Reciba un cordial y afectuoso saludo, amiga, amigo oyente. Soy David Logacho dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el evangelio según Juan. En esta oportunidad vamos a considerar el relato de la resurrección del Señor Jesús desde la perspectiva de Juan.

Abramos nuestras Biblias en Juan 20. En nuestro estudio bíblico anterior, vimos a dos varones prominentes de la sociedad judía, José de Arimatea y Nicodemo, depositando aprisa el cuerpo muerto del Señor Jesús, en una tumba de propiedad de José de Arimatea, la cual había sido cavada en la peña en un lugar cercano al lugar donde el Señor Jesús fue crucificado. Una vez hecho esto hicieron rodar una enorme piedra para bloquear la entrada a la tumba. Todo esto aconteció ante la triste mirada de varias mujeres, entre ellas María Magdalena. Todas estas personas deben haberse alejado a prisa de la escena, porque en cuestión de minutos comenzaba el día de reposo de gran solemnidad, el primer día de la fiesta de los panes sin levadura, día en el cual no se podía hacer ningún trabajo. A pesar que el Señor Jesús había anunciado a sus discípulos que iba a resucitar, los discípulos no lo creyeron inicialmente. Más bien los enemigos del Señor Jesús, tomaron en serio el anuncio del Señor Jesús de que iba a resucitar, y aunque no lo creyeron pidieron a Pilato que ponga una guardia de soldados para proteger la tumba, no sea que los discípulos vengan por la noche a la tumba y roben el cadáver para hacer creer a la gente que el Señor Jesús había resucitado. Los líderes judíos justificaron su pedido a Pilato advirtiéndole que será el postrer error peor que el primero. En esto se ve el afán de los enemigos del Señor Jesús, bajo la batuta de Satanás, para obscurecer o eliminar la resurrección en la historia de la vida del Señor Jesús. Si el Señor Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe en él como Salvador se quedaría sin sustento. 1 Corintios 15:12-14 dice: “Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.” La cruz vacía y la tumba vacía son mudos testigos de que el Señor nuestro Salvador, no sólo pagó la deuda completa por nuestro pecado, sino que su pago satisfizo las demandas de un Dios santo, y por eso resucitó de entre los muertos y es garantía de que también nosotros resucitaremos si es que llegamos a morir. Cuanta razón tuvo Pablo cuando en 1 Corintios 15:55 hace la pregunta: “?Dónde está, oh muerte tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro tu victoria? Con todo esto en mente, veamos como relata Juan este evento deslumbrante en la fe Cristiana. Lo primero con lo que nos encontramos es con la experiencia de María Magdalena. Juan 20:1-2 dice: “El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aun oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: ¿Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.” Por el relato de Marcos se sabe que María Magdalena no estaba sola cuando fue al sepulcro. Con ella estaban María la madre de Jacobo y Salomé. Entre las tres llevaban especias aromáticas con la idea de concluir el trabajo de ungir el cadáver del Señor Jesús, por cuanto José de Arimatea y Nicodemo, no pudieron terminar este trabajo cuando depositaron el cadáver en el sepulcro debido a la prisa que tenían porque se acercaba el día de reposo de gran solemnidad. Siendo todavía oscuro, las mujeres llegaron al sepulcro. No pudieron haberse confundido de sepulcro, como piensan los que se afanan por negar la resurrección del Señor Jesús, por cuanto las mujeres vieron con sus propios ojos donde fue sepultado el Señor Jesús. Su mente estaba ocupada con la inquietud sobre cómo quitarían la gran piedra que bloqueaba la entrada al sepulcro para llegar al cadáver del Señor Jesús. Sin embargo, cuál habrá sido la sorpresa de María Magdalena cuando al llegar al sepulcro vio que la piedra había sido quitada. Su mente no pensó en otra cosa sino en que se habían llevado del sepulcro al Señor. Por supuesto que esta conclusión apresurada de María Magdalena no podía ser verdad, por cuanto había soldados cuidando la tumba justamente para que nadie robe el cadáver. Fue así como María Magdalena salió disparada a buscar a Simón Pedro y al discípulo a quien Jesús amaba, es decir, Juan, y cuando les halló les dio la infausta noticia: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Es en este punto donde comienza la acción de Simón Pedro y Juan, el discípulo a quien Jesús amaba. En segundo lugar, note lo que dice Juan 20:3-10 “Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzo puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los murtos. Y volvieron los discípulos a los suyos” Maravilloso, ¿no le parece? Es un tesoro que la vida no es suficiente para escudriñarlo a profundidad. Es la victoria más resonada en el universo entero. El Señor Jesús ha derrotado a la muerte y comparte su victoria con todos los que en él creemos. Ni bien oyeron la preocupante noticia que trajo María Magdalena, Pedro y Juan se apresuraron para ir al sepulcro. Juan dice que los dos salieron de algún lugar, tal vez el aposento alto, donde por temor a lo judíos, los discípulos estaban escondidos. El corazón habrá estado latiendo aprisa. ¿Cómo es posible que en cuestión de tres días sucedan cosas tan desastrosas? Su maestro muerto de la manera más ignominiosa posible, y ahora, tres días después, aparentemente su cadáver ha sido sacado del sepulcro y nadie sabía donde le habían puesto. Piernas les faltaban para llegar más aprisa al sepulcro para constatar lo que les dijo María Magdalena. Juan era más joven que Pedro y es natural que haya corrido más aprisa que Pedro y en consecuencia llegó primero al sepulcro. Efectivamente la piedra que bloqueaba la entrada había sido quitada, de modo que podía mira hacia adentro del sepulcro. Bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. En este punto es necesario mencionar la manera como se sepultaba en aquellos tiempos. El sepulcro no era un nicho como hoy en día. Era en realidad como un mausoleo, cavado en la roca, dentro del cual existían varios como anaqueles, en donde se depositaba a los difuntos acostados. En un sepulcro podían caber varios cadáveres. La puerta era simplemente un enorme agujero que se bloqueaba haciendo rodar una enorme piedra. Juan debe haberse inclinado para dar un vistazo a lo que había dentro del sepulcro. No entró pero vio los lienzos puestos allí. ¿Qué significa esto? Lo que Juan vio era comparable al pellejo que deja una serpiente cuando muda su piel, o al cascarón que queda de una crisálida que se transforma en mariposa. Los lienzos tenían la forma del cuerpo del Señor Jesús, pero por dentro estaba vacío. Es como si el cuerpo del Señor Jesús, hubiera traspasado los lienzos pero sin alterar en absoluto su forma. Increíble. Cuando Pedro llegó al sepulcro no se conformó sólo con bajarse y mirar como lo hizo Juan, sino que entró al sepulcro. Lo que vio fue asombroso. Primeramente lo que ya había visto Juan, es decir los lienzos puestos allí, con la forma del cuerpo del Señor Jesús, pero vacíos por dentro. Pero Pedro fue más inquisitivo, porque también vio que el sudario, la prenda que se enrollaba sobre la cabeza del difunto, no estaba puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Pedro debe haber estado estupefacto por lo que estaba viendo. En eso, entró también Juan al sepulcro. Entre los dos vieron la escena con mayor atención. La conclusión a la que llegaron es que el cuerpo del Señor Jesús no fue robado, sino que el Señor Jesús había resucitado. Dando su propio testimonio de los hechos, Juan dice que vio y creyó. Es interesante que en el relato aparece por tres ocasiones el verbo ver. En nuestro idioma es el mismo verbo, pero en el idioma en que se escribió el Nuevo Testamento son tres verbos diferentes. En el primer caso, cuando Juan bajó y vio los lienzos puestos allí, el verbo significa simplemente contemplar, o dar una mirada. En el segundo caso, cuando Pedro bajó y vio los lienzos puestos allí, el verbo significa mirar con atención, examinar. En el tercer caso, cuando Juan vio y creyó, el verbo significa percibir con comprensión inteligente. Esto último es lo que hizo Juan. Cuando percibió con comprensión e inteligencia los lienzos puestos allí y el sudario no con los lienzos sino enrollado aparte, reconoció fuera de toda duda que el Señor Jesús había resucitado de entre los muertos y por tanto creyó. ¿Creyó en qué? Pues no sólo en lo que el Señor Jesús les había anunciado antes de morir, sino más aún en lo que dicen las Escrituras, o el Antiguo Testamento, en cuanto a que era necesario que el Cristo, el Mesías, el Rey de Israel resucite de los muertos. Tal vez Pedro y Juan estaban pensando en textos como Salmo 16:10 donde dice: Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Después de tan extraordinaria experiencia, Pedro y Juan no fueron los mismos. Su fe estaba en su punto más alto. Sabían que su Señor está vivo y que era solamente cuestión de tiempo para que puedan verlo con sus propios ojos. Juan termina esta porción bíblica diciendo que él, junto con Pedro, volvieron a los suyos. Ahora tenían un mensaje para comunicar, y una razón para vivir. Atrás quedaba la tristeza y el dolor por ver morir a su Señor. Lo que importaba ahora es que su Señor estaba vivo. Gloriosa verdad. Yo no sé cómo se sentirá usted al leer el relato de la resurrección del Señor Jesús. En cuanto a mí, debo confesarle que por una buena parte de mi vida como creyente, leer este pasaje bíblico no despertaba ningún sentimiento especial. Pero todo cambió cuando por la gracia de Dios, pude reconocer que la resurrección del Señor Jesús es lo que da sentido y sustento a mi fe. Si el Señor Jesús no hubiera resucitado mi fe sería vana, y aún estaría en pecado, como dice 1 Corintios 15:17. Que el Señor le bendiga.

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