Me imagino que no le condenaría al castigo eterno si ese creyente que pecó pide perdón por su pecado poco antes de morir, ¿pero qué pasa si no tiene tiempo para hacerlo?

Efectivamente, Dios puede disciplinar a un creyente con la muerte. De esto tenemos amplia evidencia en la Biblia.

En la iglesia de Corinto, por ejemplo, había creyentes verdaderos que sin embargo estaban viviendo en pecado y cada domingo se ponían el gastado disfraz de espiritualidad para participar en la Cena del Señor pretendiendo que todo estaba bien entre ellos y el Señor.

Quizá engañaron a los pastores de la iglesia o a los hermanos de la iglesia, pero es imposible engañar a Dios. Dios sabía lo que estaba pasando.

Pablo advierte a creyentes como estos con las palabras que vamos a leer en 1ª Corintios 11:28-32 que dice: “Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen”

Antes de participar en la Cena del Señor es necesario hacerse un auto examen de la condición espiritual, Si el resultado de este auto examen muestra que hay pecado, lo prudente no es abstenerse de participar de la Cena del Señor, sino confesar ese pecado a Dios y apartarse del mismo y con la conciencia limpia participar en la Cena del Señor.

Pero algunos en la iglesia del Corinto no lo estaban haciendo. Sabían que habían cometido pecado, pero no les importaba. Aparentaban que nada había pasado y participaban en la Cena del Señor. Al hacerlo, estaban comiendo y bebiendo el juicio de Dios.

Fue por esto que algunos de estos creyentes se enfermaron, la enfermedad fue una forma de disciplina de parte de Dios. Otros creyentes se debilitaron. La debilidad fue otra forma de disciplina de parte de Dios, y note con cuidado: Otros creyentes murieron. La muerte fue otra forma de disciplina de parte de Dios. A esto se refiere la frase: “y muchos duermen” Hasta aquí, parece que Ud. no tiene dificultad en entender y aceptar.

La dificultad se origina cuando Ud. se pregunta: ¿Adónde irá el alma y espíritu de ese creyente que por su pecado fue disciplinado con Dios con la muerte? La respuesta es sencilla. Ese creyente irá al cielo. Porque ese creyente fue perdonado de todos sus pecados el momento que confió en Cristo como su Salvador.

Note lo que dice Juan 3:36 “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”

La salvación o la liberación de la condenación o la entrada al cielo, no depende de lo que haga o deje de hacer el hombre. No es cuestión de hacer sino de creer. Si alguien cree en el Hijo, tiene vida eterna dice el texto leído. Esa vida eterna es eso, eterna. Si es eterna, no se pierde nunca.

Ponga atención a la seguridad que comunican las palabras de Juan 10:27-29 que dice: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie la arrebatará de mi mano. Mi padre que me las dio, es mayor que todos, y nada las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”

El Hijo da vida eterna a los que creen en él. Note que no dice: Y yo les doy vida eterna siempre y cuando no pequen después de que me acepten como Salvador. Simplemente dice: Yo les doy vida eterna.

El verbo dar está en tiempo presente, indicando que la acción se mantiene a lo largo del tiempo. Por este motivo, cuando una persona sinceramente cree en Cristo como Salvador, ese mismo instante deja finiquitado el asunto de su salvación y para siempre queda libre de condenación. Lo dicho no debe ser tomado como una licencia para pecar.

Alguien quizá podría pensar: Bueno, como ya llegué a ser salvo cuando creí en Cristo y nada ni nadie me va a quitar la salvación, entonces voy a deleitarme en el pecado. Si una persona piensa así, lo único que está demostrando es que jamás ha nacido de nuevo, porque los que hemos nacido de nuevo al creer en Cristo y recibirle como Salvador, adquirimos también una capacidad para derrotar el pecado en nuestras vidas.

Esto no significa tampoco que un verdadero creyente nunca peca. Aún los creyentes más maduros caen de vez en cuando en pecado, pero la diferencia está en que ellos lo reconocen, lo confiesan y se apartan.

Cuando un creyente verdadero, afrenta a su Salvador con su pecado, Dios puede disciplinar a ese creyente con la muerte. Es una medida de amor de Dios por uno de sus hijos que ha decidido alejarse de él. Es como si Dios dijera: Es hora de traerte a casa, porque estás trayendo vergüenza a mi nombre allá en la tierra.

Un creyente en estas condiciones disfrutará de la salvación eterna, pero probablemente no tendrá ninguna recompensa en el cielo. Es extremadamente riesgoso para un creyente jugar con el pecado, no porque puede perder su salvación, sino porque puede ser disciplinado por Dios.