyos restos mortales yacían por cuatro días en una fría tumba. Los restos mortales de Lázaro ya hedían por la descomposición, pero esto de ninguna manera fue obstáculo para el poder de Aquel que es la resurrección y la vida. Comentando sobre esto, un escritor de los Puritanos dijo que el poder del Señor Jesús para resucitar a los muertos es tal, que si no hubiera llamado por nombre a Lázaro, todos los muertos de ese cementerio, hubieran salido de sus tumbas. Así de maravilloso es nuestro Señor Jesús. Juan relata que una vez con vida, Lázaro salió de la tumba atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Por eso, el Señor dijo a la gente que estaba allí: Desatadle y dejadle ir. En la muerte y resurrección de Lázaro encontramos un preciso cuadro de lo que sucede en el plano espiritual con todo ser humano que recibe a Cristo como Salvador. Así como Lázaro murió físicamente, el ser humano en su estado natural, también está muerto espiritualmente. Así como Lázaro estaba en rápido proceso de descomposición, al punto que hedía, el ser humano en su estado natural, también está en un rápido proceso de descomposición. Sus obras malas despiden un olor putrefacto al olfato de Dios. Así como Dios en la persona del Señor Jesús, fue el único que pudo dar vida a Lázaro quien estaba muerto, Dios en la persona del Señor Jesús, es el único que puede otorgar vida espiritual al hombre que está muerto espiritualmente. Así como una vez resucitado Lázaro salió de la tumba atado de pies y manos con vendas y el rostro envuelto en un sudario, el hombre resucitado espiritualmente también inicia su nueva vida en Cristo atado de pies y manos con vendas y con su rostro cubierto con un sudario. Estas vendas y sudario son las obras que el creyente estaba acostumbrado hacer antes de recibir al Señor Jesús como Salvador. Así como fue necesario que otras personas vivas desaten a Lázaro para que pueda hacer su vida normal, de la misma manera es necesario que creyentes maduros espiritualmente, ayuden a los creyentes tiernos espiritualmente a librarse de las prácticas pecaminosas que tenían antes de recibir a Cristo. Esto es lo que se llama el discipulado. Pero ¿Cuál fue la reacción de los que fueron testigos del milagro que realizó el Señor Jesús resucitando a Lázaro? Juan 11:45-46 dice: Entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él.
Joh 11:46  Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho.
Como en otras ocasiones algo que dijo o hizo el Señor Jesús, fue motivo de división en la gente que estuvo presente. En este caso, muchos judíos que habían venido de Jerusalén a Betania para consolar a Marta y María, vieron lo que hizo el Señor Jesús al resucitar a Lázaro, y creyeron en él. En estas personas se cumplió el propósito por el cual el Señor Jesús hizo milagros. Pero hubo otros judíos, quienes a pesar de ver lo que hizo el Señor Jesús al resucitar a Lázaro, se negaron a creer en él, y en su incredulidad fueron a los fariseos en Jerusalén, enemigos del Señor Jesús, a contar lo que el Señor Jesús había hecho en Betania. Esto motivó a que los judíos en Jerusalén tomen inmediata acción. Note lo que dice Juan 11: 47-53. Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales.
Joh 11:48  Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación.
Joh 11:49  Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada;
Joh 11:50  ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca.
Joh 11:51  Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación;
Joh 11:52  y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.
Joh 11:53  Así que, desde aquel día acordaron matarle.
Al oír la noticia que trajeron los incrédulos judíos, los principales sacerdotes y los fariseos convocaron a una reunión urgente del concilio. El concilio era el organismo formado por setenta notables judíos, algunos principales sacerdotes, otros fariseos y otros saduceos, que atendían los asuntos políticos y religiosos en Israel, bajo el dominio del imperio romano. El concilio es lo que también se conoce como el sanedrín. El único punto a tratarse fue: ¿Qué haremos? Porque este hombre, refiriéndose al Señor Jesús, hace muchas señales. Pensando en esto, llegaron a la conclusión que si no hacían nada, todos en Israel creerían en él, y eso despertaría preocupación en los romanos, quienes estarían prestos a destruir el templo en Jerusalén y la nación de Israel. Parece que se preocupaban por el bien de los demás, pero en realidad se preocupaban por su propio bien, les preocupaba perder los privilegios que tenían. Ante esto intervino Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás se convirtió en sumo sacerdote el año 18 DC sucediendo a su suegro Anás. Con su reconocida prepotencia, Caifás despreció a sus compañeros en el sanedrín diciéndoles: Vosotros no sabéis nada. Luego, con un aire de tener todo bajo control, dijo: ¿Acaso no saben que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca? Esto lo dijo porque anteriormente había profetizado que el Señor Jesús había de morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Interesante. Un hombre impío, corrupto hasta la médula, anunció algo que, según él, pondría fin a la vida del Señor Jesús, pero en el fondo estaba afirmando una impactante verdad, porque ciertamente el Señor Jesús estaba pronto a morir, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio perfecto por el pecado del mundo en general, no sólo por los judíos. A partir de ese día, el sanedrín acordó matar al Señor Jesús. No todos en el sanedrín estaban de acuerdo con esto, como por ejemplo, Nicodemo, pero la mayoría estaba de acuerdo en matar al Señor Jesús. El Señor Jesús supo de esto, no porque alguien le haya informado, sino porque él es Dios, y como todavía no había llegado el momento para que ocurra lo que su Padre celestial había decidido de antemano, se fue a un lugar seguro. Juan 11: 54 dice: Por tanto, Jesús ya no andaba abiertamente entre los judíos, sino que se alejó de allí a la región contigua al desierto, a una ciudad llamada Efraín; y se quedó allí con sus discípulos.
El Señor Jesús no estaba interesado en causar conflicto innecesario, por tanto ya no se exponía ante los judíos, sino que más bien se alejó de la escena a una región contigua al desierto de Judea, a una ciudad llamada Efraín, a unos veinte kilómetros de Jerusalén. En Efraín permaneció con sus discípulos esperando el momento preciso establecido por su Padre celestial para retornar a Jerusalén a lo que se conoce como la semana de la pasión. Juan concluye esta parte mostrando que estaba acercándose la gran fiesta judía de la Pascua. Juan 11: 55-57 dice: Y estaba cerca la pascua de los judíos; y muchos subieron de aquella región a Jerusalén antes de la pascua, para purificarse.
Joh 11:56  Y buscaban a Jesús, y estando ellos en el templo, se preguntaban unos a otros: ¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta?
Joh 11:57  Y los principales sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno supiese dónde estaba, lo manifestase, para que le prendiesen.
Mientras el Señor Jesús estaba en Efraín con sus discípulos, los judíos comenzaron su peregrinaje hacia Jerusalén, con la finalidad de cumplir con los complicados rituales de purificación para estar listos para la celebración de la fiesta judía de la Pascua. Cuando llegaron a Jerusalén, entraron en el templo y sus ojos escrutaban a la multitud tratando de identificar al Señor Jesús. La gran pregunta entre ellos en esos momentos era: ¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta? Lo que no sabían era que el Señor Jesús tenía que estar en esa fiesta de la Pascua, no sólo porque tenía que cumplir con la ley que Dios dio a Israel por medio de Moisés, sino también porque en aquella fiesta, él mismo iba a ser el Cordero pascual que iba a ser inmolado por el pecado del mundo. Por su lado, el sanedrín, formado por los principales sacerdotes, los fariseos y los saduceos, o los judíos, según el uso que Juan da a este término, habían dado orden  de que si alguno supiese dónde estaba el Señor Jesús, debía informar al sanedrín, para poder arrestarlo. Por lo pronto, el Señor Jesús estaba lejos del alcance de los judíos, pero no por mucho tiempo, porque en cuestión de pocos días iba a ser arrestado y condenado a morir crucificado.

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