Saludos amable oyente. Qué gozo es compartir este tiempo junto a usted. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el Evangelio según Mateo, en la serie que ha sido titulada: Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores. En instantes más, estará junto a nosotros David Logacho para mostrarnos las trágicas consecuencias de cometer el pecado de la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Gracias por la introducción, David. Es grato saber que usted me está escuchando amable oyente. Después de haber sanado a uno que a causa de posesión demoníaca estaba ciego y mudo, los que atestiguaron el hecho, tenían opiniones divergentes. El común de la gente con asombro se hacía la pregunta: ¿Será éste aquel Hijo de David? Lo que Jesús estaba enseñando y las señales que estaba haciendo eran lo que el Antiguo Testamento decía que haría el Cristo o el Mesías de Israel, cuando se manifieste. La gente común y corriente pensaba que a lo mejor, Jesús era el Cristo o el Mesías de Israel. Pero entre los testigos de lo que había hecho Jesús había un grupo, los famosos fariseos, que llegaron a una conclusión precipitada y errada. Los fariseos estaban seguros que Jesús había echado fuera los demonios del hombre que fue sanado, utilizando el poder que le confería Satanás. En otras palabras, los fariseos estaban acusando a Jesús de estar confabulado con Satanás. Este es el preámbulo de lo que nos corresponde estudiar el día de hoy. Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en Mateo 12, del versículo 25 en adelante. Lo que primero encontramos es a Jesús confrontando la conclusión de los fariseos. Permítame leer en Mateo 12:25-27. La Biblia dice: Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino? Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces. Aquí encontramos una evidencia más, de tantas que existen, que apoya la deidad de Jesús. Sin que los fariseos digan lo que estaban pensando, Jesús sabía los pensamientos de ellos. Muy sorprendidos deben haber estado los fariseos cuando Jesús les da dos razones poderosas para demostrar lo absurdo que sería que Jesús expulse demonios utilizando poder de Satanás. La primera razón es que los reinos no pueden mantenerse estables si desde adentro se producen intentos divisorios. De igual manera, toda ciudad y toda casa que enfrenta oposición interna, no puede permanecer estable. Aplicando esto al caso de lo que dijeron los fariseos, es absurdo que Satanás esté dispuesto a que se use su poder para hacerse daño a sí mismo. Si fuera así, su reino, el reino de las tinieblas, no podría permanecer. La segunda razón proviene del hecho real que algunos judíos del tiempo de Jesús tenían la capacidad de echar fuera demonios y esta práctica jamás fue condenada por los fariseos. Todos lo veían muy bien. Si Jesús estuviera echando fuera demonios utilizando el poder de Satanás, entonces también los judíos que echaban fuera demonios estarían utilizando poder de Satanás. Esto es algo que los fariseos jamás lo aceptarían y si lo aceptaran tendrían que enfrentar el desacuerdo de sus propios paisanos. Por este par de razones, era totalmente inconsecuente la conclusión de los fariseos en cuanto a que Jesús había echado fuera demonios utilizando el poder de Satanás. A continuación tenemos a Jesús confirmando que es por el poder del Espíritu Santo que había echado fuera demonios. Voy a leer el texto en Mateo 12:28-30. La Biblia dice: Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.
Jesús no está poniendo en tela de duda el origen del poder que tenía para echar fuera demonios. Lo que está diciendo es que por cuanto él echa fuera demonios por el poder del Espíritu Santo, lo está afirmando, entonces, ciertamente ha llegado a los judíos el reino de Dios. ¿Cómo se lo comprobaría? Pues porque es como en la convivencia diaria. Si un ladrón quisiera saquear una casa que está bien resguardada por un hombre fuerte, primero tendría que inutilizar de alguna manera a este hombre fuerte, es decir, atarlo. Solo así, el ladrón podría ingresar a la casa y saquear los bienes del hombre fuerte. Pues eso es lo que ha pasado con Jesús. Él es quien domina e inutiliza al hombre fuerte. El hombre fuerte es Satanás. La casa es la esfera en la cual Satanás ejerce su dominio y su control. Los bienes del hombre fuerte son sus demonios. Por medio del Espíritu Santo, Jesús ha dominado a Satanás, el hombre fuerte. La prueba de ello es que Jesús estaba echando fuera demonios. Llegará un día cuando inclusive Satanás mismo será arrojado al lago de fuego donde sufrirá castigo por la eternidad. No quedaba lugar para la duda en cuanto a que por sus obras Jesús estaba manifestando a gritos que él era Dios en forma humana, el cumplimiento de lo que los profetas habían anunciado de antemano en cuanto al Cristo o el Mesías de Israel. Los fariseos por su propia voluntad negaban esta verdad. Jesús los recrimina diciendo: El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama. No hay terreno neutral en cuanto a Jesús. Los que lo reconocen como lo que es, están a favor de él. Los que no lo reconocen como lo que es, están en contra de él. Luego que Jesús ha confrontado a los fariseos y ha confirmado su posición como el Cristo o el Mesías de Israel, Jesús pasa a condenar la decisión de los fariseos. Observe lo que dice Mateo 12:31-32. Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.
Al mirar el pecado que estaban cometiendo los fariseos al atribuir a Satanás, el poder que tenía Jesús para echar fuera a los demonios, Jesús dice que los fariseos han blasfemado. La blasfemia significa un abuso directo y explícito del nombre divino. En el caso específico de los fariseos que estaban ante Jesús, su blasfemia consistió en afirmar que el Espíritu Santo era Satanás, porque recuerde que el poder que tenía Jesús para echar fuera a los demonios provenía del Espíritu Santo, no de Satanás como afirmaban los fariseos. Jesús pasa luego a afirmar que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonada. En consecuencia, a cualquiera que dijere alguna palabra hiriente u ofensiva contra Jesús, el Hijo del Hombre, le será perdonado. Esto se hizo práctico, por ejemplo, cuando Jesús oraba a favor de los que le maltrataban cuando estaba siendo crucificado, y en su oración decía: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero, en lo que respecta a los fariseos que estaban ese momento acusando a Jesús, Jesús dijo: A ustedes, que hablan contra el Espíritu Santo, no les será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero. Esto es una manera de decir: Ustedes fariseos que han tenido una evidencia tan clara y directa dada por el Espíritu Santo, en cuanto a quien soy yo, pero la han rechazado, en realidad han blasfemado contra el Espíritu Santo y en consecuencia este pecado no les será perdonado ni en este siglo, cuando Jesús estaba personalmente en la tierra, ni en el siglo venidero, cuando Jesús venga por segunda vez a la tierra. Jesús está pronunciando una severa sentencia de condenación para estos fariseos. En cuanto al pecado de la blasfemia contra el Espíritu Santo se ha tejido una cantidad de especulaciones y muchos viven en constante temor de haber cometido o de cometer en el futuro la blasfemia contra el Espíritu Santo y de esa manera no ser perdonados ni en este siglo ni en el venidero. Pero en honor a la recta interpretación de las Escrituras, el pecado de la blasfemia contra el Espíritu Santo, es el pecado que cometieron algunos fariseos del tiempo cuando Jesús estaba personalmente en la tierra, cuando vieron con sus propios ojos lo que Jesús hacía por el poder del Espíritu Santo y enceguecidos en su incredulidad, afirmaron que todo lo que hacía Jesús era con el poder de Satanás. Esto es la blasfemia contra el Espíritu Santo. De manera que hoy en día nadie puede cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo, porque para cometerlo sería necesario que Jesús esté personalmente en la tierra haciendo las obras sobrenaturales que él hizo en el pasado, y que alguien lo mire y llegue a la conclusión que Jesús hace esas obras con poder de Satanás. Este escenario es imposible de ser reproducido en la actualidad y por eso no es posible que alguien hoy en día cometa el pecado de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Sin embargo, hoy en día existe un pecado que si alguien lo comete no será perdonado jamás. Es el pecado de la incredulidad. El pecado de no creer que Jesús es el Salvador, quien murió en la cruz en lugar del pecador, de modo que el pecador sea perdonado de su pecado. Cuando una persona voluntariamente rechaza a Jesús como Salvador, y se mantiene en esa condición hasta que muere físicamente, esta persona habrá perdido su oportunidad para ser salva y al morir físicamente le espera condenación eterna en el infierno. Ponga atención a lo que Jesús dijo según Juan 3:36. La Biblia dice: El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.
Así es amable oyente. Existe un pecado imperdonable. Es el pecado de rechazar a Jesús como Salvador y permanecer así hasta que sobrevenga la muerte física. Quiera Dios que ese no sea su caso, sino que lo antes posible reconozca su necesidad espiritual y en un acto de fe reciba a Jesús como su personal Salvador. Que Dios le guíe a tomar esta decisión hoy mismo.

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