Me da mucho gozo saber que usted me está acompañando amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy en el libro de Colosenses. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: La supremacía de Cristo. En nuestro último estudio bíblico dentro de esta serie, vimos que nuestra mente determina lo que somos. En cierto sentido, existe algo de similitud entre una computadora y el ser humano. Como usted sabe, toda computadora tiene su memoria, en la cual se almacena lo que se llama el programa de computación. Lo único que hace la computadora es cumplir de una manera precisa las instrucciones contenidas en el programa de computación previamente guardado en su memoria. Si el programa de computación está hecho para que la computadora juegue ajedrez con el usuario, la computadora jugará ajedrez como el más experto ajedrecista. Si el programa está hecho para que la computadora haga gráficos, la computadora plasmará figuras como el más experto dibujante. Es decir todo depende del tipo de programa que se ha guardado en la memoria de la computadora. Algo parecido ocurre con todo ser humano. El ser humano también tiene una memoria. Es su mente. El ser humano también hace solamente aquello que su mente le instruye hacer. Si la mente del ser humano ha sido programada para hacer el mal, el ser humano hará lo malo. Si la mente del ser humano ha sido programada para hacer el bien, el ser humano hará el bien. Lo que esté en la mente del ser humano determina lo que el ser humano hace. Es de vital importancia que programemos correctamente nuestra mente. La única manera de programar correctamente la mente es por medio de llenar nuestra mente con la palabra de Dios. Colosenses 3:16 dice: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros…” Una mente así programada produce buenas acciones en el creyente. Hemos visto ya que esas buenas acciones se manifiestan haciendo todo en el nombre del Señor y dando gracias por todo a Dios Padre por medio de Jesucristo. En el estudio bíblico de hoy veremos otra buena acción de una mente llena de la palabra de Cristo.

Si tiene una Biblia a la mano, ábrala en el libro de Colosenses, capítulo 3, versículo 18. Una buena acción de una mente llena de la palabra de Cristo es aplicar los principios bíblicos a la familia. Para ninguno de nosotros habrá pasado desapercibido que las familias están atravesando por una profunda crisis en la actualidad. El número de familias arrasadas por un divorcio aumenta constantemente. Se estima que más de la mitad de las mujeres casadas trabajan a tiempo completo fuera de sus hogares y muchas de ellas tienen hijos de corta edad. El promedio de los hijos entre 6 y 16 años mira de 20 a 24 horas de televisión cada semana y son altamente influenciados por lo que ven en la televisión. El número de hijos que son víctimas de violencia por parte de sus padres va en aumento constante. Es hora por tanto de detenerse y meditar hacia donde están marchando las familias en el mundo. La familia fue la primera institución creada por Dios en la tierra y es la más importante de todas las instituciones. La manera como marchan las familias determina la manera como marcha la sociedad entera. Justamente la debacle en la que se encuentran muchas familias en la sociedad es un indicativo de que estamos viviendo en los últimos tiempos. Hace siglos, el filósofo chino Confucio dijo: La fuerza de una nación se deriva de la integridad de sus familias. Ante la cruda realidad por la cual están atravesando las familias y la ingerencia que esto tiene en la sociedad, es hora de que como creyentes regresemos a los principios bíblicos para la familia. Un creyente con una mente llena de la palabra de Dios aplicará principios bíblicos en su familia. El primer elemento de la familia que Pablo trae a colación es la esposa. Colosenses 3:18 dice: Casadas,  estad sujetas a vuestros maridos,  como conviene en el Señor.
En este solo versículo tenemos a los sujetos del mandato, el sentido del mandato y la seriedad del mandato. En cuanto a los sujetos del mandato, Pablo  se dirige a las casadas. Las casadas son mujeres creyentes que se han unido en matrimonio con un hombre. En algunos casos, el hombre era también un creyente, pero no siempre, porque había algunos casos en los cuales la esposa se había entregado al Señor, pero el esposo todavía no lo había hecho. Pero sin importar el estado espiritual de los esposos, Pablo entrega un mandato a las esposas en general no importa si tienen esposo creyente o incrédulo. En cuanto al sentido del mandato, este tiene que ver con sumisión. Estad sujetas a vuestros maridos, dice el texto. Sólo con mencionar la palabra sumisión, ya se encienden las pasiones en algunas mujeres, porque piensan que sumisión es sinónimo de esclavitud o dominación. Sumisión no es lo mismo que esclavitud, tampoco lo mismo que dominación. Ni siquiera es lo mismo que obediencia. La obediencia está reservada para los hijos y los siervos en la familia. Sumisión es en realidad un término militar. Significa ubicarse en el rango que a uno le corresponde. Dios es un Dios de orden. 1 Corintios 14:40 dice: “Pero hágase todo decentemente y con orden” Si Dios no hubiera diseñado una cadena de mando en la familia, esta fuera un caos total. Dentro de esta cadena de mando, Dios ha establecido que el marido sea la cabeza de la familia y que la esposa se someta al marido. El hecho que la esposa se somete a su marido, no significa que el marido es mejor que la esposa. Lo único que significa es que el marido tiene la responsabilidad de ser el líder en la familia, la cabeza de la familia. La esposa creyente, en quien mora la palabra de Cristo en abundancia mostrará su sumisión siguiendo a su marido por el camino que él decide andar, siempre y cuando no se comprometan las convicciones bíblicas por supuesto. Si un marido pretende que su esposa haga o diga algo expresamente prohibido en la palabra de Dios, entonces la esposa tiene todo el derecho para decir lo que Pedro y Juan dijeron al Sanedrín judío, según Hechos 4:19 Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles:  Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios;
La esposa creyente en la cual la palabra de Cristo mora en abundancia no actuará independientemente de su esposo. Qué triste que muchas esposas hablan de “mi dinero, mi casa, mis vacaciones, mis amigos” Se les hace muy difícil aceptar que en el matrimonio se acabó el yo y el mío y se lo sustituyó por nosotros y lo nuestro. Nuestro dinero, nuestra casa, nuestros hijos. Note además que el mandato es algo permanente. El tiempo presente del verbo en el idioma griego sugiere una acción continua a lo largo del tiempo. Bien podría leerse este mandato de esta manera: Casadas, constantemente estén sujetas a vuestros maridos. Menciono esto porque algunas esposas piensa que pueden estar sujetas a sus maridos siempre y cuando los maridos hagan lo que ellas también quieren. No habría problemas con la sumisión si este siempre fuera el caso. Pero desgraciadamente, no siempre es así. A veces el marido tira la cuerda en una dirección y la esposa en la dirección opuesta. La sumisión significa que en casos así, la esposa va a tirar la cuerda en la misma dirección que el esposo, el esposo tiene la última palabra y la esposa se somete a él en la confianza que su sumisión será honrada por Dios, y lo hace de buena gana, no guardando rencor contra su esposo en su corazón por cuanto él no cedió a lo que ella quería. A veces los esposos nos equivocamos en las decisiones que tomamos y lo que menos necesitamos en casos así es el dedo acusador de nuestras esposas diciendo: Te lo dije… En cuanto a la seriedad del mandato, el texto en Colosenses 3:18 termina diciendo: “Como conviene al Señor” La motivación para que una esposa se someta a su esposo viene del hecho que la esposa está consciente que está en el Señor y que el Señor es su autoridad suprema. Bien se ha dicho que una esposa que gustosamente se somete al Señor, no tendrá ningún problema en someterse a su esposo. Para las esposas que están en el Señor es conveniente o adecuado o normal someterse a sus esposos. En la sociedad en la cual nos ha tocado vivir, la mayoría de la gente piensa que es una debilidad que las esposas se sometan a sus maridos en todo, pero Dios dice que lo normal, lo conveniente es que las esposas creyentes se sometan a sus esposos y lo anormal o lo inconveniente es que las esposas creyentes se rebelen contra sus esposos. La independencia de las esposas puede ser bienvenida por los movimientos de liberación femenina, pero es una desgracia para la familia.