Es motivo de mucho gozo saludarle amable oyente. La habla David Logacho, dándole la bienvenida al estudio bíblico de hoy en el evangelio según Lucas. Poco tiempo después de su nacimiento en Belén de Judea, conforme a lo que se profetizó sobre él, Jesús volvió a Nazaret, donde vivió con su madre María y José, el esposo de María. Viviendo en Nazaret, el niño Jesús participaba en las peregrinaciones anuales a Jerusalén acompañado de su familia, para la celebración de las fiestas estipuladas en la ley mosaica. Cuando tenía doce años ocurrió el evento que tratamos en nuestro último estudio bíblico. Después de este evento, Lucas no registra ningún otro hecho en particular de la vida del Señor Jesús, aparte de que crecía en  sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. Transcurrieron años hasta que aconteció lo que Lucas relata en el capítulo tres, lo cual será tema de nuestro estudio de hoy.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Lucas 3 a partir del versículo 1. Como todo buen historiador, Lucas retoma su relato ubicándonos en el contexto histórico. Lucas 3:1-2 dice: En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia,
Luk 3:2  y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Lo que Lucas escribió, en cuanto a fechas exactas, debe haber tenido mucho sentido para él y para los lectores de su época, pero para nosotros, viviendo como dos mil años después es un tanto complejo determinar las fechas con precisión. La historia recoge que mientras todavía ejercía su mandato, Augusto Cesar adoptó a Tiberio como su heredero en el año 4 DC. En el año 10 u 11 DC, Augusto Cesar nombró corregidor a Tiberio. Poco tiempo después, Augusto César murió, en el año 13 o 14 DC. En este momento, Tiberio se convirtió en el único gobernante. No se sabe con precisión si el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, de debe contar desde cuando fue nombrado corregidor o desde cuando comenzó a ser el único gobernante. Podría ser el año 25 o 26 DC o podría ser el año 28 o 29 DC. En todo caso, en el decimoquinto año del imperio de Tiberio César, Poncio Pilato era el gobernador de Judea, en donde se ubicaba Jerusalén. Herodes, hijo de Herodes el Grande, cuyo nombre completo era Herodes Antipas, era tetrarca de Galilea. Tetrarca significa uno que ejerce autoridad sobre la cuarta parte de algo. Otro hijo de Herodes el Grande, llamado Felipe II, era tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite y otro personaje, de quien no se sabe nada, aparte de que se llamaba Lisanias, era tetrarca de Abilinia. En esta época, había dos sumos sacerdotes. Anás sirvió como sumo sacerdote entre los años 6 a 15 DC, cuando fue depuesto por el imperio romano. Sin embargo retuvo su autoridad y eso explica que su sucesor sea su yerno, quien se llamaba Caifás. Caifás fue el sumo sacerdote durante el tiempo que Lucas cubre en su relato, pero Anás todavía controlaba el oficio. Esto puede verse en el hecho que cuando el Señor Jesús estaba por ser crucificado, primero fue llevado a Anás y después a Caifás. Ahora que más o menos nos ubicamos en el contexto histórico, Lucas dice algo de trascendental importancia. Dice que en estas circunstancias vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías en el desierto. Se trata de Juan el Bautista. Lo trascendental de esta declaración de Lucas es que la última vez que vino palabra de Dios a un hombre antes de esta vez, fue al profeta Malaquías, más de cuatrocientos años antes. ¿Se imagina amable oyente? Por más de cuatrocientos años, Dios había guardado silencio, hasta que comunicó su voluntad nada más y nada menos que a Juan el Bautista. Para entonces, Juan el Bautista moraba en el desierto de Judea. Acto seguido, Lucas relata la obra de Juan el Bautista en cumplimiento de lo que Dios le había ordenado hacer. Lucas 3:3-6 dice: Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados,
Luk 3:4  como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
Luk 3:5  Todo valle se rellenará,
Y se bajará todo monte y collado;
Los caminos torcidos serán enderezados,
Y los caminos ásperos allanados;
Luk 3:6  Y verá toda carne la salvación de Dios.(A)
Juan el Bautista obedeció al pie de la letra lo que Dios le pidió que haga. Desde el desierto de Judea barrió la región contigua al Río Jordán predicando lo que Lucas llama el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados. Lo que esto significa es un mensaje que llamaba poderosamente al pueblo de Israel a arrepentirse de su pecado, lo cual da como resultado el perdón de pecados. La palabra arrepentimiento proviene del verbo arrepentirse que literalmente significa cambiar la mente, en este caso, cambiar la mente con respecto al pecado. Tiene que ver con llegar a un punto cuando se toma conciencia de la santidad de Dios y la pecaminosidad del hombre. Pero no es solamente un cambio en la manera de pensar, o pesar por el pecado o remordimiento por el pecado. Juan el Bautista habla de arrepentimiento como un cambio radical que implica el abandono del pecado y que se manifiesta en frutos de justicia. La gente que oía el mensaje de Juan y de corazón se arrepentía para perdón de pecado, lo manifestaba públicamente haciéndose bautizar en agua por Juan el Bautista. El simbolismo del bautismo de Juan probablemente tiene sus raíces en los rituales de purificación del Antiguo Testamento. El bautismo había sido administrado desde hace tiempo a los gentiles prosélitos que se convertían al Judaísmo. De esta forma, el bautismo de Juan representaba de una manera poderosa la naturaleza del arrepentimiento que Juan predicaba. Quien era bautizado por Juan estaba admitiendo que su vida de pecado le había arrastrado a vivir como un gentil y por tanto necesitaba volver a ser parte del pueblo de Dios. El bautismo que practicaba Juan el Bautista es diferente del bautismo cristiano. Lucas prosigue haciendo notar que lo que estaba haciendo Juan el Bautista al predicar ese mensaje de arrepentimiento para perdón de pecado, era el cumplimiento de lo que anunció el profeta Isaías unos setecientos años antes. Esta profecía se encuentra en Isaías 40:3-5. La Biblia dice: Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios.(A)
Isa 40:4  Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane.
Isa 40:5  Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado.(
Qué interesante. Juan el Bautista era la voz que clama en el desierto, para preparar el camino al Señor Jesús, pero Isaías dice que esa voz que clama en el desierto en realidad está preparando el camino a Jehová. La conclusión es obvia. El Señor Jesús es Jehová del Antiguo Testamento. No estoy negando la Trinidad. Dios es uno y existe en tres personas diferentes, pero de la misma sustancia, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Lo que estoy diciendo es que el Señor Jesús es de la misma esencia que Jehová. El Señor Jesús es Dios en forma humana. Juan el Bautista hacía una obra de preparación para la manifestación del Señor Jesús. Cuando hablaba de enderezar sus sendas, hace referencia a una costumbre de antaño en esa parte del mundo. Cuando un monarca se desplazaba por las regiones desérticas enviaba delante de él una cuadrilla de trabajadores para asegurarse de que el camino esté sin obstáculos que pudieran dificultar la travesía. Juan estaba haciendo esto en un sentido espiritual para preparar el corazón de los judíos para la manifestación de su Mesías, el Cristo, el Hijo del Hombre. Era como si todo valle espiritual se llenara y como si se bajara todo monte y collado y como si se enderezara todo camino torcido. Una vez hecho esto se manifestará el Señor Jesús, el Cristo, el Mesías, y de esa manera toda carne verá la salvación de Dios. En esto se nota el carácter universal de la obra del Señor Jesucristo. Cristo Jesús vino para salvar no sólo a los judíos, sino a toda carne, a judíos y gentiles por igual. Por supuesto que para ser salva, la gente tiene que recibir por la fe a Cristo Jesús como Salvador, pero este beneficio está disponible para toda criatura en el mundo. Si usted jamás ha recibido al Señor Jesús como su Salvador personal, no sabe lo que se está perdiendo. Lo que se está perdiendo es la salvación de Dios. No desaproveche esta oportunidad. Hoy mismo reciba al Señor Jesús como su Salvador.