Saludos cordiales amigo oyente. Es un gozo compartir con Ud. este tiempo de estudio bíblico. Como tema de estudio, hemos elegido un programa básico de discipulado titulado 10 Primeros Pasos para el Nuevo Creyente, escrito por el Dr. Woodrow Kroll, Director general de Back to the Bible Internacional. Ya hemos considerado el primer paso, titulado: Asegúrese de que es salvo. En el estudio bíblico de hoy, trataremos el segundo paso, titulado Dígaselo a alguien.

La salvación es lo mejor que le puede pasar a alguien en la vida. Es la diferencia entre la vida eterna y la condenación eterna. Siendo así, es razonable que se lo tenga que decir a alguien. Si es algo tan grandioso ¿cómo se lo puede mantener en silencio? Por eso, amigo oyente, el segundo paso de estos 10 Primeros Pasos para el Nuevo Creyente es: Dígaselo a alguien. Si Ud. ha obtenido la salvación y está seguro de ello, es importante que se lo diga a alguien. Si Ud. se queda callado en cuanto a este asunto, puede estar pasando una de dos cosas. O no es genuinamente salvo y por eso no se anima a compartir con otro sobre su salvación, o simplemente, Ud. no está entendiendo lo que implica ser salvo. En la Biblia vemos cantidad de casos de personas que tan pronto tuvieron su encuentro personal con Jesús, una de las primeras cosas que hicieron fue decírselo a alguien. Permítame citar a manera de ejemplo, dos casos en los cuales aconteció así. El primer caso es Andrés el hermano de Simón. Un día, Andrés y otro discípulo estaban con su maestro Juan el Bautista. En eso, apareció Jesús. Al mirarlo, Juan el Bautista dijo: He aquí el cordero de Dios. Esta frase de Juan el Bautista debe haber calado tan hondo en Andrés y el otro discípulo, que cuando Jesús estuvo con ellos y empezó a hablar, no se perdieron ni siquiera un suspiro del discurso de Jesús. Las palabras que habló Jesús, definitivamente les cautivaron. Para Andrés no quedaba la menor sombra de duda en cuanto a que ese humilde varón Galileo, era nada más y nada menos que el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios. Cuando Jesús terminó de hablar, Andrés y el otro discípulo abandonaron a Juan el Bautista y siguieron a Jesús. Para qué seguir a un hombre, por más ilustre que sea, si habían encontrado al Mesías. Al ver que le seguían, Jesús les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí, ¿dónde moras? Querían estar con él, querían oírle más. Jesús les respondió: Venid y ved. Los dos fueron, y vinieron donde Jesús moraba y se quedaron con Jesús hasta el siguiente día. Eso fue suficiente para que Andrés confirme que Jesús era el Mesías de Israel, el tan esperado Cristo. Al día siguiente, Andrés y el otro discípulo se despidieron de Jesús, pero Andrés ya no era el Andrés de antes. Su encuentro con Jesús le había transformado. Dentro de él ardía un fuego que le impulsaba a gritar al mundo que había hallado al Mesías. Con quien primero se encontró fue con su hermano Simón. La ocasión era ideal para decir a Simón todo lo que había pasado. Juan 1:41 dice: “Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo)” A lo mejor, Simón tuvo sus dudas sobre lo que decía Andrés, pero eso no fue obstáculo para que Andrés con más vehemencia declarara: Hemos hallado al Mesías. A Simón no le quedaba otra cosa sino ir y ver con sus propios ojos. Cuando llegaron al lugar, Jesús le miró a Simón y le dijo: Tu eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro). Andrés no se quedó callado luego de su encuentro con Jesús, se lo dijo a Simón y Simón fue ganado para Cristo. Igual debería ser con Ud. amigo oyente. Si Ud. ha encontrado la salvación en Cristo, dígaselo a alguien. La explicación que dio Andrés no fue muy larga, ni muy detallada y definitivamente no muy teológica. Andrés era un pescador, no un teólogo. Con el paso de los años aprendería más acerca de Dios y llegaría a ser más entendido teológicamente, pero en ese momento acababa de convertirse. Simplemente contó a su hermano lo que había hallado. Nadie espera, amigo oyente, que Ud. tenga todas las respuestas a todas las inquietudes espirituales inmediatamente después de haber sido salvado. Todo lo que Ud. necesita es contar a alguien lo que ha ocurrido en su vida. Dígale que Jesús ha llegado a ser real para Ud., que él ha venido a su vida y le ha salvado. El segundo caso es el de la mujer samaritana. Un día vino ella al pozo de Jacob, cercano a Sicar de Samaría. Para sorpresa suya, allí, sentado junto al pozo, estaba un judío. A los judíos normalmente no se les veía frecuentar en el territorio de Samaría. Cuando ella se aprestaba a sacar agua del pozo, el judío le dijo: Dame de beber. Esto era el colmo. Este judío no solo estaba donde no debería estar sino que está dirigiendo la palabra a una mujer, y sobre eso samaritana. Los judíos y samaritanos no se trataban, ni entre hombres, peor un hombre con una mujer. Pero aquel judío era Jesús, el Cristo, para quien no hay barreras ni nacionales ni raciales ni morales. El pedido de Jesús abrió la puerta para que Jesús se muestre como el agua de vida, el agua que satisface no la sed física sino la sed espiritual de toda persona. La mujer samaritana estaba tan interesada en el agua de la vida que dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla. Obviamente la mujer samaritana estaba algo confundida. Todavía no cabía en su mente la idea de agua de vida para calmar la sed espiritual. Jesús tuvo que mostrar a esta mujer que estaba sedienta espiritualmente. Para ello, Jesús, como que no sabía nada, dijo a la mujer: Ve, llama a tu marido, y ven acá. La mujer respondió candidamente: No tengo marido. Esta era una media verdad, que no es otra cosa sino total mentira. Jesús dijo entonces: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Jesús acaba de dejar al desnudo la bajeza moral de esta mujer. La mujer responde entonces: Señor, me parece que tú eres profeta. Luego de un diálogo por demás interesante, Jesús llega al punto central de todo este encuentro. Jesús se muestra como el Mesías, el Cristo. Esta declaración causó tanto impacto en ella, que su vida fue transformada. ¿Sabe lo que hizo inmediatamente? Juan 4:28-29 dice: “Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” Los hombres de Samaría entonces salieron a encontrarse ellos también con Jesús. Mire qué es lo que resultó de todo esto. Juan 4:39-42 dice: “Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de él, y decían a la mujer: ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” Hermoso relato, grandioso final. ¿Cómo llegaron a este punto los samaritanos? Pues, porque hubo una mujer transformada por su encuentro con Jesús, quien no se quedó callada sino que fue y se lo dijo a mucha gente. Note que la mujer no dijo nada profundo o muy elaborado. Parece que no se cansaba de decir lo único que sabía: Me dijo todo lo que he hecho. Así también debería ser con Ud. amigo oyente. Dios no espera que Ud. se explaye en un discurso o que descienda a los intrincados pasillos de la teología. Dios espera únicamente que diga a otros lo que Dios ha hecho en Ud. El asunto es que no se puede quedar callado. El contar a otros de la nueva vida en Cristo ayuda a otros y a uno mismo. A otros puede guiarles a la salvación, así como fue el caso de los samaritanos y la mujer samaritana. A nosotros mismos, nos ayuda a confirmar lo que creemos, y a perder el temor de testificar para Cristo. Una palabra de precaución. Cuando Ud. diga a alguien lo que le ha ocurrido, no empiece una discusión. Nadie llega a Cristo como resultado de una discusión, sino como resultado de un testimonio. Sea genuino, sea amable, sea paciente. Deje que el amor de Dios que le atrajo hacia él, atraiga también a otros. Lo más grande que ha ocurrido en su vida es su salvación. Dígaselo a alguien. Carlos Wesley escribió un himno, una de cuyas estrofas dice: Oh que tuviera lenguas mil, del Redentor cantar, Las glorias de mi Dios y Rey, Los triunfos de su amor. Hermoso pensamiento. No tenemos mil lenguas sino una. Usémosla para el más noble propósito: Para hablar a nuestros amigos, parientes y vecinos de lo que Jesucristo ha hecho por nosotros. Cuando Ud. lo haga, habrá dado otro paso para el nuevo creyente.